jueves, 21 de marzo de 2019

“Trabajos en la Vía” (1) (2) poemario del escritor quillotano Hernán Miranda Casanova (3)





Portada de la Antología "Bar Abierto", 
Hernán Miranda
Ediciones Universidad Diego Portales, 2013




La vida como un camino inexorable, como un pavimento eterno en donde transitar sin poder evitar simplemente seguir su único sentido. Hasta que de repente un alguien, demarca y detiene la ruta, señalizando trabajos en la vía, para destapar un simple desagüe, en donde sólo unos pocos se sentirán tentados a asomarse en él.  Dentro de esos pocos elegidos está Miranda, que se zambulle en la oscuridad de una ciudad y del alma humana, mientras los otros siguen su camino sin fijarse en esas especies de catacumbas malolientes, él se quedará perplejo en donde habitan los secretos y las palabras que todos pretendemos callar.


Soy de aquellos que en la avenida
 cambian de rumbo para mirar sin disimulo hacia abajo,
cuando hombres con overol
 llegan a levantar las pesadas tapas de los desagües” (4)


Sin embargo, cuando se terminen los trabajos, se debe regresar a la vida oficial, pero esta vez sin dejar  nada sin observar, ya que…


“es tiempo de vivir
con el ojo atento a cada nuevo detalle” (5)


Cada nuevo detalle que se mira con el ojo clínico de un médico avezado, que examina el cuerpo de un anciano paciente expectante a sus palabras, mientras en él buscan no un síntoma, sino más bien una salvación. Porque, en el tiempo de vivir, también confluye el tiempo de morir, y eso lo sabe muy bien, Hernán Miranda Casanova.

“Trabajos en la Vía”, un recordatorio que transitar por esta vida, sin detenerse a analizarla, sería simplemente un sumar años, pero no existir.


Marcela Poblete Cruz



(1) “Trabajos en la Vía”, es el cuarto libro de Hernán Miranda Casanova, en él se  reúne 24 poemas escritos durante dos años y fue lanzado en diciembre de 1987, en la Sociedad de Escritores de Chile.



(2) En la Biblioteca Pública de Quillota, se encuentra un ejemplar del libro “Trabajos en la vía”, de Hernán Miranda, Ediciones Literatura Americana Reunida,  para lectura en sala o préstamo a domicilio. 



(3) Hernán Miranda Casanova, poeta nacido en Quillota en 1941. Periodista de profesión y además, Magíster en Filosofía Política en la Universidad de Santiago. “Arte de Vaticinar”, fue su primer poemario, el cual fue publicado en 1970 (Ediciones Clavileño). Su amplia y variada obra literaria, ha obtenido el reconocimiento nacional e internacional.  En otro ámbito, recordada es su intervención urbana, en el Zoológico de Santiago, en los años ochenta, en donde se hace encerrar en una jaula, vestido de oficinista, con un letrero que decía: “Hombre. Nombre científico: Homo sapiens. Hábitat: En todo el mundo”

Dentro de su bibliografía podemos contar:
“Arte de Vaticinar”, Ediciones Clavileño, 1970;
“La Moneda y otros poemas”, Colección Premio Casa de las Américas, 1976;
“Versos para quien conmigo va”, Sinfronteras, 1986;
“Trabajos en la Vía”, LAR, 1987;
“De este anodino tiempo diurno”, Colección Barbaria, 1990;
“Sonetos”, Colección Barbaria, 1992;
“Décimas de nuestra tierra”, FUCOA, 1993;
“Anna Pink y otros poemas”, Colección Barbaria, 2000.

Además, ha sido incluido en más de 20 antologías, publicadas en Chile, Argentina, Perú, México, España, Italia y Rusia.



(4)  Hernán Miranda Casanova, extracto del poema “Trabajos en la Vía”, del libro del mismo nombre, Ediciones Literatura Americana Reunida, 1987.



(5)  Hernán Miranda Casanova, extracto del poema “Trabajos en la Vía”, del libro del mismo nombre, Ediciones Literatura Americana Reunida, 1987.






domingo, 10 de marzo de 2019

El Canto Popular Chileno y Latinoamericano en Quillota (segunda parte)



                             Gente bailando Cueca, año 1906
                                     (fuente: Wikipedia)


Y lleguemos a nuestra ciudad creada con cariño, donde también hay algo que decir al respecto, no tanto en la creación, pero si en la difusión. Porque Quillota es pobre en creadores musicales, no tiene mucho que decir y en toda nuestra región, sólo Valparaíso muestra buenos resultados, con Payo Grondona y el Gitano Rodríguez, por mencionar algunos de los más recientes. Antes ya se había destacado Luis Bahamonde con sus tonadas y cuecas y también Julio Zegers, ganador  del festival de la canción de Viña del Mar género internacional.

En materia de conjuntos nuestra región puede mostrar algo más e inmediatamente aparecen los “Jaivas”, “Congreso” y “Tiempo nuevo”, donde se destaca nuestro coterráneo Sergio Sánchez, desgraciadamente fallecido en el exilio. 

Pero volvamos a Quillota… Como cualquier rincón de Chile, nuestra pequeña ciudad en los años cincuenta y siguientes, sufrían la contaminación de la música extranjera, que bien poco tenían que ver con lo nuestro. No es de extrañar entonces, que las preferencias musicales estuvieran encabezadas por temas de origen europeo o norteamericano…  y por favor, que no se crea que estoy en contra de la música  de otros países no, lo que combato, es la preferencia que se le daba a otro tipo de música y lo nuestro era ignorado y tendía a desaparecer.

 Felizmente había un contrapeso potente y que contribuyó a mantener viva las expresiones musicales chilenas: “La Escuela de Cultura y Difusión Artística”.

Era un espacio que existía en muchas comunas del país y estaba destinado a los jóvenes para que conocieran algo de nuestro folclore, aprendieran a bailar cueca y a cantar temas chilenos. Funcionaba en alguna escuela y era totalmente gratuito. Si la música chilena no murió producto de la embestida de la música extranjera con todo su respaldo económico, se debió en gran parte al trabajo anónimo de nuestros maestros, ayudados por algunos locutores de radio como Ricardo García y el gran trabajo que realizó René Largo Farías, con su programa “Chile ría y canta” de radio Minería. Curiosamente, René Largo Farías también era profesor. En Quillota, dos profesores también, mantuvieron viva la música chilena a través de la radio: Alejandro Carrillo y Raúl Gardella.

 En nuestra ciudad, esta Escuela, estaba dirigida por el profesor Luis Olivares Gutiérrez, con la participación de profesoras, como la señora Olga Molina, de los profesores Hugo Rodó y Hugo Salas entre otros. La escuela se mantuvo vigente por varios años y su gran mérito fue que mantuvo vivo el interés por nuestra música y promovió solistas, dúos y grupos folclóricos que comenzaron a mostrarse a comienzo de los años sesenta.

Por esos años  comienza a proyectarse un joven quillotano que daría que hablar en el mundo de la música popular y a nivel internacional. Erich Bulling, alumno del Instituto Rafael Aristía. No es mucho lo que hemos podido investigar sobre este quillotano  músico por vocación. Sabemos que muy joven se fue a los Estados Unidos y comenzó a relacionarse con el mundo de la música. Ya en 1969 participa en el Festival de la canción de Viña del Mar, género internacional. En 1987 vuelve al festival, pero como jurado y ya era toda una personalidad en el mundo del disco en el país del norte.

Ya estábamos en los comienzos de la dictadura y las autoridades militares, mostrando todo su desprecio por la emergente nueva canción chilena, toman algunas medidas y este  género musical comienza a desaparecer del dial nacional. El Quila y el Inti, tácitamente estaban vetados.

Pero surge un fenómeno muy interesante y pienso que fue de una forma espontánea, sin ninguna planificación, sólo en base al olfato de algún locutor de radio valiente, que se atrevió a poner al aire un cantautor cubano semi desconocido para el grueso de la gente, que con una temática novedosa, muy melódica y de ritmos variados. El contenido de sus letras no tenía nada de sedición, pero si mucho de poesía bien elaborada que conquistó a la gente con rapidez. Y la música de Silvio Rodríguez se extendió como un reguero de pólvora. Muy luego se le sumaría otro cantautor gigante y cubano por añadidura: Paulo Milanés.

En las radios se escuchaban poco… quizás fue de guitarra en guitarra, o de casete en casete, lo cierto es que en muy poco tiempo eran los principales invitados a todas las fogatas veraniegas, a las peñas, o a los encuentros de música joven y mencionar sus  nombres y cantar sus canciones era un acto de valentía que la gente premiaba con un fuerte y valiente aplauso también.

A fines de los años setenta, ya estaban apareciendo los encuentros y peñas folclóricas, muy vigiladas y controladas por las autoridades y todo asomo ligeramente subversivo era reprimido con todo el rigor de la dictadura. De hecho, siempre llegaba un fotógrafo que tomaba registro a los artistas y al público en general. Mucho tiempo después, supimos que era una forma de control de los cantantes y asistentes a esos lugares.

Recuerdo un hecho en el que se vio involucrado mi hermano Omer.

En un acto cultural del liceo donde él era director, un alumno cantó “Al centro de la injusticia” un tema de Violeta Parra con un fuerte contenido social y que llegó a oídos de las autoridades militares.  Alumno y director fueron increpados duramente.

La defensa de mi hermano fue muy inteligente: Si usted cree, le dijo al oficial, que una canción que Violeta Parra escribió hace unos  quince años, tiene algo que ver con el Chile de hoy… esa es su interpretación… Al poco tiempo Omer Zúñiga fue removido del cargo.

Y para no ser menos, yo también me vi afectado en un hecho similar, pero que tuvo más características anecdóticas que de otro tipo.

A mi hija Carolina de seis años, yo le enseñé una canción de Isabel Parra muy bonita y que pone el acento muy sutilmente en el destierro. “Ronda para un niño chileno”:

      Matías es uno de tantos inocentes pajaritos… Que volaron a otras tierras por no tener su nidito.

Así dicen sus primeros versos y yo se la enseñé a mi hija sólo porque es una canción muy tierna. Pero Carolina en toda su inocencia, se le ocurrió cantarla en su curso y llegó muy contenta contándome lo que había hecho. Eso fue en 1978 y obviamente que no le dije nada, pero anduve preocupado por mucho tiempo. Felizmente, la inocente iniciativa de mi hija no tuvo consecuencias.

Por esa época, conocí una joven quillotana que le gustaba el canto popular latinoamericano y que no tenía quien la acompañara. Paty disponía una voz potente afinaba y dulce que era del agrado del grueso del público. Probamos hacer un dúo y  resultó. Muy luego, el dúo de Paty y Aldo era invitado a todos los encuentros folclóricos, incluso llegó a la televisión y a la radio. Al poco tiempo, comencé a notar cierta vigilancia, con tan poco disimulo, que más de una vez vi una sombra paseándose frente a mi casa y que tomaba la hora cuando llegaba tarde en la noche.

Y por esa época también, conocí un grupo de jóvenes alumnos de la Escuela Industrial donde estaba recién llegado, que habían formado un grupo de canto latinoamericano y lo habían hecho  solos. Me ofrecí ayudarlos y así nacieron “Los Guaipes”, que aún es recordado por mucha gente y que ha permanecido en el tiempo con otro nombre. Hoy son “Mitimae”, de los originales Guaipes sólo quedan tres y los sigo ayudando para ordenarlos musicalmente. Aún recuerdan una de las tantas anécdotas ocurridas en esos años duros, donde ellos comenzaron a manifestar su compromiso con la democracia.



Grupo "Mitimae"


Fue para un primero de mayo de comienzo de los años ochenta. Ya habían salido del colegio y por voluntad propia, seguíamos cantando, aprendiendo cosas nuevas y dándonos a conocer en el mundo del canto popular. No recuerdo como fuimos invitados a un acto organizado por la ANEF, para conmemorar la fecha en el Fortín Prat de Valparaíso. Llegamos y un contingente de carabineros que se encontraba a la entrada, nos revisó uno por uno y para ver si dentro del bombo había algo oculto, lo abrieron con una bayoneta. Todos nos asustamos, pero fue el único gesto agresivo que tuvimos que enfrentar. Igual cantamos y algo asustados regresamos a Quillota. 

Estoy intentando de graficar el papel que le cupo el canto popular durante los años del gobierno militar. Espacio para hacer algo más trascendente no teníamos, pero el hecho de cantar un tema de Víctor Jara, de Violeta Parra o de cualquiera de esos grandes creadores “subversivos”, era un acto de coraje político que la gente premiaba con cerrados y sostenidos aplausos.

Y la imaginación y valentía llegaron más lejos. Gustavo Hidalgo, un profesor quillotano hizo unos simpáticos arreglos de canciones infantiles, cargados de sutiles ironías políticas que no fueron del gusto de las autoridades del ministerio de educación y el Flaco Hidalgo fue exonerado. Algo similar le ocurrió al “Chico” Díaz, un estudiante de música que se atrevió con temas “atrevidos” y fue expulsado del país. Mejor suerte tuvo el poeta Oscar Varas de Limache, Clara Fuentes de Quillota, el Chelo Tapia y su señora, o el dúo del matrimonio Barbosa-Báez de La Calera que sobrevivieron a las presiones de la época.

La dictadura tenía claro el peligro que representaba el canto popular e intentó reprimirlo, pero ya era tarde. Radios como “Cooperativa” y “Chilena”, que además de informar con la verdad, no tenían miedo de incluir temas “prohibidos” en su parrilla programática y así se fueron ganando una audiencia mayoritaria, que contribuyó que en el plebiscito de 1988 triunfara la opción “NO”, que pondría fin a la dictadura.

No estoy afirmando que fue el canto popular el que terminó con la dictadura, pero que ayudó, sí que lo hizo y quienes de alguna manera contribuyeron a este triunfo, se merecen todo nuestro respeto.

Y viva la canción chilena y latinoamericana.

Aldo Zúñiga Alfaro




miércoles, 6 de marzo de 2019

El Canto Popular Chileno y Latinoamericano en Quillota (Primera Parte)




Violeta Parra


Aprovechando el espacio que nos proporciona el profesor Poblete y del cual ya he abusado un tanto, quiero referirme a un tema, que tiene cierta relevancia en nuestra ciudad. Comenzaremos si, haciendo un pequeño recorrido histórico nacional y en una segunda parte anclamos en Quillota.

Intencionadamente hablo del canto popular y no del canto folclórico. Los conceptos están mal interpretados y se confunde lo  que es popular con lo que es del folclore. Entonces una tonada como “Chile lindo”, de Clara Solovera, o “Bajando pa Puerto Aisén” de Barros y Bernales, dicen algunos que son del folclore…

Las creaciones consideradas folclóricas no tienen un autor conocido, entre otras características. Su autoría se perdió en el tiempo o puede ser también que nacieron de una creación colectiva. ¿Alguien sabe, a manera de ejemplo, quién creó el curanto, la típica comida chilota?... o ¿quién es el autor de “Casamiento de negros”, canción recopilada por Violeta Parra?... o ¿a quién se le ocurrió el traje de huaso?... y por último, y a manera de definición, cualquiera expresión popular que la “gente” hace suya por el hecho de satisfacer una necesidad material o espiritual, es decir, porque esa expresión identifica a la mayoría de la gente, podemos decir que es folclórica.

No obstante, temas como “Volver a los diecisiete”, creación de Violeta Parra que ya tiene más de cincuenta años, se folclorice, es decir, la gente olvide su autoría y la considere tan suya que no será olvidada jamás y se convertirá en parte de la cultura popular, porque de alguna manera los identifica. “Volver a los diecisiete… después de vivir un siglo”… ¿A quién no le gustaría? 

Hay muchos temas musicales, que están en proceso de folclorización en forma natural.

Entonces, con la tranquilidad de haber intentado dejar en claro estos conceptos, entremos al tema en cuestión.

Desde que comenzó la radiodifusión en 1923, la música tuvo un despegue espectacular y grupos económicos poderosos, descubren que esta actividad era una buena forma de hacer dinero y que generaba  variados ritmos y géneros musicales que inundaron el dial radiofónico. Es  así entonces como  en 1927 naciera un grupo de música popular chilena que se llamó los “Cuatro huasos”, que duró hasta 1954 y que conocemos gracias a la naciente actividad discográfica.

Su finalidad, difundir la tonada y la cueca, música huasa o del campo. En 1937 nace otro grupo muy parecido al anterior y con la misma finalidad: los “Huasos Quincheros”, que además incorpora el bolero, género musical de origen cubano en su temática musical. Paralelamente surgían cantantes, mujeres y hombres mostrando temas de autores emergentes y que  tenían cierto éxito, pero ya estaba vigente la industrial de la música y el negocio comienza a destruir el interés del público por lo nuestro y los temas foráneos se toman las sintonías radiales.



fotografía: Fondo Margot Loyola Palacios


En 1955, la universidad de Chile abrió una escuela de verano sobre folclore y con la participación de Margot Loyola, que ya se había hecho conocida por interpretar canciones chilenas con su hermana Estela. De esta escuela nace el conjunto “Cuncumén”, grupo de proyección folclórica, que le da un giro al canto popular, se atreve a interpretar temas estudiados en su origen para conocer si cumplían con los requisitos establecidos para considerarlos folclóricos,  porque no todas las canciones campesinas son del folclore.

Su primer director fue el profesor Rolando Alarcón y entre sus filas estaban: Silvia Urbina, Clemente Izurieta, Víctor Jara y otros destacados autores e intérpretes de la música chilena. Su forma de dar a conocer lo nuestro, revolución el ambiente musical y comienzan a surgir otros ritmos típicos, que siempre estuvieron ahí, como la refalosa, la sajuriana y que eran desconocidos para el grueso de la gente, pero que se conocían y entonaban en algunas comunidades campesinas.

Otro grupo influyente y que aparece en 1960, es el dúo “Los de Ramón”, un matrimonio estudioso de nuestra música, que se atreve a incorporar temas del Norte Grande,  con instrumentos de la zona y que incorpora un concepto novedoso, del punto de vista cultural: el folclore no está condicionado a divisiones políticas administrativas, sino más bien a zonas determinadas por la procedencia étnica cultural. Entonces, ¿podemos decir que la música de Rapanui es del folclore chileno?  Además de ser buenos intérpretes, en el caso de Raúl de Ramón, un excelente creador de canciones con raíz folclórica.  

En 1962 aparece otro grupo que provoca también cierta revolución en la música chilena: “Los cuatro cuartos”. No se dedican a la investigación o recopilación de la música folclórica. No… Ellos interpretan música de autores conocidos, o de creación de uno de los integrantes del grupo: Willy Bascuñán, el único compositor chileno, que en un solo año ganó el Festival de Viña en los géneros Folclórico e Internacional. El mayor mérito de Los cuatro cuartos, es que incorpora armonías nuevas muy novedosas en el canto y se hace acompañar sólo con una guitarra y en ocasiones con un bombo. Ocasionalmente interpretan obras a cappella y se gana la admiración de todos. Muy luego surgirían imitadores no sólo en Chile, sino que también en países vecinos.

En 1965 surge otro grupo, que muy tímidamente comienza otra revolución en la música de nuestro país: el conjunto “Quilapayún”, de origen universitario.

El Quila, confirma la incorporación de instrumentos de origen altiplánico, como la quena, la zampoña  y el charango, pero además, interpreta temas con marcado contenido social o de proritesta que de alguna manera, siempre ha estado presente en la música popular, pero muy tímidamente. El Quila se atreve con temas más agresivos y tiene éxito. Un par de años después, otro grupo con características similares irrumpe en el ambiente musical chileno: el “Inti Illimani”, que no tiene la potencia vocal del Quilla, pero incorpora interesantes juegos vocales de mucha calidad y se gana un lugar importante en este nuevo movimiento musical de nuestro país.

No fueron los únicos grupos que surgieron en Chile por esos años fortaleciendo lo que se llamó: “la nueva canción chilena”. En Valparaíso y desde 1965, ya sonaba el conjunto “Tiempo nuevo”, donde destacó el quillotano Sergio Sánchez. En Antofagasta aparece el grupo Illapu en 1971 y en Santiago y a pesar de la dictadura, surge en 1974 el grupo “Ortiga”. Algunos años después, aparece “Santiago del nuevo extremo”. Todos estos grupos fortalecieron una nueva forma de hacer música chilena, con temáticas incómodas para el gobierno militar y que las radios, incondicionales a las autoridades no mostraban y el resto se obtenía por temor.  Grupos, como “Quilapayún” e “Inti Illimani” tuvieron “la suerte” de encontrarse en el extranjero para el 11 de septiembre de 1973. Otros, como Isabel y Ángel Parra, fueron detenidos. Ángel, después de un tiempo de reclusión en la oficina salitrera “Chacabuco”, es exiliado, se radica en México y posteriormente en Francia, donde se reencuentra con su hermana Isabel, otra gran creadora e intérprete. Más de algún grupo decidió emigrar y otros fueron expulsados, como “Illapu” en 1981.

Y no olvidemos que desde 1963, “Los Jaivas” y “Congreso” algo después,  grupos de nuestra zona que combinan el rock progresivo con el folclore, se hacen presentes en los escenarios chilenos y provoca otra pequeña gran revolución, que se ha prolongado en el tiempo hasta nuestros días.

Además, por esos años ya existía Violeta Parra, uno de los personajes más influyentes en la música popular chilena. Ella no sólo gravitó en la música… no, tuvo participación en la artesanía, en la poesía popular y ha sido inspiración para muchos nuevos creadores. En el 2011, el cineasta chileno Andrés Wood, filmó “Violeta se fue a los cielos”, película que contó con varias nominaciones a premios nacionales y extranjeros. La música la puso su hijo Ángel, otro gran creador de música chilena, a quien conocí y gestioné su venida a Quillota para que presentara una de sus grandes creaciones: “El oratorio para el pueblo”, que repletó el teatro Portales. 

Y voy a dejar hasta aquí este pequeño resumen del canto popular chileno, en el bien entendido que estoy dejando mucha gente buena en el olvido… como a Vicente Bianchi, que se nos fuera en septiembre pasado, a Luis Advis, un creador de un talento extraordinario y que se nos dejó en el 2004, al gran Patricio Manns, para muchos, un compositor tan potente como la Violeta… o a esos viejos compositores que nos dejaron tantas buenas tonadas como la dupla de Jorge Bernales y Diego Barros Ortiz. O el gran Francisco Flores del Campo, que nos legó “La pérgola de las flores”, la mejor comedia musical creada en nuestro país, o la generosa producción de Clara Solovera. En fin, en materia de creadores, Chile cuenta con una cantidad y calidad increíble de buenos compositores y excelentes intérpretes como Eduardo Peralta, Eduardo Gatti, Julio Neuhausen.

Le pido excusas a tantos buenos compositores que no menciono y no es por indiferencia… es que son muchos y buenos, como Sergio Sauvalle, creador de “El corralero”, uno de los temas chilenos más cantados en el extranjero, o Chito Faró, otro gran compositor y si sigo buscando voy a encontrar a muchos que pusieron en órbita la música chilena. Nuestro homenaje para todos.


Aldo Zúñiga Alfaro