miércoles, 19 de febrero de 2020

Algunos bomberos quillotanos de mediados del siglo pasado (1957)






Cuerpo de Bomberos de Quillota, años 1920

(imagen: Facebook CuerpoBomberosQuillota)



“El Cuerpo de Bomberos de Quillota, por sus servicios beneméritos, merece un sitial de honor en el corazón de todos los quillotanos.

El primer Superintendente del Cuerpo fue don Carlos Barros Baeza y su primer Comandante don Enrique Müller Brown.  Los primeros capitanes: de la Primera Compañía, don Arturo Lorca; de la Segunda, don Juan M. Juárez, y de la Tercera, don José M. Landeta.

Actual (1957) Superintendente es don Gaspar Navarro Sáenz, y Comandante, don Manuel Valenzuela Figueroa. Capitanes: de la Primera Compañía, don Dante Bo Cambría; de la Segunda, don Humberto Vásquez, y de la Tercera, don Marcos Valdés.”

Estas informaciones, y las que reproducimos más adelante, las proporciona el libro, publicado en el año que consignamos, de Belarmino Torres Vergara.

Agustín Pinochet Ramírez (San Felipe, 1865) es el nombre del primer voluntario que recordamos en esta nota.  Siendo muy joven, combatió en la Guerra del Pacífico entre mayo de 1881 y junio de 1884, siendo uno de sus jefes Estanislao del Canto.  Fue un destacado agricultor, alcalde y regidor de nuestra comuna y uno de los fundadores de la Tercera Compañía.

Su hijo Rafael Pinochet Cáceres estudió en el Liceo y se destacó como regidor, gobernador, alcalde y diputado.  “Pocos son los quillotanos que en el presente siglo han sentido como él un cariño más hondo por su tierra de origen.”

Jorge Leopoldo Guerra Gallardo (“Polo” para los familiares y amigos) fue un abnegado voluntario de la Segunda Compañía y un deportista como sus hermanos Fernando, Jaime y Guacolda.  Sus padres, Jorge y Celia, eran propietarios de dos fábricas: una de puertas y ventanas (O’Higgins Nº15) y otra de baldosas y tubos.  “Polo”, vecino de una histórica calle quillotana, era una fuente inagotable de simpáticas anécdotas.

No todos los bomberos que estamos recordando eran chilenos de nacimiento. Uno de ellos es Gaspar Navarro Sáenz (España, 1895) que llegó a Quillota el año 1932.

Ya consignamos que en 1957 era Superintendente del Cuerpo de Bomberos.  Siendo dirigente del “Centro Español” y de “San Luis”.  Comerciante del calzado.

En Cauquenes, el año 1914, nació Orlando Rodríguez Valenzuela, miembro de la Primera Compañía; en 1957 Oficial Asesor o Secretario de la Gobernación.  Fue cofundador del “Club Deportivo Liceo Racing” y director de la “Sociedad de Artesanos”.

Su esposa, Nelly Aravena, era docente y su hija, María Angélica, es profesora.

En las primeras líneas informamos que el año 57 el Comandante del Cuerpo era Manuel Valenzuela Figueroa, hijo de Manuela Figueroa y nieto de Teodosio S. Figueroa, gobernador y alcalde, destacado político conservador.  Don Manuel era familiar del político e intelectual quillotano Zorobabel Rodríguez Benavides.



Luis Busquet Godo



Luis Busquet Godo (Valparaíso, 1920) es el último de nuestros bomberos.  Éste perteneció a la Tercera Compañía.  Heredó de su padre la “Casa Matas” (tienda y camisería) el año 1931.

Fue regidor por dos períodos y alcalde por poco más de un año.

Desde muy joven deportista y basquetbolista. Co-fundador  del “Deportivo Prat” en 1934.








viernes, 7 de febrero de 2020

Mi viejo Teatro René Belmar







La “Revista del Círculo”, órgano oficial del Círculo literario “Quillota”, publicó en septiembre de 1984 el siguiente texto del amigo del Círculo don René Belmar Puelma, ya fallecido, alusivo al Teatro o Coliseo de nuestra ciudad, cuya construcción concluyó el año 1872.  Belmar fue alumno del Liceo de Hombres en la época de Luis Enrique Délano y Romeo Murga.


Razones personales obligáronme a viajar a Quillota, mi ciudad natal, no hace mucho.  Pero por estas cosas impensadas, quise recordar mis tiempos de estudiante y me senté en uno de los escaños de la Plaza de Armas, lugar preferido para ir a estudiar en mi juventud.  Elegí un asiento frente al viejo teatro de mi pueblo. Al verlo abandonado por completo, pues el segundo piso ya no existe, aflorando a mi mente recuerdos del pasado juvenil, de su grandioso apogeo.  Con la vista recorrí esa calle, antes tranquila de la plaza, sintiéndome de nuevo el estudiante provinciano de vieja data y escruté pensante las casas de esa cuadra, todas las cuales quedan a ambos lados de “mi viejo Teatro Municipal”.  La tristeza me embargó al recorrer mentalmente a sus antiguos dueños que ya no existen, y así fue como desfilaron las oficinas y familias de ese corto sector.  La Gobernación estaba en el mismo lugar que hoy ocupa.  Esa residencia pertenecía a don Teodosio Figueroa, auténtica raíz del terruño quillotano. Siguiendo por Concepción: dos casas.  Una de ellas la habitó mi familia y la otra, el Doctor Aníbal Scarella, recién llegado de Italia y que posteriormente contrajo matrimonio con Rosita Calandroni.  A esa misma casa llegó otro médico recién egresado de la Universidad de Chile, el Doctor Cristóbal Sáenz, oriundo de Lautaro.  Hoy esas casas pertenecen al Rotary Club y forman un solo inmueble.  Al otro extremo se levantaban dos hermosos edificios de la “belle epoque”, construcciones que se mantienen muy bien conservadas.

El Teatro, a pesar de su vejez, se me presentó como en mi juventud.  Arrogante y orgulloso.  Por él pasaron en sus mejores años grandes figuras de la ópera y género chico: operetas y zarzuelas.  Construido allá por el año 1818, según los antiguos quillotanos su inauguración fue soberbia.  Ignoro quién fue su constructor, pero sí puedo decir que es el único teatro que se hizo sin fondos municipales, pues se construyó por erogación popular y tengo entendido que es el más antiguo de Chile, o uno de los más antiguos, ya que en Santiago el teatro primitivo funcionaba al aire libre y el actual Municipal fue construido en 1840 por don Hilarión Moreno, actor y literato argentino.  Quillota fue, pues, la ciudad que ostentó el primer Teatro Municipal, demostrando que la cultura parecía ser la raíz que el Mayaca ramificaba desde su cima  con su folclore que se desconoce pero que sirvió de pauta para lograr su estudio.  El famoso Batallón Quillota, que tomó parte en la guerra contra la Confederación peruana – boliviana, fue recibido en dicho teatro después de sus gloriosas acciones en Humay, batalla de Miraflores y entrada a Lima.

Ese viejo teatro, del cual sólo queda la fachada del primer piso, era idéntico al Teatro “Santiago” de la capital, ubicado en calle Ahumada (ya no existe).  Predominaba el arte francés en su estilo.  Con palcos, plateas, anfiteatros y galerías.  Palco para las autoridades y el Palco Municipal.  Decoración al fuego en sus doseles y barandas y butacas tapizadas en terciopelo rojo.  Extenso proscenio con una acústica impecable y su gran “concha” para el consueta.  Camarines de lujo, de acuerdo a las comodidades de la época.  Amplio “foyer” donde los asistentes lucían sus tenidas mientras eran ubicados en sus respectivas acomodaciones.

Bajo el proscenio, que lucía hermosas cortinas de terciopelo rojo, en un amplio y cómodo espacio, se ubicaba la orquesta, que sólo se hacía sentir los domingos (función de gala), en las “Premieres” o cuando actuaban compañías o artistas de renombre internacional.  Era dirigida por el querido y aplaudido Maestro Palma, director a la vez y fundador de la Banda Municipal que los domingos y festivos nos deleitaba a la salida de la misa con su bien afiatada organización de  competentes y antiguos músicos.

Recuerdos y más recuerdos de mi viejo teatro.  Sus funciones se realizaban cuatro veces a la semana: martes, jueves, sábados y domingos.  Sólo los domingos teníamos tres funciones: matiné, vermut y noche.  En esos días el piano hacia sentir las vibrantes notas del tema en boga que una pianista interpretaba.  Una de esas personas era la esposa del Maestro Palma, o bien la Marta Aros, pianista titulada y gran folclorista, como asimismo excelente cantante de un registro maravilloso.  Era la persona indicada para cantar el Ave María en los matrimonios, igual que Dorita Simonetti, cuyos padres eran antiguos comerciantes de Quillota.  Su negocio estaba en la esquina de O`Higgins con María Isabel (actual Diego Echeverría).

¡Hermosa época, la vivida en esos años! Sin problemas, cuya inquietud mayor eran los estudios y asistir al Teatro, que nos daba la oportunidad de ver los domingos a la niña de nuestros sueños, acompañada de sus severos padres…

Administrador del Teatro Municipal era desde 1910, más o menos, don Carlos Blanchard. Antes de esa fecha era administrado por la Municipalidad. El señor Blanchard, con su hijo Carlos, tenían una cadena de teatros desde La Calera hasta Punta Arenas.

Recuerdo con especial respeto al encargado de la propaganda.  Confeccionaba los grandes cartelones que se colocaban en las calles más concurridas de la ciudad con el anuncio del estreno próximo, o el nombre de la compañía o el artista que trabajaría tras la luz mágica de las candilejas.  De este pintor sólo recuerdo su sobrenombre “El Maestro Chambeco”, por su parecido con el popular personaje que estaba de moda en la revista “El Peneca”.  Era todo un artista.  Reproducía con exactitud casi perfecta las caras de los artistas americanos o de las películas venidas de Europa.  Igualmente reproducía los retratos de los artistas de las compañías internacionales o chilenas como el mejor pintor profesional.

Otra de las curiosidades era el sistema de propaganda.  La empresa hacía imprimir programas que repartía por correo en la ciudad y fuera de ella,  con los anuncios de los estrenos del día y de la semana.

Evoco a los viejos amigos y compañeros de estudios que nos conjurábamos para asistir “a la mala” al teatro, principalmente los días en que se pasaban las seriales; para lograr estos deseos de no pagar nos valíamos de la casa de nuestro querido y recordado amigo Perico Muller, vecino del teatro y cuyas murallas daban prácticamente con la “Galera”, y cuando lográbamos esta conquista, invadíamos en masa varías de sus aposentadurías.  Me represento las figuras de Mario Muñoz, Tito Reveco, Perico Muller, Tito Gerly, Fernando Yung, Julio Matus, y muchos más.

La firma Blanchard programaba para Fiestas Patrias, Año Nuevo, como igualmente para el 12 de octubre, “Día de la Raza”, cine al aire libre, como parte de los festejos para esas importantes efemérides.  Estas funciones gratuitas duraban dos o tres días.  Así era Quillota, alegre y festiva cuando la ocasión se presentaba, pero triste y dormida en los meses invernales.

Después de algunos años, se instaló una pequeña sala de cine en calle Merced, cuyo propietario era el señor Rodríguez, concesionario de los carritos de sangre que hacían su recorrido desde la estación hasta La Cruz.  Para este objeto arrendó una gran sala con parquet que en un principio fue el salón para espectáculos boxeriles, en pleno apogeo en esa época; posteriormente se utilizó como salón de patinar, pero al parecer no se contó con entusiasmo y fue transformado en una “Filarmónica” o Salón de Baile.

Cuando regresé a mi pueblo me encontré que mi viejo teatro ya no funcionaba en su antigua ubicación.  La firma Blanchard había dejado esas actividades y la firma Chiessa y Cía., en convenio con la I. Municipalidad, se comprometió a construir uno nuevo en los terrenos que la Municipalidad tenía en calle Maipú, construyéndose gratuitamente un moderno edificio municipal, quedando el Teatro Municipal de propiedad de la firma Chiessa, si mal no recuerdo… Se comentó que en los terrenos del antiguo Teatro Municipal se construiría un Gran Hotel de Turismo, lo que al parecer no se concretó.  Queda de él el recuerdo y de seguro, como dice una antigua canción popular de entonces… “…En las altas horas de la noche/ en el silencio del Municipal/ se oyen los lamentos de Polichinela y su Colombina/ que sólo en la quietud del silencio / se suele escuchar…

Mi “Viejo Teatro” era una Caja de Pandora. Después de los espectáculos quedaba encerrado en su interior ese gran silencio.  El pensamiento reflexivo de su público;  ese gran espectador masivo al salir de una función o representación con la crítica a flor de labios, saboreando lo visto y la actuación de sus actores. El viejo teatro era un texto de filosofía donde aprendimos mucho, no como una mera entretención del momento o el pasatiempo vulgar y corriente.  Mi viejo Teatro era una biblioteca invisible que aún guarda ordenadamente la vida con sus defectos y virtudes.  Así lo hace aparecer como el teatro griego. Entornando sus puertas y al derrumbar su segundo piso, la tapa del Pandora abriose y como cuenta la mitología salieron de ella todos los malos y males, quedando en su fondo (primer piso) el bien y la perfecta esperanza de un mejor porvenir.  Es por esta razón que el destino  así lo mantiene aún, en la esperanza que a corto plazo se haga realidad y vuelva a renacer como el Ave Fénix, con mayor fuerza la cultura y el arte, fuentes inspiradoras de las juventudes, para que comprendan y sepan degustar el verdadero sabor de la tierruca cuyas raíces se ramifican desde la cumbre del Mayaca.





martes, 14 de enero de 2020

La división Camus y un quillotano (Guerra Civil de 1891)




La retirada de la división Camus
(imagen: Flickr Santiagonostalgico)


En una nota anterior nuestra dedicada a los milicianos y cívicos quillotanos destacamos a la división Arrate y al Batallón “Quillota” que la integraba en los inicios de los enfrentamientos armados entre el verdadero Ejército constitucional del presidente Balmaceda y el ejército mercenario de la oposición, financiado por algunos magnates.

La división balmacedista Camus, al igual que la Arrate, se vio obligada a realizar una dramática retirada estratégica.

Todo se inició con la ocupación de Antofagasta, el 19 de marzo, por los mercenarios.  La guarnición del puerto, compuesta por 514 hombres, se dirigió hacia Calama.  Allí estaba la división del coronel Hermógenes Camus con sus 2.475 hombres.  El Intendente de la provincia de Antofagasta don Enrique Villegas ordenó la concentración de las fuerzas del Gobierno, que se concretó en Calama el 26 de marzo.

(El empresario y Comandante General de Armas don Enrique Villegas Encalada había nacido en Quillota el año 1839).

“El coronel Camus y todos los jefes de cuerpos, en vista de encontrarse incomunicados con el Gobierno central, y sin los elementos para resistir un ataque de las fuerzas congresistas que aumentaban día a día con la defección de las tropas balmacedistas, acordaron emprender la retirada por Bolivia y la República Argentina”, según Aníbal Bravo Kendriek.

(Hermógenes Camus Guzmán, Santiago, 1852 y 1923, combatió en la Araucanía y la Guerra del Pacífico).

A los casi 3.000 soldados de la división les esperaba una ruta, de Calama a Santiago, de cerca de 1.000 leguas, en territorios chilenos, bolivianos y argentinos.  No olvidemos que cada legua equivale a 5.572 metros.  En Bolivia a una altura de tres a cuatro mil metros, término medio.

La retirada duró 80 días: los soldados llegaron a la capital el 17 de mayo de 1891 y en el mes de agosto estos auténticos militares combatieron en las batallas de Concón y Placilla.  En la primera de ellas el coronel Camus resultó gravemente herido.

Posteriormente, Villegas y Camus militaron en el Partido Liberal Democrático (balmacedista).  El quillotano falleció en Viña del Mar el año 1916.

Un integrante de la división, el médico Carlos Mandiola Gana, publicó el año 1915 un importante libro sobre la hazaña, en que destaca  la participación de Villegas.