viernes, 1 de mayo de 2020

Alfareros Ancestrales del Valle de Quillota



Trinacrio, Escudilla bícroma. Alfarero Intermedio Tardío 900- 1470 d.C. Código de pieza: MCHAP 3102


El angosto y ruiseño valle de Quillota o de Chili(1), regado por las aguas del río Aconcagua encajonado por los cordones del último valle transversal, por la fertilidad de sus tierras, clima templado y privilegiada localización arqueo-astronómica, fue temprano asentamiento de diversos complejos culturales agro-alfareros(2): Bato, Llolleo y Aconcagua Salmón, quienes recibieron la influencia Diaguita-Molle(3) , Tiawanaku, Inka(4)  y finalmente la invasión y dominación hispánica.

Luego del análisis de 31 sitios arqueológicos localizados en las comunas de La Calera, La Cruz, Quillota, San Pedro y en el curso inferior del río Aconcagua. Investigación que incluyó observación de enterratorios, piezas cerámicas y líticas, además del estudio bioarqueológico y documental; para los investigadores: Ávalos, Saunier y Venegas(5),  la riqueza arqueológica de la zona, su alto poblamiento documentado desde el Período Alfarero Temprano en adelante, su ubicación geográfica estratégica, que la configuran como una zona de frontera, de tránsito y contacto entre culturalidades del Norte Semiárido y de la Zona Central del país, hacen de ella un objeto de investigación fundamental para entender la articulación entre los grupos prehispánicos no sólo del curso superior e inferior de la cuenca, sino también de Chile Central y hacia sectores trasandinos.

Para Ávalos y Saunier las diferencias entre las culturas Bato y Llolleo estarían dadas por las características del entorno inmediato, lo que no solo implicaría una distinción en el ámbito económico, sino que, además, aquello se vería reflejado en la esfera de lo social y lo simbólico(6).

Por su parte la arqueóloga Lorena Sanhueza(7) plantea una coexistencia pacífica de ambas culturas por siglos ya que si bien ambos grupos presentan cerámica, patrones de asentamiento, dieta y entierros que los distinguen entre sí, aunque su presencia muchas veces se superpone en una misma área produciéndose la incorporación a la dieta local la quínoa, el maíz y el zapallo.

Más de mil años de convivencia podrían haber generado algún tipo de conflicto, pero no lo refleja la evidencia arqueológica. Un factor determinante sería la baja densidad poblacional, por lo que si bien ocupaban los mismos recursos y espacios, no debió existir competencia por ellos.

Los caseríos, construidos de material vegetal no habrían sido aldeas, sino más bien caseríos donde había desde viviendas únicas y aisladas, hasta otras que habrían sido habitadas por grupos familiares más grandes.

Los Llolleo, en particular, enterraban a sus muertos en grandes cementerios junto al lugar de residencia, lo que ha facilitado el hallazgo de su cerámica y restos arqueológicos. Toda la cerámica hallada tiene huellas de uso, lo que significa que era empleada en las actividades cotidianas, pero en el momento del ritual mortuorio se depositaba con las personas fallecidas. Como curiosidad, junto a los niños no se han encontrado juguetes, pero sí vasijas en miniatura que parece fueron hechas por o para ellos.

Uno de los planteamientos que Ávalos y Saunier infieren de la evidencia arqueológica se relaciona con el surgimiento de la Cultura Aconcagua a partir de las alianzas entre las culturas Bato y Llolleo. En este sentido, sostienen: la tesis de una continuidad biológica entre las poblaciones Bato-Aconcagua en la costa y Llolleo-Aconcagua en el interior, y un cambio cultural asociado a nuevas condiciones sociales, relacionadas con cambios ambientales en el medio, lo que en definitiva confirmaría el origen local del poblamiento prehispánico durante el período Alfarero en Chile Central.

La economía de los grupos Aconcagua estaba centrada en una agricultura de tala y roza, principalmente para la producción de maíz, quinua, porotos y zapallos. La recolección de vegetales silvestres ocupo también un lugar importante, especialmente en el caso de los frutos del algarrobo. La caza proveía de recursos animales, ya que sólo tuvieron ganado a la llegada de los inkas. En la costa explotaron recursos marítimos, especialmente mariscos, los cuales eran llevados hacia el interior.

Por lo general se enterraba a los muertos en fosas individuales o colectivas sobre las cuales se construía un montículo de tierra. Esta forma de inhumación en “túmulos”(8)  fue descrita por los cronistas, quienes señalaban que los difuntos eran vestidos con sus mejores prendas y depositados juntos con ofrendas de maíz, porotos, semillas, piezas de cerámica y otros objetos como aros de cobre, collares y otros objetos(9).

La alfarería es lejos la expresión más conocida de la cultura Aconcagua. Si bien la cerámica utilitaria sin decoración, de color café y superficie alisada con la cual se confeccionaban ollas y cantaros, era la más común, destacan piezas más elaboradas con diseños de color negro sobre la superficie naranja de la arcilla. El decorado es casi siempre lineal formando diseños geométricos, en zigzag, líneas rectas, “triángulos con pestañas” y, especialmente, un típico diseño de aspas denominado “trinacrio”. En su mayoría, estas vasijas corresponden a escudillas con diseños en la superficie exterior. El trabajo en piedra también fue una artesanía importante en este pueblo, mediante el cual fabricaron flautas e insignias de mando llamadas clavas.

Según Rodrigo Sánchez y Mauricio Massone(10), la alfarería Aconcagua denota un grado de especialización en su manufactura y patrones decorativos, altamente pautados, que dan gran homogeneidad al contexto cerámico en toda el área. Señalan la existencia de centros de producción específicos desde los cuales la cerámica era redistribuida. Este rasgo era compartido con otras culturas andinas, como la incaica, donde la labor alfarera era de la más alta significación social, ya que involucraba aspectos de identidad cultural, intercambios rituales y vehículo para la transmisión de códigos culturales, a través de los diseños y formas cerámicas.

La adscripción étnica de la población Aconcagua a la llegada de los Inkas e hispanos suele asociarse a la de Picunches, Picones o Promaucaes(11).

Si bien en el más de medio siglo de influencia Inka se produjo transculturación y presencia política administrativa efectiva del Kollasuyo en el valle, fue sin duda la conquista y dominación española la que produjo un colapso cultural al destruir las bases de la población, economía, estructura social y cosmovisión aborigen.

Venegas matiza el proceso de resistencia y asimilación basado en las  características societales y económicas de los Aconcagua, Promaucaes y los Mapochoes.

Para Pedro de Valdivia el control de la frontera del Aconcagua era la base para asentar la colonización. Tal objetivo, se vería concretado en la construcción de la Casa Fuerte de Quillota en el valle de Chile.

Las comunidades aborígenes sobrevivientes fueron asimiladas vía mestizaje y su cultura mediante el sincretismo colonial. Proceso que implicó el paulatino declinar y desaparición de las tradiciones ceramistas ancestrales.

A principios de la República, bordeando El Mayaca circundaba la “Calle de las Loceras” último vestigio de la floreciente alfarería prehispánica, vía cuyo nombre fue cambiado luego por el de calle Dieciocho de Septiembre(12).


Notas
1 Orográficamente el Valle de Quillota es parte de la denominada Depresión Intermedia y correspondería a uno de los últimos Valles Transversales, en conjunto a las cuencas de los ríos Petorca y La Ligua. Al Sur está separado de la cuenca de Santiago por el cordón de Chacabuco, a partir del cual comienza el llano central chileno. El Boco (sapo – lugar fértil), en donde está situado el recinto de la Academia Municipal de Bellas Artes de Quillota, Sede Artes del Fuego, está flanqueado por un cordón montañoso paralelo al curso del río que proviene desde las alturas de Nogales y se prolonga hacia Rautén (cumbre de greda) y Mauco, siendo cruzado por el antiguo Camino del Inca que salva los Altos del Francés comunicando con Chilicauquén y el litoral de Quintero. Edafológicamente estos cordones son fuente natural de una arcilla de coloración particular y gran plasticidad lo que la convierten en una materia prima de excelencia para configurar una producción cerámica con denominación de origen.

2 La alfarería es una de las tecnologías más revolucionarias de la historia humana y el primer producto completamente sintético hecho por el hombre. Combina tres elementos básicos: la arcilla, los materiales orgánicos o minerales mezclados  para ayudar a que la pasta sea maleable y resistente a la temperatura durante su cocción y/o utilización y el agua que en su debida proporción le otorga su plasticidad. La experimentación milenaria con materiales arcillosos, el modelado y construcción de figuras y piezas y la aplicación del fuego en hornos de diferentes facturas y complejidad con el fin obtener productos -contenedores o con otra funcionalidad-, sólidos, impermeables y perdurables son sus fundamentos, cuyo registro se remontan al Paleolítico Superior.

3 La cerámica Diaguita se caracterizada por diseños geométricos aplicados en dos colores sobre una base de otro color. Este tipo de decoración se encuentra en vasijas de distintas formas (ollas, urnas, jarros-pato, cuencos y escudillas). Se caracteriza por diseños muy complejos, que han sido interpretados como probables representaciones de visiones chamánicas. Muchas veces estas vasijas presentan motivos felínicos o representan personajes con atributos felínicos. La cerámica Molle era mayoritariamente monocroma y finamente pulida, aunque algunas vasijas eran decoradas con pintura blanca, roja y negra, o incisos que realizaban por zonas, con motivos geométricos.

4  Los textiles y ceramios inkaicos en el Kollasuyu combinaron la estética del Tawantinsuyu con los cánones tradicionales locales recibiendo las influencias estilísticas estatales, especialmente en las formas de las vasijas. En algunos casos, cerámica imperial Inka fue regalada a personajes locales de alto rango, en retribución a sus servicios al Estado y como parte de una tradicional política de reciprocidad.

5Arqueología e Historia del Curso Medio e Inferior del Río Aconcagua: desde los Primeros Alfareros hasta el Arribo de los Españoles (300 aC-1600 dC)”. Fernando Venegas Espinoza, Hernán Ávalos González y Andrea Saunier Saunier. Ediciones Universitarias de Valparaíso, Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, 2011.

6 El rasgo más característico de la cerámica Bato fue la decoración con incisiones lineales enmarcando campos punteados y la pintura en negativo, además de la pintura con hierro oligisto y las aplicaciones modeladas. Algunas vasijas imitaban la forma de calabazas. Fueron comunes las pipas de cerámica, las que solían tener forma de “T” invertida. El tembetá fue un elemento bastante frecuente, siendo más abundante el tipo discoidal con alas, fabricado en cerámica o piedra; con estos mismos materiales confeccionaron también orejeras. La cerámica Llolleo por su parte alcanzó una gran calidad en sus técnicas. Destacan las ollas monocromas con incisos en el cuello y la botellas modeladas con representaciones zoomorfas, fitomorfas y antropomorfas. Son notables los rostros representados con ojos tipo “grano de café”, además de nariz y cejas continuas. Una de las formas más comunes que aparecen en la cultura Llolleo es el llamado “jarro pato” y el uso del “borde reforzado”, dos elementos que indican una fuerte vinculación con la zona sur de Chile, especialmente con la cultura Pitrén.

7 La arqueóloga de la U. de Chile lleva trabajando en el tema desde su tesis de pregrado, en 1997. Ahora la investigadora acaba de publicar, como parte de su tesis de doctorado, el libro "Comunidades prehispánicas de Chile central, organización social e ideología (0-1200 d.C.)", de la editorial Universitaria. Referencia de Vida Ciencia Tecnología, El Mercurio, edición 01 agosto de 2016

8 Jaime Vera Villarroel en su trabajo “Las ruinas indígenas del cerro Mauco de Aconcagua”, Revista Historia UdeC, N° 22, vol.1, enero-junio 2015 destaca dos sitios de túmulos destacados en  nuestro valle: Estadio de Quillota. Tal vez el sitio arqueológico Tardío más importante de todo el Valle de Aconcagua, con más de 150 tumbas descubiertas y un número tal vez igual o superior que se encuentra aún bajo el nuevo estadio. Se recuperaron allí más de un centenar de ceramios ofrendas, instrumental lítico y óseo; pipas de greda; clavas miniaturas; de la cultura Aconcagua y de la ocupación incaica (…) Un vaso Aconcagua Trícromo engobado de rojo Nº 67 del inventario, con influencia incaica, rescatado en 1955, dio una fecha de 1420±45 d.C. Este extenso cementerio tumular, aparece mencionado en la documentación colonial hispánica como “sepulturas e montones de tierra que dijeron ser sepulturas antiguas de indios”….(Real Audiencia  vol. 2850: 70v., 155v. Amojonamiento de tierras pertenecientes a Ursula de Araya en Quillota, 21 Mayo 1591). Rautén. Cementerio de Túmulos Aconcagua con influencia diaguita e incaica en la cerámica. Excavado por A. Oyarzún hacia 1910, y el Dr. P. Martin con anterioridad, aportó numerosas piezas alfareras y dio la base para la definición del “Trinacrio”, como adorno característico de la cerámica Aconcagua Salmón, como la llamó el investigador citado. Rescatan numerosa colección de cerámica Aconcagua Trícroma.

9 La ritualidad de este pueblo parece haber dejado su huella hasta el presente en los actuales Bailes de Chinos -cofradías de pescadores y campesinos que danzan a la Virgen y a los santos patronos- especialmente el uso de una flauta que produce un sonido muy particular, llamado “rajado”, el cual es el mismo que se encuentra en las flautas de los yacimientos arqueológicos Aconcagua. La Cruz de Mayo en El Boco es una de estas festividades.

10 “Cultura Aconcagua”, DIBAM, Centro de Investigaciones Diego Barros Arana, 1995 (Santiago : Andros)

11 La denominación Picón se encuentra presente en Bibar (1558), Oviedo y Valdés (1557), Mariño de Lobera (1580). Por otra parte, Pedro de Valdivia (1545), Góngora Marmolejo (1575), Ovalle (1646), Jerónimo de Quiroga) (1690), se refieren en sus escritos a los promaucaes, denominación que es reemplazada en el siglo XVIII por la de picunche, que aparece en 1775 en el mapa de ocupación indígena del territorio de San Juan de la Cruz Cano y Olmedilla. Nota de Durán, Eliana y María Teresa Planella. “Consolidación agroalfarera: zona Central (900 a 1470 d.C.)”. En: Jorge Hidalgo, Virgilio Schiappacasse, Hans Niemeyer, Carlos Aldunate e Iván Solimano (Eds.), “Prehistoria. Desde sus orígenes hasta los albores de la conquista”. Editorial Andrés Bello. Santiago. 1989.

12 “Aquella callejuela estrecha y pobre, con humilde rancherío que existió a los pies del Cerro Mayaca, y en donde mujeres de tipo indígenas o mestizas trabajaban la alfarería:  ollas, platos, cántaros, etc., recuerdos dejados de la invasión  incásica.  Esta calle se llamaba entonces Calle de las Loceras; la misma que hoy se llama calle Dieciocho”.  Belarmino Torres Vergara, “Historia de Quillota”, 1957.





viernes, 10 de abril de 2020

Desventuras en Semana Santa, Quillota 1850: Viernes Santo

In hoc codice contenta Ascensii de epistolis componendis compendium. 1500. 



Ciento setenta años después de los acontecimientos vividos por este periodista y etnólogo  especializado en la Polynésie française,  publicamos esta segunda parte en el Viernes Santo más silente  y lúgubre que tenga memoria, aunque no por recogimiento cristiano -que culmina con la Vida Eterna– si no por un mundano temor a la pandemia.


Las escenas del jueves por la tarde son curiosas de observar; sin embargo, no son nada en comparación con la gran ceremonia del día siguiente. La ‘Función’ –que también es la palabra utilizada para la representación teatral- la función que sucederá este día en la plaza pública, al aire libre; dura aproximadamente de cinco a diez horas desde la tarde.

Al mediodía, una multitud estaba estacionada frente a la catedral, aunque no se habían hecho preparativos para el espectáculo digno de atención. Me di cuenta, desde el día de mi llegada a Quillota, en una esquina a la izquierda de la catedral, un martirio lamentable en ladrillos, coronado por tres cruces sin Cristo ni ladrones. En la tarde del viernes la afluencia era considerable alrededor de este calvario. La multitud creció de minuto a minuto, y para que la multitud tomara paciencia, la banda de música de la guardia cívica daba la vuelta a la plaza cada media hora, tocando canciones alegres. Durante esta larga espera los monjes caminaban entre los grupos, los cigarrillos en la boca y observar el paseo de las mujeres con asombro. Por su parte, los cucuruchos continuaron sus misiones, riéndose con los que bromeaban y bromeando con las señoritas, porque la meditación era escasa para esta gente que, por una anomalía singular, podría noquear a un extraño que fuera lo suficientemente olvidadizo como para ser prudente en tal momento.

Poco antes de la apertura de la función, se trajeron las mesas. Se colocaron en un seto doble a partir de la puerta de la iglesia y se extendieron sobre el lugar. Se tomó la alineación y fueron estrenados los grandes santos, santos que había conocido el día anterior. Tenían en sus manos o sobre sus hombros uno de los instrumentos de la tortura de Cristo. En los intervalos ardían velas, de seis pies de alto, que debían encender la solemnidad. A la derecha de la entrada a la Matriz, se improvisó una especie de púlpito negro, donde subió un sacerdote, la multitud se descubre, la ceremonia comienza.

Hablando con volubilidad, gritando, gesticulando con todas sus fuerzas, pero a la sombra de la elocuencia, como también sin la menor unción, el sacerdote pronunció un discurso inagotable. Sufrimiento del Hijo de Dios. La gente estaba bajo el hechizo de esta declamación, sublime en su opinión.

En medio del sermón, el predicador se detuvo. Un mannequin, tamaño natural, articulado y manchado con tintura de color naranja, fue arrastrado sobre el calvario, luego se izó en la cruz principal, donde sus manos y sus pies fueron clavados. Un caballero de las circunstancias, trepó detrás de la cruz, enterró la corona de espinas en la cabeza del maniquí; otro, armado con una lanza, finalmente golpeó su costado, las diversas peculiaridades de la tortura se lograron como todas, retrocediendo mil ochocientos años, a la escena que había tenido lugar en Jerusalén.

No lo es una ficción, me dije a mí mismo, ¡Esta gente realmente crucifica a su Dios!

Siguiendo estos detalles, que me escandalizaron, una tropa de señoritas encaramadas en un tablado canta un Slabal con una estridencia de guitarras,  en el aire Zambacuecas y otras danzas populares de Chile. Al terminar la última nota, el predicador retomó su discurso desde la parte superior del púlpito negro y, cuando terminó, la música militar acompañó una canción interminable de hombres, aún más soporífera de lo que era triste. La descrucificción comenzó a tomar su turno. Mientras el Cristo decendía, un tambor de la guarnición hacía rodar el bombo para imitar el trueno. El maniquí, los brazos, las piernas y la cabeza replegados. En seguida se deslizó una enorme máquina blanca con forma de pelícano.

Traté de averiguar qué significaba este pelícano, tumba del Redentor, y nadie pudo decirme, ni siquiera los monjes. Los chilenos, eruditos de su país, sostuvieron que el símbolo que figuraba para este pájaro fue tomado de una ceremonia de adoración de los indios de antaño. Esta opinión es actual y carece de fundamento. Nunca los adoradores de inti tuvieron algo de esta naturaleza en los emblemas de sus ideas religiosas. El pelícano blanco de Quillota debe ser simplemente una alegoría extraída de la fábula. Oh, una vez afirmó que este pájaro prodigaba tanto amor por sus crías al punto de romper su pecho para alimentarlos. Jesús había ofrendado su vida para salvar a los hombres, los antiguos españoles habían pensado que se lo habían imaginado maravillosamente al compararlo con este feo pájaro. El pelícano es notable sólo por su fealdad y glotonería. La fábula es verdadera, por otro lado, una analogía de este tipo no sería menos indigno de la grandeza del acto cristiano.



Quedaba por asistir a la procesión triunfal de la cruz, cierre de la jornada. La música militar comenzó con los sones de Tartares, de Lodoiska, y, los soldados que forman la línea, los fieles , cada uno con una vela encendida en su mano, desfilaron ante las imágenes de los santos. Después de estas imágenes apareció una plataforma, cargada en la espalda por dos hombres, en la cual estaba una representación mitad muerta, mitad viva. A la izquierda, portando un pesado crucifico, la mujer a quien había visto el día anterior en una iglesia representando el papel de una Magdalena, besó las rodillas del Salvador. A la derecha de la cruz, una segunda mujer de pie y vestida como un soldado judío, se apoyaba firmemente en una lanza; detrás, una virgen, con una enorme peluca que se desenrolla sobre los hombros, y aprisionada en un vestido con armazón, derramaba sus lágrimas en un pañuelo de batista adornado con encaje. Luego vinieron los monjes, luego sacerdotes que tenían en medio de ellos un personaje con frac negro, sin duda el gobernador de Quillota. La procesión fue formada por el pelícano blanco, coronado con un dosel, todo emplumado. En este dosel, cuatro niños pequeños, casi desnudos y adornados con alas blancas, inclinaron sus cuerpos, frente a ellos incensarios y besos enviados.

Ansiosos por este espectáculo, una multitud inconmensurable y compacta se unió al flujo de la procesión. Apretado por esta multitud frenética, primero temí por mi reloj; pronto tuve que temer por mí mismo. Atrapado por la multitud desbordada a pesar de mis esfuerzos de resistencia, confinado en el seto formado por los soldados. Esta situación era peligrosa. Hubiera dado mucho por estar lejos de eso, y estaba tratando de encontrar una salida a este mal paso, cuando una culata de fusil, aplicada firmemente en las piernas de un pobre demonio, inmediatamente a mi izquierda, le arrebató un horrible grito de dolor. En todos los puntos eran los mismos gritos, el mismo desorden; y la multitud, pesadamente, todavía se cernía sobre nosotros. Para repeler a la gente, los soldados utilizaban la parte masiva de su fusil y esperé con temor un golpe de culata en mi dirección. En medio de la procesión, un chileno gordo de negro,  camail bordado con oro en los hombros, me distinguió rápidamente y me hizo un gesto más imperativo que elegante. Por orden suya, los soldados abrieron un pasaje. Me metí en el espacio protegido y caminé directamente hacia el dignatario con la intención de agradecerle de salvarme del duro ataque. No tuve tiempo de hablar. Sin querer escuchar, plantó un cirio en mi mano y me invitó a comenzar a marchar.

Al menos no creas que un sentimiento caritativo había capturado a este honesto quillotano; estaba haciendo su trabajo, eso es todo. A la salida de la iglesia, una procesión chilena consiste simplemente en cruces, estandartes, santos, sacerdotes, soldados y algunos maestros de ceremonias responsables de reclutar portadores de cirios. Las mujeres no son admitidas. Desde el primer paso, los maestros de ceremonias notifican a los jinetes y les entregan una vela, y estos modelos improvisados ​​deben mostrarse halagados por la preferencia. Entonces una procesión crece de segundo a segundo. El hombre gordo me había visto vestido, me había convertido en una víctima. Habría sido protestante, un hereje como lo llaman los ingleses, habría sido judío o musulmán, nunca habría tenido que decir una palabra y renunciar, so pena de ser destrozado de inmediato por las buenas personas que recibieron culatazos de fusil.

Por lo tanto, obedecí sin respuesta, y me convertí en uno de los piadosos actores de la solemnidad. Indudablemente, Dios me habrá perdonado por las pequeñas quejas evangélicas que retumbaron dentro de mí, costando la galera maldita en la que me habían metido. Acosado por la fatiga, ya no podía pararme, y estaba condenado a seguir devotamente, mi vela en la mano, una procesión a paso de tortuga, deteniéndose en una cantidad de lugares de descanso y extendiéndose sin cesar. Gracias al cielo, el pelícano blanco regresó a la catedral. Me escapé lo más rápido posible a casa.

Tenía suficiente, demasiado de Quillota y sus fiestas. Si me habrían ofrecido la propiedad de una provincia de Chile con la condición de esperar el baile de máscaras de la noche del Sábado Santo, la última jornada de semana santa, no me hubiera quedado veinticuatro horas más en esta ciudad, donde asistí sólo a profanaciones, y donde por la noche, asaltado por legiones de seres repulsivos e inconvenientes, no podía encontrar un momento de descanso. Irrevocablemente decidí regresar a Valparaíso a la mañana siguiente, envié a mi criada a reservarme un birlocho”.


Edmond de Ginoux

Valparaíso, abril 1850


jueves, 9 de abril de 2020

Desventuras en Semana Santa, Quillota 1850: Jueves Santo

El cucurucho (cuadro de D. M. A. Caro) Autor:Burn Cosson Smeeton, Jules Fesquet. Año 1872. Xilografía a contrahilo. Fuente Chile Ilustrado.



Edmond Ginoux de la Coche (1811-1870), el polémico periodista y aventurero francés, nos legó en  el Feuilleton de La Presse del 24 de abril de 1852 sus desventuras en la Semana Santa en Quillota en el año de 1850. El texto, del cual compartiremos una selección, lo rescatamos de la versión digitalizada por la Bibliothèque Nationale de France.

Esta primera entrega podría subtitularse “De Templos, Cucuruchos y Flagelantes”:

La ciudad de Quillota, cuyo nombre recuerda al de la antigua tribu originaria de este territorio, es después de Santiago el establecimiento más antiguo de los españoles en Chile. Ubicado a diecisiete leguas al noroeste de Valparaíso, a treinta y seis o cuarenta de Santiago, es insignificante en sí misma; pero su campo, vasto jardín, es la providencia de Valparaíso. Este último pueblo saca de allí todas las frutas, todas las verduras necesarias para su consumo.

Durante mi primera estadía en Chile, en 1845, tuve el deseo de ver esta localidad. Me han elogiado en lo superlativo la riqueza de su vegetación y la belleza de sus mujeres. Por falta de un compañero de viaje, había renunciado a esta agotadora carrera.

Esta vez, habiendo sido ofrecida una circunstancia decisiva, me apresuré a aprovecharla, y a esta hora puedo apostar con conocimiento de la causa que un lugar querido por los niños de Valparaíso, se me reprocharía no haberlo visitado todavía.

Las celebraciones de la Semana Santa en Quillota tienen una gran reputación entre los habitantes de las provincias circundantes. Cada año, de Valparaíso y Santiago, hay una afluencia considerable. Lo más difícil es tener alojamiento y alimentación desde la mañana del Jueves Santo hasta el día después de Pascua. Por este inconveniente bastante serio, tuve que tener cuidado de adelantarme a las caravanas que se esperaban de todos lados, y lo tomé bien. A partir del martes me instalé en la ciudad, objetivo de mi dolorosa excursión, y este arreglo, inspirado en la prudencia, me permitió estudiar a esta curiosa población, primero en su vida habitual, y luego en esta inusual algarabía proporciona interesantes cosas para observar.

 El día después de mi llegada, martes y miércoles, las vacaciones de Semana Santa no habían comenzado. Quillota vivía su vida habitual. No importa cuán bien recorriera las calles, sondeando cada cuarto, en ninguna parte me encontré con la cara de un hombre o una mujer, y las ventanas, como las puertas, estaban minuciosamente cerradas.

El viajero, no iniciado en los secretos de toda esta existencia interior, y que no se encuentra en ningún otro lugar en este grado excepcional, estaría muy equivocado si quisiera creer que su caminar por las calles está abandonado con sólo a Dios como testigo, porque muchos ojos negros, indiscretamente escondidos detrás de las rejas de las ventanas históricas, observan con interés sus intenciones y sus gestos.

La Calle Larga es, con mucho, la más traicionera a este respecto. Es la vía  por donde los ‘arieros’ conducen, al lomo de mulas, al puerto de Valparaíso, los productos de las minas de Aconcagua; el movimiento causado por el paso de bestias cargadas con cobre y plata es una vista atractiva para los quillotanos y les gusta observarlas a través de los estrechos visillos de las ventanas.

El Jueves Santo, cuando me desperté, vi a los prisioneros, encadenados por los pies y conducidos por soldados para trabajar en la limpieza de la calle en la que vivía, vigilados en las esquinas por los piquetes estacionados de la guardia cívica. Estos fueron los preludios de las celebraciones de la Semana Santa. Mi calle compartía, con solo dos o tres personas más, el extraordinario favor de ser barrida, porque tenía que dar paso a la población, agrupada por categorías, para su visita a los sepulcros. Las instrucciones de la estaca de la guardia cívica prohibieron en el interior de la ciudad cualquier circulación en coche a caballo, desde la mañana del jueves hasta el sábado a las diez en punto. Por orden de precedencia, las tiendas en Chile deben estar cerradas hasta el martes de Pascua; pero como no hay ninguna en Quillota, el comercio no debe haber sufrido esta rigurosa medida para los comerciantes de Valparaíso.

El mismo día, al caer la noche, mi vecindario de repente se animó, pero de una animación lúgubre. Primero, bandas de soldados, oficiales a la cabeza, con el gorro de policía bajo los brazos, pasaron y murmuraron las respuestas a las oraciones que el director de los oficiales recitó en voz alta. Después de ellos, tropas de mujeres, negras de la cabeza a los pies, grupos de hombres con sombreros, manos y más mujeres y hombres, hasta que toda la ciudad había pasado por allí. Estas compañías, más o menos numerosas, se cruzaron ante mis ojos con paso lento, murmurando las mismas oraciones en un tono que tenía algo siniestro. Fueron de iglesia en iglesia arrodillándose y rezando.

Impulsado por este movimiento, seguí a la multitud, y posé ante cada altar. Comencé mi recorrido por el Convento de San Agustín, la iglesia, que no tiene más que tierra desnuda en sus adoquines y cuyas paredes nunca han sido encaladas, había sido adornada lo mejor posible. Imágenes muy antiguas de santos tallados en madera, iluminados y cubiertos con guirnaldas paganas de un gusto deplorable, formaron un doble seto desde la puerta del santuario y en la base de cada una de estas estatuas había un mendigo que imploraba la caridad de los fieles. El altar, que esperaba ver adornado en un estilo severo, como la circunstancia implicaba, estaba cargado de velas intercaladas con ramos de flores.

En los escalones había una forma blanca: era una mujer, una mujer joven con contornos agraciados, no en imagen, sino en carne y hueso. Con el pelo desparramado sobre los hombros, se sentó extasiada, Magdalena en el Calvario. Para completar este conjunto, una caja de música,   serenata a resortes, situada sobre el tabernáculo, tocaba cuadrillas y valses.

La iglesia del Convento de Santo Domingo, que visité en segundo lugar, una iglesia tan en ruinas como la primera, tenía santos de madera no menos bufones que aquellos de los que acabo de hablar, y un altar adornado para un regocijo y no por un luto.

La Matriz, la catedral, de ninguna manera contradecía la miseria y el orden de los templos de San Agustín y Santo Domingo.

Cuando crucé la plaza principal para ir al convento de San Francisco, frente a la prisión y en las esquinas de las calles los hombres condenados, custodiados por soldados, sacudieron ruidosamente sus cadenas, repitiendo estas palabras cada medio minuto, con una voz solemnemente desgarradora: "Por los pobres encarcelados, por el amor de Dios” Y, hay que decir, que si las bandejas de los santos permanecieron vacías, las extendidas por los condenados recibieron limosnas.

La iglesia de los Franciscanos es la única en Quillota que ha conservado cierta ornamentación en su interior. Ella es pequeña, con una sola nave como sus hermanas; pero recuerda el viejo estilo de la arquitectura religiosa española. Los altares, en piedra y mampostería, están excavados con un cincel, el coro, revestido con columnas ornamentadas, está rodeado con hermosos aposentos de madera noble.  Alrededor de la nave, los nichos excavados en las paredes y formados por el acristalamiento contienen gigantescos santos de cera, vestidos con largos atuendos, que prestan a la iglesia ese prestigio de colección que ya no se encuentra en Europa si no en los muy antiguos monasterios.

Todavía tenía que ir al convento de La Merced; pero, además de su distancia, tenía demasiada prisa para tener una explicación con la ayuda de terribles máscaras que había mezclado muchas veces con la queja de mi peregrinación, para no regresar lo más rápido posible a mi hogar.

Usando un largo sombrero de mago del cual cayó sobre la cara un trozo de tela negra perforado con dos agujeros a la altura de los ojos, adornado con una túnica negra y un escapulario blanco, estos enmascarados llevaban una cruz de madera en el cofre, y sostenían una alcancía en una mano, un sable desnudo en la otra. Caminaron por los templos, entraron en los santuarios abordando a los fieles, en todas partes pidiendo ofrendas para los Santos del Paraíso, y nadie se sorprendió de ellos.

A la pregunta que le hice a mi anfitriona, sobre el tema, la buena mujer pensó que estaba satisfecha al responderme: "Estos son los Cucuruchos”. Al ver que su respuesta no era para mí un esclarecimiento, no sé si me tomó por un incrédulo, y continuó: "Los Cucuruchos (Coucourouichos) representan los doce personajes desconocidos y enmascarados que sí siguieron a Cristo en el Calvario"

Creo que recuerdo los textos sagrados, y confieso que nunca lo leí ni lo escuché. No hay nada semejante en la muerte del Salvador. Estos personajes son una invención del clero hispanoamericano. y Ia mascarada de los cucuruchos es una irreverencia, sobre todo porque, durante el transcurso del año, están hechos para desempeñar el papel de croquemitaines y de polichinelles. Cuando un niño chileno llora o hace tonterías, su madre lo llama al orden amenazándolo con el cucurucho.

Iniciado por el trabajo de los condenados, la jornada del Jueves Santo termina, en Quillota, con otro tipo de expiación por faltas tácitas e indescriptibles. Tan pronto como la muchedumbre de fieles se unió a su piadosa caminata, uno ve aparecer a hombres semi vestidos, la cara cubierta con un velo grueso, y estos hombres, armados con una disciplina puntiaguda, se flagelan a lo largo del camino de las estaciones. Estos duros devotos pueden ser individuos muy merecedores; sin embargo, si me lo permitiera la policía chilena, los arrestaría a todos y tengo la seguridad, al indagar sus vidas, se encontraría material para enviar una buena parte de ellos al agua para un  baño. El chileno tiene fe en la inagotable misericordia de Dios más que cualquier cristiano en Europa. Como criminal, se convence a sí mismo de que un solo golpe el Jueves Santo es suficiente para que su alma vuelva a estar intachable”...