martes, 14 de enero de 2020

La división Camus y un quillotano (Guerra Civil de 1891)




La retirada de la división Camus
(imagen: Flickr Santiagonostalgico)


En una nota anterior nuestra dedicada a los milicianos y cívicos quillotanos destacamos a la división Arrate y al Batallón “Quillota” que la integraba en los inicios de los enfrentamientos armados entre el verdadero Ejército constitucional del presidente Balmaceda y el ejército mercenario de la oposición, financiado por algunos magnates.

La división balmacedista Camus, al igual que la Arrate, se vio obligada a realizar una dramática retirada estratégica.

Todo se inició con la ocupación de Antofagasta, el 19 de marzo, por los mercenarios.  La guarnición del puerto, compuesta por 514 hombres, se dirigió hacia Calama.  Allí estaba la división del coronel Hermógenes Camus con sus 2.475 hombres.  El Intendente de la provincia de Antofagasta don Enrique Villegas ordenó la concentración de las fuerzas del Gobierno, que se concretó en Calama el 26 de marzo.

(El empresario y Comandante General de Armas don Enrique Villegas Encalada había nacido en Quillota el año 1839).

“El coronel Camus y todos los jefes de cuerpos, en vista de encontrarse incomunicados con el Gobierno central, y sin los elementos para resistir un ataque de las fuerzas congresistas que aumentaban día a día con la defección de las tropas balmacedistas, acordaron emprender la retirada por Bolivia y la República Argentina”, según Aníbal Bravo Kendriek.

(Hermógenes Camus Guzmán, Santiago, 1852 y 1923, combatió en la Araucanía y la Guerra del Pacífico).

A los casi 3.000 soldados de la división les esperaba una ruta, de Calama a Santiago, de cerca de 1.000 leguas, en territorios chilenos, bolivianos y argentinos.  No olvidemos que cada legua equivale a 5.572 metros.  En Bolivia a una altura de tres a cuatro mil metros, término medio.

La retirada duró 80 días: los soldados llegaron a la capital el 17 de mayo de 1891 y en el mes de agosto estos auténticos militares combatieron en las batallas de Concón y Placilla.  En la primera de ellas el coronel Camus resultó gravemente herido.

Posteriormente, Villegas y Camus militaron en el Partido Liberal Democrático (balmacedista).  El quillotano falleció en Viña del Mar el año 1916.

Un integrante de la división, el médico Carlos Mandiola Gana, publicó el año 1915 un importante libro sobre la hazaña, en que destaca  la participación de Villegas.


miércoles, 1 de enero de 2020

Acto de Presentación del libro “Francisco, un héroe de 15 años” de Luis Calderón Cubillos. Centro Cultural Leopoldo Silva R.




Portada libro "Francisco, un héroe de 15 años",
de Luis Calderón Cubillos.



Hoy damos a conocer la obra que lleva por titulo “Francisco, un héroe de 15 años” y a su autor, Luis Calderón Cubillos. Debo confesar que no fue extraño -al leer las 155 páginas- el reparar en la existencia de un vínculo directo entre el autor y el personaje principal de la novela. El autor Luis Calderón Cubillos es bisnieto de Francisco Cubillos Brizo….el héroe de 15 años.

Para quienes tendrán la oportunidad de leer este texto podrán deducir que se trata de un escrito contrario al olvido. Esto porque el autor se esfuerza en rescatar y reconocer los méritos de éste personaje que a los 15 años partía al frente de batalla, debido a un conflicto bélico de proporciones, como fue la Guerra del Pacífico.

Lo anterior es un punto clave en la obra de Luis Calderón, ya que el tema del olvido esta presente en muchos pasajes de nuestra historia reciente. Sin ahondar demasiado sobre esto último, pues, no es el tema que en esta oportunidad nos convoca, pero sí es pertinente dejar planteada la pregunta acerca de ¿Por qué y para que evocar?   

Ahora bien, detrás de los excelsos héroes que adornan las calles de nuestras ciudades se encuentran aquellos héroes desconocidos ya sean hombres y mujeres -especialmente jóvenes-. Personajes corrientes y anónimos en su mayoría. Diferentes a nombres y apellidos de la élite de entonces y que sin formación bélica se incorporaron a filas del ejército y la marina para defender a la patria. Partieron hacia tierras desconocidas cuyo agreste paisaje tenido a la vista resultaba chocante y extraño. El desierto contrastaba con la amabilidad del verdor que tenían lugares, como por ejemplo; el valle de Quillota.

Precisamente la localidad rural de Boco es el punto de partida del relato y escenario de vida del protagonista. Boco, cuya toponimia corresponde al vocablo derivado de la lengua quechua de poco (madurar) y del mapudungun poco (sapo),  tenía hacia mediados de 1870, según prensa de El Correo de Quillota N° 5 del 16 de mayo de 1874, cuatro mil habitantes. El lugar en cuestión estaba totalmente carente de los servicios básicos que con los que cuenta hoy en día. Allí, donde predominaban las relaciones feudales debido a la fuerza gravitante de la hacienda, se encuentran situados Francisco Cubillos y su familia.  

Era en el galpón del fundo donde el autor retrata la labor de los peones y del que el joven Francisco era participe. El autor dice:

“Invierno de 1878, pasó igual que todos los años, de lluvias muy torrenciales (…) Después de eso los jóvenes y niñitos del fundo podían ayudar en el galpón en diversas labores, como por ejemplo escoger o separar porotos, los buenos de los malos o deteriorados, y juntarlos en cestas y una vez llenas vaciarlos en sacos” (P. 73)    

Toda esa faena agrícola se desarrollaba en tiempos de inestabilidad económica. Hacia 1875 el país estaba sumido en una profunda crisis económica. Situación que en 1878 aún no mejoraba. Recordemos que la economía del país estaba centrada en la producción agrícola. Las exportaciones jugaban un papel central en mercados como California y Australia (demanda externa de productos alimenticios). También debía abastecer el consumo interno. Sin embargo, el cierre o la contracción de dichos mercados tuvieron un alto impacto para la población. La reactivación estaría confiada a la explotación agro-minera en mercados como Inglaterra, Alemania y Estados Unidos. De este modo, el cobre, el trigo, el carbón y el salitre se asociaban como los grandes productos de la economía chilena. Pero no había duda que el Salitre, debido a su fácil explotación a mayor escala, vendría en el corto plazo, ha convertirse en el producto estrella.

En relación a lo anterior no podemos omitir una tecnología relevante como el ferrocarril. En Quillota, éste medio de transporte que estaba circulando desde 1863 no sólo transportaba mercaderías sino que personas y las noticias que llegaban por dicha medio. Hago presente esto, porque el autor lleva al lector a la ex estación de Quillota, como lugar de intercambios de información sobre asuntos que afectaban la vida de familiares que habían emigrado al norte. El autor señala:

“En Perú y Bolivia los inmigrantes chilenos hacían faenas que los habitantes locales no podían o no querían hacer en industrias tales como la construcción de vías de ferrocarril, la industria del salitre, astilleros y servicios de puertos”. (P 99).

Con la agudización del conflicto que desembocaría en la guerra, se consiguió disminuir los niveles de incertidumbre laborales y difuminar las tensiones por parte de la elite económica. Era el momento de la unidad propiciado por la guerra y, en consecuencia, se suspendían las desigualdades al interior de la sociedad en pos de un objetivo fundamental. 

 Lo anterior no excluía la intranquilidad que desde la lejanía podían expresar los residentes de Boco y, sobre todo, los peones del fundo en lo que sigue:

“La semana siguiente pasó con mucha intranquilidad y dudas en el fundo, por parte de los peones que se preguntaban que estaría pasando en el norte, porque  no recibían nada de noticias y su preocupación era porque muchos de ellos tenían familiares, como hermanos, primos o tíos trabajando en Antofagasta”. (P. 100).   

En ese escenario, fue, que desde el Estado, se iniciara una campaña informativa, por medio de discursos e imágenes tendientes a ennoblecer y justificar las causas del conflicto. Se apelaba a la emotividad a fin de legitimar la movilización militar. Tal como ha evidenciado el profesor Julio Pinto Rodríguez (1997) sobre la movilización de peones chilenos durante la guerra que fue de manera rápida y masiva sosteniendo la existencia de un patriotismo popular. 

No está demás recordar que en el Chile del siglo XIX la población era mayoritariamente oral. De allí la importancia de utilizar mecanismos de socialización como símbolos oficiales, himnos patrióticos y exacerbados discursos en las plazas y calles que eran oídos por una multitud. 

En ese ambiente de exaltación es donde el protagonista Francisco de 15 años y su hermano Julio y sus amigos Pablo y Tomás de 17 años, fueron a alistarse. El autor expresa: 

“En mayo de ese año se empezó a formar un grupo de instrucción de Quillota, la mayoría de los hombres de campo, gente de la zona, del fundo se presentaron varios, Francisco de saberlo insistió tanto a sus padres que fue con sus amigos a presentarse. En el lugar había un capitán a cargo de la inscripción y adoctrinamiento de los voluntarios”. (P.114).

El Batallón Quillota fue la unidad cívico-movilizada que habría de acoger a los jóvenes Tomás, Pablo y Julio y así como a seiscientos voluntarios. Después de un par de meses de instrucción en la capital debían regresar a Quillota y tomar el ferrocarril que los llevaría a embarcarse en Valparaíso rumbo al norte.  Permítanme señalar el testimonio del soldado Hipólito Gutiérrez durante la despedida de las tropas acantonadas en Quillota, justo cuando las mujeres: “tiraban flores a los carros y plata también nos daban para el camino como si hubieran sido de mucho tiempo conocidas o ubiesen (sic) sido parientas”. [Crónica de un Soldado en la Guerra del Pacífico, 1976].

Francisco Cubillos observa emocionado, pero a la vez frustrado por su edad y condición física que le jugaban en contra, la partida del grupo de amigos y hermano. Tres meses pasaron cuando - ya decidido y mejor preparado- partía a la capital y más precisamente a la localidad de San Bernardo, pues, allí se encontraban sus padrinos y donde estaban recibiendo a los voluntarios en Batallón Curicó. Así el autor señala:

“Al día siguiente el padrino Isidro salió con Francisco en dirección del lugar donde estaba acampado el batallón en San Bernardo, cuando llegaron había gran cantidad de hombres en filas esperando ser examinados, jóvenes y adultos (…) Francisco ahora estaba preparado, no como la vez anterior, así que gracias a todos los troncos que cortó con el hacha de su padre en fundo había adquirido fuerza de brazos y resistencia, por lo mismo ahora pasó la prueba por el momento”. (P.120).

El soldado Francisco quedó a cubrir el puesto de Corneta del batallón Curicó y donde finalmente fue su titular.

A estas alturas de la presentación no puedo pasar por alto al ícono del Roto. Una figura de consenso entre la elite y el mundo popular cuyo estatus se lo debemos al quillotano Zorobabel Rodríguez Benavides. Para Rodríguez era dicha figura por sí sola quien definiría los destinos de la guerra. De allí que precisaba en su heroificación resaltado su figura. [Diario El Independiente. “En Pisagua como siempre”. Santiago 13 de noviembre de 1879].  Convertido en soldado gracias al garbillo del Estado era el sujeto digno de admiración.

Avanzado en el relato nos ubicamos el 15 de diciembre de 1880, cuando el batallón Curicó (con más de 800 soldados) recibe la orden de marchar junto a otros batallones movilizados hacia el Perú para comenzar la campaña de Lima y que finalizaría en la batalla de Miraflores del 15 de enero de 1881.

Al retornar de la campaña Lima el cuerpo movilizado del Quillota –en marzo de 1881- le fueron otorgadas por la ciudad de Quillota sendas medallas a los miembros del Batallón Cívico Movilizado de Quillota. Durante el acto de recepción el gobernado Santiago Vergara y los diputados del departamento de Quillota, Agustín Edwards Ross y Félix Echeverría Valdés, ayudados de algunos concurrentes, colocaron en el pecho de estos dignos hijos, la insignia, cuyo grabado decía Miraflores, que les había de reconocer y recordar la gratitud de sus conciudadanos. Varios de los restos de estos héroes quillotanos descansan en el mausoleo de los veteranos del 79’ en el cementerio del Mayaca. Otros como los restos del comandante José Ramón Echeverría Castro se encuentran en Valparaíso.

Mientras todo esto acontecía el soldado Francisco Cubillo Brizo del batallón Curicó había sido ascendido a sargento.

“En abril de 1881 y con solo tres batallas Francisco es ascendido a sargento, debido a su valentía y arrojo que había demostrado en el Manzano, Chorrillos y Miraflores, ya que no dudaba en marchar delante de la tropa guiando a los compañeros haciéndose escuchar con su Corneta”. (P. 136).

Siguió la campaña de la Sierra y que fuera la última, pero también la más larga etapa de la guerra. Corría el mes de octubre de 1883 y aún estaba combatiéndose a las montoneras organizadas. El batallón Curicó se encontraba cumpliendo el rol de desarticular a las montoneras de la sierra peruana, cuando el 27 de junio de 1884 la guerra se había acabo y también para Francisco.

Una vez en Quillota tras cinco años de lejanía y ubicado en la ex estación del ferrocarril tuvo, en palabras del autor, el siguiente pensamiento:

“Francisco bajó y se quedó parado observando el lugar, su entorno, pensando que hace cinco había partido de ahí con un deseo casi infantil de ir a la guerra, y después de haberla vivido ahora ya nada sería igual, tenía un mirar sombrío  de las cosas, aunque por fuera era joven, por dentro su mente tenía mil recuerdos tristes, que no podía olvidar”. (P. 146).

En lo personal pienso que esta obra contribuye ahondar en un tema donde Quillota y su gente tuvieron una relevante participación.

Muchas gracias.


Pablo Montero Valenzuela
  Quillota, 27 de Diciembre 2019.




jueves, 19 de diciembre de 2019

Los primeros bomberos quillotanos



Cuartel General Bomberos de Quillota
año 1920
(imagen: Facebook Cuerpo de Bomberos de Quillota)


“Una noche, la apacible ciudad fue iluminada por un siniestro resplandor y los habitantes despertados por un hombre joven que, a medio vestir, corría por la calle O’Higgins hacia el cuartel de Policía; gritando con voz ronca:

_¡Maldición! ¡Maldición!

Se quemaba el emporio de los Simonetti, en la calle aludida esquina con María Isabel,…”.

Con estos y otros detalles el periodista Orlando Arancibia R. de A. recordaba el incendio del año 1899, en su libro de 1954, que motivaría la fundación de la Primera Compañía de Bomberos en un pueblo con 11.449 habitantes.  El escritor alude al incendio de la iglesia de la Compañía de Santiago en 1863 que hizo nacer el Cuerpo de Bomberos santiaguino.  Terrible tragedia que significó la muerte de alrededor de dos mil personas según Collier.

Arancibia transcribe un histórico documento: el acta, fechada el 6 de junio de 1900, de la reunión de la institución denominada “Quillota Sporting Club” de la cual copiamos los párrafos relacionados con la fundación de la Primera Compañía de Bomberos.

“Sesión de Fundación._6 de junio de 1900._ Reunión de Junta General Quillota Sporting Club._

“Se inició a la 8.  Asistieron los señores, Ernesto Allende, presidente; Ricardo Buré, Enrique Miller, tesorero; Juan Rusque, Faustino Balbontín, Luis Araya, Mario Simonetti, Pedro Lynch y Juan 2º Simonetti.”

“El señor Miller expresa que sería muy laudable y honroso para el Quillota Sporting Club el ser fundador de un Cuerpo de Bomberos, por el momento bastará asistir a los incendios, donde los socios podrían prestar su ayuda; que el beneficio que varios jóvenes habían ofrecido al Quillota Sporting Club podría destinarse para este Cuerpo y si el entusiasmo de la juventud no decae podrían seguir dando conciertos o funciones teatrales mensualmente para incrementar fondos para dichos fines;  para inspirar confianza en la ciudad debe nombrarse un depositario o tesorero responsable para hacerse cargo de los fondos provenientes de los beneficios.  Para este cargo propuso al Sr. Enrique Martin y el nombramiento de miembro honorario de esta institución en vista de los servicios importantes prestados por él al Cuerpo de Bomberos de Valparaíso.  Se puso en discusión la idea del señor Miller y fué aprobada unánimemente y el nombramiento del Sr. Martin en idéntica forma a la propuesta”

El texto de Arancibia sigue:

“La idea estaba lanzada y se puso inmediatamente en marcha.  Pocos días más tarde se realizó en el Teatro Municipal una gran asamblea a la que concurrió lo más granado de la juventud quillotana y caracterizados vecinos, quedando como fundadores de la Primera Compañía las siguientes personas: Luis Araya Flores, Ricardo Buré, Ernesto Allende, Faustino Balbontín, Juan Rusque, Mario Simonetti, Juan 2º Ciuffardi, Pedro Lynch, Carlos White Rey, Octavio González, Andrés Miller, Arturo 2º Stuven, Cristanto Urrutia, Luis O. Salinas, Enrique Martin, Carlos Aspillaga, Pedro Aris, Agustín Cosmelli, Alberto Arancibia, Maximiliano Sir, Alfredo Arancibia, Horacio Figueroa, Luis Bozzo, Bartolomé Fernández, Rodolfo La Rivera, Evaristo Arancibia, Eduardo Lorca Prieto, Domingo 2º Araya F., Arturo Zamora, Bernandino Pizarro, Roberto Maureira,  Victorio Campodónico, Ernesto Velásquez, Ramón Rojas, Alfredo Wicks, Loreto Araya, Juan Simonetti, Julio 2º Assmann y Enrique Miller”.

El 31 de junio de 1901 se fundó la Segunda Compañía y el 27 de abril de 1902, la Tercera, liderada por don José María Landeta, español de nacimiento.

El bautismo de fuego de las dos primeras Compañías acaeció en marzo de 1902 en calle Concepción esquina Carrera.

En el clásico “Al pie del Mayaca” no podían omitirse los nombres de los voluntarios Rodolfo La Rivera, Francisco Fernández y Augusto Briones fallecidos en un siniestro aplastados por un muro.

Desde el 18 de septiembre de 1939 una placa, en nuestra plaza, los recuerda.

El primer Directorio de la primera compañía estuvo formado por las siguientes personas:

Director, Ramón Rojas C.
Capitán, Eduardo Lorca P.
Teniente primero, Juan 2º Ciuffardi.
Teniente segundo, Pedro Aris V.
Secretario, Ricardo A. Buré R.
Tesorero, Enrique Martin.
Ayudante, Luis O. Salinas A.
Consejo de Disciplina: Evaristo Arancibia C., Victorio Campodónico, Alfredo Wicks, Arturo Zamora, Florencio Fuenzalida C., Octavio González y Roberto Moreno.

El primer cuartel estuvo en calle O’Higgins, entre Pudeto y  María Isabel.