jueves, 21 de febrero de 2019

Novelas de Aventuras por Eugenio Matus Romo (1)


"El Cisne Rojo", novela juvenil
de Eugenio Matus Romo
Editorial Andrés Bello



la siguiente nota fue publicada en El Diario Austral,
Osorno el 15 de enero de 1997


Algunos me preguntan: ¿Cómo es posible que tú, que eres una persona seria, con dos doctorados, que llevas más de treinta años dando clases en diversas universidades, puedas haber escrito “El Cisne Rojo” una novela de piratas?

Sí, parece raro, pero la verdad es que desde chico sentí la necesidad de escribir novelas de aventuras.  Me encantaban, sobre todo, las novelas por entregas, los folletines.

Creo que no tenía más de ocho o diez años cuando se me ocurrió una idea absurda: escribir una novela por entregas.  Como no tenía medios para distribuir mis folletines, pensé que podría pegarlos en una ventana de mi casa.

En efecto, así lo hice.  Pegué el primer papel, una hoja de cuaderno en que escribí como encabezamiento, con grandes letras, capítulo primero.  Ya ni recuerdo de qué trataba mi folletín.  Mi casa quedaba a la pasada de un colegio de monjas (2), y mi propósito, más que mi sueño era que las chicas se detuvieran a leer mi obra.

Estuve al acecho, ya pueden ustedes imaginar con qué ansiedad.  No se detuvo nadie, ni el primer día ni en los restantes.  Al cabo de una semana cambié el papel.  Capítulo segundo.  El mismo resultado.  Finalmente, no tuve más que declararme derrotado.  Sin duda ninguna, yo, como folletinista, era un fracaso.

Ahora, ¿de dónde me vino esta ocurrencia de escribir novelas de aventuras?.  Yo creo que de la lectura de “El Peneca”.  No creo haber tenido en mi infancia un mejor amigo que esa revista.  Los días viernes no podía soportar la ansiedad de recibir el nuevo número.  No esperaba que llegara a las librerías.  Iba a buscar mi ejemplar a la estación de los ferrocarriles.  Allí abrían los primeros paquetes y empezaban a vender la revista.

Por lo general eso ocurría al anochecer,  y me acuerdo que, por la calle, iba deteniéndome debajo de cada farol para leerla.

Durante la semana la repasaba hasta casi aprenderme todas las historias de memoria.  ¡Qué tenía que ver la triste y aburrida realidad que me rodeaba frente a ese mundo mágico, apasionante de “Quintín el aventuro”, “El hijo del gran espíritu”, “Linda y el niño de la selva”!

¡Y qué decir de “Coré”, el gran dibujante! Era un dios para mí.

Naturalmente leía también todo lo que los niños y los adolescentes leíamos en ese tiempo. Me encantaron “Las aventuras de Huckleberry Finn”, que me sigue pareciendo una de las mejores novelas que he leído en mi vida, y desde luego, “Sandokán”, “La isla del tesoro”, “Robinson”, todo Julio Verne.  Luego vinieron los grandes novelistas del mar: Melville, Conrad, Baroja, Coloane.

De todo eso salió “El Cisne Rojo” (3).  Cumplí por fin mi propósito de escribir una novela de aventuras.  Estoy contento con el resultado.  Se hicieron doce mil ejemplares que se están distribuyendo en Chile, Argentina, Colombia, Méjico y España.  La crítica ha sido excelente.  Desde Barcelona me escribe un cineasta hablándome de la posibilidad de una película.

Escribí “El Cisne Rojo” aquí en Osorno.  Naturalmente, en esta culta ciudad no está en ninguna librería y si la han leído cinco personas es mucho.



(1) Eugenio Matus Romo (Quillota, 1929 – Osorno, 1997) escritor y académico, autor de las novelas “Mientras Amanece” y “Encuentro en Tánger”.
(2) la casa a que se refiere Eugenio Matus, está ubicada en calle O’Higgins Nº585, en la ciudad de Quillota, por lo que el colegio de Monjas, es Nuestra Señora del Huerto.
(3) la novela “El Cisne Rojo”, en Chile, fue publicada en la Editorial Andrés Bello.

domingo, 10 de febrero de 2019

Lidia Zunilda Pezoa Carvajal, escultora




Lidia Zunilda Pezoa Carvajal


Todas las grandes ciudades del mundo y las no tan grande también, disponen de un símbolo que las identifican: París y su torre de Eiffel, Roma y su Coliseo, Nueva York y la estatua de la Libertad, Buenos Aires y su Obelisco… Y podríamos seguir buscando ciudades y símbolos hasta cansarnos, porque siempre y en toda gran  urbe habrá un ícono que le dé personalidad. ¿O no es así: Venecia, Moscú o Kuala Lumpur?

Quillota, a nivel nacional o internacional no es una gran ciudad, pero  no podía ser menos y andando el tiempo, comenzó a adquirir identidad a raíz de un trabajo realizado producto de una desgracia y, disculpen la redundancia,  en las mismas raíces de un centenario pino ciprés, que un agresivo temporal tiró al suelo una noche de invierno, en la plaza de nuestra ciudad.

El árbol era gigantesco y comenzar a trozarlo y evacuar toda esa leña llevó mucho tiempo de ardua y pesada labor. Pero el trabajo principal era: ¡cómo lograr trozar la parte gruesa de la base del tronco, que tenía dimensiones demasiado grandes para la tecnología de la época!

La inmensa mole vegetal se había venido abajo en el invierno de 1979 y pasaban los meses y seguía ahí, caído en la plaza, como testigo mudo de la furia del viento y la lluvia, inerte, tranquilo, como esperando que alguien se acordara de él y le ofreciera un destino.

Y sucedió el milagro.

La idea fundamental era darle un uso apropiado in situ a toda esa madera virgen, pero ¿qué hacer con ella?... ¿cómo hacerlo?... y ¿quién podía hacerlo? era una interrogante que no tenía respuesta en Quillota.

Adriana Germain era una arquitecto de Viña del Mar que trabajaba en la municipalidad de Quillota, hija de Laura Peirano, alumna de la “Escuela de Bellas Artes” de la ciudad jardín y que tuvo la feliz idea de contarle a su madre el pequeño gran drama que tenían los quillotanos. De esa forma fue como los expertos en arte, se enteraron de la existencia de esa posibilidad de transformar ese árbol-problema en algo bello, perdurable, público y coincidieron también que la persona indicada para enfrentar ese desafío era: Lidia Pezoa.

Lidia Zunilda Pezoa Carvajal, era una talentosa alumna de la Escuela de Bellas Artes y que se había especializado en tallado que era lo que más le gustaba. Cuando supo lo del árbol, visitó Quillota,  tuvo su primer encuentro con el caso y se asustó. El trabajo era inmenso y de mucho tiempo; tenía varias etapas que había que cumplir rigurosamente y hacerlas bien para garantizar un trabajo de calidad. En consecuencia, había que tomar nota de todos los detalles, planificar los pasos que se tendrían que dar y presentar un proyecto novedoso que convenciera a las autoridades.

Para realizar ese trabajo, lo ideal hubiera sido fotografiar el árbol con la mayor cantidad de ángulos posibles, de tal manera que las fotografías le fueran indicando como proyectar una obra de arte bien hecha, que le diera personalidad a la ciudad. Pero recursos para llevar a cabo esa labor no habían, pero a Lidia ese tipo de dificultades no la frenaban. Era un desafío interesante y había que enfrentarlo. Si no podía fotografiar el árbol, optó por dibujarlo.

Y así lo hizo. 

No le fue fácil llevar a cabo ese cometido. De partida hubo voces que le advirtieron que la madera de un pino ciprés no era adecuada para el tallado, entre esas voces, la de su profesor de escultura, don Ricardo Santander Batalla.

Lidia había nacido en la sureña localidad de Pucón y a pesar que había llegado muy niña a Viña del Mar, algo sabía de maderas y se puso a investigar que tanta razón tenía su maestro. Don Ricardo no estaba equivocado del todo, pero se le había escapado un importante detalle. El árbol  caído en Quillota tenía más de trescientos años de antigüedad y  ese importante detalle le daba consistencia a la madera para ser tallada.

Y no fue la única dificultad… A otros les preocupaba toda la tierra que se encontraba entre sus raíces que habían quedado al descubierto y que había que evacuar con extremo cuidado para  no dañar la madera y poder trabajarla y darle un sentido. Lidia tomaba notas de todo y agregaba sus propias observaciones: ¿cómo darle un carácter local a esa obra, que refleje las características y la identidad de los quillotanos?

Y con una dedicación muy profesional, se puso a estudiar la historia de la vieja Quillota. Descubrió que  ya era un poblado importante antes de la llegada de los españoles. Que era un Mitimae, es decir, un lugar donde había llegado el imperio Inca, incorporando su cultura, con cultivos nuevos y formas de regadío que los nativos de la zona no conocían y que andando el tiempo, Quillota o el valle de Chile, se había convertido en la capital de los territorios del sur del imperio.

Confirmó que la principal riqueza del valle era la agricultura, con un suelo y un clima privilegiado, pero también descubrió que Quillota fue la primera ciudad del territorio nacional, que se declaró libre de la opresión española. Los patriotas habían derrotado a los realistas en la batalla de Chacabuco el 12 de febrero de 1817 y pocos días después la noticia llegó a Quillota y los valientes quillotanos, sin mediar mayor información, se tomaron la guarnición militar y se declararon libres de la corona hispana.

Y también Quillota fue testigo de otro hecho histórico… importante, trascendente, el primero que se registraba en el naciente estado chileno.

El 3 de junio de 1837, el ministro don Diego Portales se encontraba en nuestra ciudad pasando revista a las tropas acantonadas en la plaza, cuando fue rodeado y tomado prisionero por un destacamento del regimiento Maipo, bajo las  órdenes de un coronel rebelde: José Antonio Vidaurre. De aquí fue trasladado a Valparaíso, donde el coronel subversivo esperaba conseguir más apoyo para su sublevación contra el gobierno, pero le fue mal y le ordenó al teniente Florín que le diera muerte a Portales.

Fracasado el motín, el gobierno condenó a muerte a los cabecillas y ordenó que la cabeza de Vidaurre fuera colocada en una picota en la plaza de Quillota y la cabeza de Florín, en el lugar donde fue capturado y su brazo derecho, en el punto donde asesinó al ministro. Era la primera vez en Chile, que se aplicaba esta drástica medida contra los sublevados.

Quillota quiso perpetuar la memoria de Portales y un busto del asesinado ministro fue erigido  en el mismo lugar de la plaza donde fue aprendido. Samuel Román, premio nacional de arte, fue el artista encargado de su elaboración.

A Lidia Pezoa le gustó Quillota, su historia, su gente y su mente creativa comenzó a elaborar el proyecto que se podría concretar en la madera de ese gigante árbol caído. Recientemente había estado  en España, nutriéndose de las maravillas del arte renacentista que le desarrolló su capacidad creadora. Para financiar el viaje, se había dedicado a restaurar obras de arte que habían sido dañadas por los últimos terremotos. Cuando  tuvo listo su proyecto, lo presentó a la Municipalidad. Varios proyectos más, ya estaban en estudio.

La decisión fue rápida y sin reparos. El alcalde de la época, don Eugenio Ortúzar, aceptó todos los requerimientos técnicos y económicos de la obra; incluso, dispuso personal del PEM y el POJH para que  ayudaran en las labores anexas al trabajo artístico, hizo colocar toldos de protección para el sol y la lluvia… es decir, la mayor cooperación para la artista y su trabajo, que ya se suponía terminaría siendo de gran calidad.

El árbol se había derrumbado en el invierno de 1979. Un año más tarde, en julio de 1980, comienzan las labores que se prolongarían por 16 largos meses de un trabajo delicado, continuo, casi sin descanso, para darle forma y belleza al árbol caído. Por el costado sur del tronco, se dejó testimonio del motín de Vidaurre y por el costado norte, se destaca la principal actividad del valle: la agricultura. En sus raíces, Lidia respetó la naturaleza y los caprichos del temporal… sus ramas, sepultadas por trescientos años, quedaron de cara al cielo como símbolo de libertad.  Fue el desafío mayor, que le quitó más tiempo y puso a prueba su fértil imaginación. El resultado está a la vista e impresiona por toda su maravillosa creatividad.

El 11 de noviembre de 1981, el día del aniversario de Quillota, fue inaugurada esta magnífica obra fruto del talento, las manos y la creatividad de Lidia Pezoa Carvajal. Y junto a ese “Sol vegetal en una plaza”, como lo llamó el poeta porteño Alfonso Larrahona Kästen(1), fue inaugurado también “Ronda de niños”, otro trabajo de Lidia, que aprovechó los restos de un pino ciprés, cercano al árbol derrumbado, que en su caída destruyó a su congénere algo más pequeño. Lidia lo había estudiado e ideó hacer un homenaje al árbol, aprovechando un buen pedazo de tronco que se mantuvo erecto, que se veía sano, viejo y muy apto para tallarlo.

Este último trabajo algo más pequeño, fue muy aplaudido y causó la admiración de todos. 

Y no son estos los únicos trabajos que Lidia ha realizado en Quillota. Talló el altar mayor de la Iglesia San Francisco y elaboró una imagen del santo que se encuentra en los jardines a la entrada del templo. También esculpió un  busto de Ricardo Canales por encargo del alcalde Enrique Ortúzar y que fue colocado en una de las entradas del Regimiento de Ingenieros, que por esos tiempos estaba en nuestra ciudad. Al ser trasladada dicha unidad militar, al busto se le perdió su destino.

Lidia Pezoa también ha realizado trabajos en Viña del Mar. Restauró esculturas de mármol y la fachada el Palacio de la Quinta Vergara, entre las cosas trascendentes que ha realizado en los muchos años dedicados al arte. En 1999, cuando la Municipalidad de Pucón conoció el gran trabajo que había realizado en Quillota, le otorgó un diploma por su extraordinaria trayectoria artística.

Pero, a pesar que esta escultora y artista extraordinaria ha dado testimonio de su capacidad a toda nuestra ciudad, hay preocupación en ella por el destino y futuro de sus obras. Son trabajos que están al aire libre, expuestos a los rigores y vaivenes del clima… es decir requieren de cuidados especiales para su conservación y duración.
Hoy día, al “Árbol caído” se le quitó el agua, que le mantenía estable la humedad y la temperatura, condiciones importantes para su durabilidad. Además, no se han tomado las precauciones necesarias para evitar la termita y una colonia de estos insectos han anidado en parte de su estructura y la están carcomiendo.

“Ojo”… hay que cuidar estas obras de arte que le dan personalidad a Quillota.

Estos comentarios tienen la finalidad de destacar el trabajo, la creatividad y el talento de una mujer a quien conozco, quiero y admiro por todo su inmensa producción artística y que está ahí, advirtiéndonos que no seamos indiferentes frente a tanta belleza, que podría desaparecer por nuestra desidia.  Años atrás, fue una orquesta Filarmónica la que desapareció, porque en Quillota no hubo una voz que se levantara para defender la belleza de la música.

Que nuestra "Ronda de niños" y nuestro "Árbol caído" no desaparezcan por nuestra indiferencia.
         

Aldo Zúñiga Alfaro



(1)  para mayor información sobre este poema, puede leer el siguiente link  Poema al Monumento al árbol caído





miércoles, 23 de enero de 2019

Quillota y la Música


Luis Zúñiga Alfaro
Pianista quillotano



Tal vez sea muy pretencioso titular a este artículo: “Quillota y la música”… si, creo que lo es, pero me cuesta encontrar un título que grafique la importancia que ha tenido esta expresión artística en la historia de nuestra ciudad, o a la inversa… si, ¿por qué no?: la trascendencia que ha tenido Quillota en la música de nuestro país.

Sé que estoy usando conceptos ambiciosos y cargados de pretensión, para muchos, podrían ser exagerados, pero con un gran trasfondo de verdad y en este artículo, pretendo mostrar antecedentes que ratifiquen esta afirmación: Quillota ha tenido trascendencia en la música de nuestro país y es de justicia que se sepa.

No pretendo hacer un estudio histórico de la música en nuestra pequeña comuna, pero si remitirme a nuestro pasado más próximo, cuyos efectos estamos observando con orgullo.

A mediado del siglo veinte, por los años cincuenta, un cirujano dentista de origen boliviano, avecindado en Quillota y muy amigo de la música, tuvo la feliz idea de formar un grupo musical, sólo con la idea de cultivar esta bella expresión artística. Se las ingenió para informarse si en Quillota habían músicos  interesados en formar parte de un grupo que podría ser cuarteto, una orquesta de cámara o incluso algo mayor. Es oportuno recordar que nuestra comuna por esos años, tenía una población aproximada de unos cuarenta mil habitantes. Los jóvenes emigraban en busca de mejores perspectivas de trabajo, nuestra pequeña comuna no crecía y lo más que se veía eran señores jubilados que llegaban buscando tranquilidad y las ventajas de un clima benigno y estable.

Don Jorge Anaya, nuestro inquieto dentista boliviano y después de una pequeña investigación, invitó a su casa para conversar de música a don Benigno Isla, profesor y violinista, a don Teófilo Jara, ex director de la banda de la Escuela de Caballería, a don Clodomiro Díaz, un flautista jubilado del Orfeón de carabineros de Chile, al joven Jorge Marambio, estudiante de violín y a Luis Zúñiga, hermano del autor de esta nota, por esos años, un joven estudiante universitario y muy buen pianista. Les participó su proyecto, los entusiasmó y les pidió que para una próxima reunión, cada uno de ellos llegara con un nuevo músico dispuesto a sumarse a esta aventura. 

El grupo ya estaba tomando forma… Se disponía de un buen número de violinistas, un chelista, un flauta traversa, un director y alguien sugirió invitar a músicos de las bandas militares existentes en la ciudad, en Quillota habían dos. Si se pretendía formar una orquesta se precisaban trompetas, trombones, clarinetes y cornos. Las bandas militares disponían de esos músicos.

Por contactos personales comenzaron a llegar más músicos: desde Nogales apareció un contrabajista y desde Villa Alemana otro chelo que se sumó a don Jorge Arancibia y a don Roberto Mayol, un agricultor quillotano que se entusiasmó con la idea. Comenzaron a llegar también los músicos de las bandas militares, que se caracterizaban por su juventud, entusiasmo y talento musical. De partida destacó la presencia de un trompetista joven y de calidad: don Alberto Arce.

El número de los dinámicos jóvenes con ganas de incursionar en la música de los grandes maestros, ya estaba llegando a los veinte y el espacio en la casa del Dr. Anaya se estaba haciendo chico y además, no disponían de partituras musicales que les permitieran conocer de las obras de los grandes de la música. El problema entonces tenía dos caras y la solución no estaba en  manos  de sus organizadores. Tendrían que recurrir al alcalde de la Ilustre Municipalidad de Quillota.

El nexo para llegar al despacho del alcalde, fue un regidor siempre preocupado de los aspectos culturales de la ciudad: don Javier Ramírez Erazo. Por esos años, don Alfredo Rebolar, era el eterno alcalde de nuestra ciudad. Hombre de campo, muy dinámico y trabajador, de inmediato se interesó por la idea del Dr. Anaya. Le ofreció el salón municipal para los ensayos y le entregó un aporte económico para la adquisición de las partituras musicales.

La “Orquesta Filarmónica de Quillota” estaba naciendo. Ahora… ¿Por qué filarmónica?...

Las más famosas orquestas del mundo, incluso la sinfónica de Chile, son financiadas por  importantes corporaciones, a veces privadas, o de origen fiscal. En el caso de nuestra sinfónica nacional, está financiada por el Estado. Es decir, sus integrantes son profesionales remunerados y no podría ser de otra manera. La música, como carrera profesional, requiere más práctica y estudio que el promedio de las carreras universitarias. Un gran pianista decía: si dejo un día de practicar el piano, al día siguiente yo lo voy a notar. Si dejara dos días… lo van  a notar los demás.

Los integrantes de la naciente orquesta filarmónica de Quillota, llegaron a ella sólo por el amor a la música. De hecho, philos en griego es amor. Filarmonía es amor a la música. Entonces y como una manera de diferenciarse de los grupos orquestales  financiados, se acordó usar el término filarmónica, que estaba mucho más cerca del sentido del grupo que ellos habían creado. Las orquestas sinfónicas eran remuneradas… ellos no.

Es necesario insistir en el contexto histórico donde nacía este grupo musical y quienes lo componían. En todo el país habían muy pocos grupos de este tipo. Santiago disponía de dos orquestas importantes: la sinfónica y la filarmónica, sostenida esta  última, por la municipalidad de nuestra capital. Antofagasta, Viña del Mar, Concepción y Valdivia, todas ciudades importantes, tres o cuatro veces más pobladas que Quillota, ya tenían orquestas sinfónicas y a ellas se sumaba nuestra ciudad, que con un grupo de jóvenes, mucho de ellos sin ni una práctica orquestal, pero se atrevían a incursionar en ese enigmático mundo de la mal llamada música docta.

Sus comienzos fueron vacilantes, como los pasos de un niño que está comenzando a caminar. Para ese grupo de jóvenes todo era nuevo: el repertorio, la distribución de los músicos, la función y los gestos del director, incluso algunos términos que venían en las partituras. En 1956, la mayoría de esos músicos sólo habían visto una orquesta en alguna película musical.

Las primeras obras que interpretó la Filarmónica de Quillota, fueron unos poco conocidos valses y sus primeros conciertos fueron en el teatro Portales. Para la mayoría de los quillotanos, fue una sorpresa saber que nuestra pequeña ciudad contaba con una orquesta de esa categoría y aplaudieron con ganas la feliz iniciativa.

Con el estudio, los ensayos y las presentaciones en escenarios importantes de la zona, se mejoró el repertorio y las obras de los grandes compositores comenzaron a mostrarse: Beethoven, Mozart, Schubert, Rossini, Bizet y otros grandes, aparecieron en los programas de la Filarmónica, manifestando un crecimiento musical más rápido de lo presupuestado.

Pero con el crecimiento llegaron los problemas. 

Don Jorge Anaya, que oficiaba como presidente del grupo y con la mejor intención, tuvo la idea de mejorar la calidad del sonido de la orquesta, con músicos de la sinfónica de Viña, que era gente de mayor experiencia y que significaba un aporte en la calidad de la Filarmónica. La idea se concretó y a los ensayos comenzaron a llegar nuevos músicos que aportaron lo suyo y el cambio se notó. El déficit de la orquesta estaba en las cuerdas y Anaya se preocupó de conseguir violines, violas y chelos de buen nivel. Lo  que él no comentó, fue que ese aporte tenía un costo y que  financió con dineros que le entregaba la municipalidad, e incluso, con dinero de su propio bolsillo.

La orquesta estaba alcanzando un buen nivel musical y varios pensaron que ya era hora de intentar obras mayores y pensando que tenían la suerte de contar con un buen pianista, se les ocurrió interpretar un concierto para piano y orquesta y con un solista quillotano: Luis Zúñiga. Alguien se consiguió la música del concierto de Félix Mendelsson en sol, una obra difícil y muy rápida que era un desafío para cualquier pianista. 

El concierto se programó para el domingo 12 de octubre de 1958 y el Dr. Anaya, con la finalidad de tener más público, como plato de fondo programó una película mexicana.  El teatro se llenó, pero lo que el Dr. Anaya no previó, fue que la mayoría de la gente de balcón y galería llegaron al teatro Portales a ver la película y cuando se enteraron que primero había un concierto, pifiaron y molestaron durante toda la presentación de la orquesta.

Si la finalidad de la orquesta era mostrar un espectáculo musical de primer nivel, digno de los mejores teatros del mundo, ese objetivo no se cumplió… podríamos decir que fue un fracaso, que sumado a las decisiones poco acertadas de su presidente, provocó un quiebre que significó el fin de la orquesta Filarmónica de Quillota. Los músicos que disponían de ingresos más modestos, no aprobaban que los refuerzos que traía  Anaya recibieran dinero y ellos no. Molestos además por las decisiones dictatoriales del presidente, presentaron su renuncia.

La orquesta Filarmónica de Quillota había dado su último concierto.

Alguien podrá pensar que esta breve y quijotesca aventura musical no tuvo consecuencias de ningún tipo… yo creo todo lo contrario y pretendo demostrarlo.

El doctor Anaya siguió ligado a la música, formó una sociedad cultural y se preocupó de conseguir para Quillota conciertos de calidad con la sinfónica de Chile y solistas de primerísimo nivel.

Jorge Marambio, por su parte, continuó en la música. Siguió estudiando con profesores destacados, ingresó a la orquesta sinfónica de Viña, tocó en la orquesta del festival de la canción y siguió en ese ambiente hasta que la sinfónica fue disuelta a fines de los años sesenta.

Con todo ese bagaje de conocimientos y experiencia musical, el profesor Marambio crea la academia musical Santa Cecilia en 1964, donde comenzó impartiendo clases de violín y guitarra. Este último instrumento lo aprendió gracias a su hermana Emilia, una eximia guitarrista que cultivaba la guitarra clásica y flamenca. Vale la pena recordar que en los años sesenta y setenta la guitarra tuvo un despegue espectacular y muchas niñas y niños querían aprender a tocarla.

Como un hecho anecdótico algo perdido en el tiempo y abriendo un paréntesis, en 1964 las universidades de Chile y Católica, en el espectáculo que presentaban antes del partido de fútbol y por primera vez en la historia de los clásicos, unieron fuerzas e hicieron una presentación conjunta, donde mostraron uno de los actos más espectaculares que se tiene memoria, con mucho canto y danza de la nuestra, que culminó con la presentación de más de ochocientas jovencitas, que con guitarra en mano, cantaron en vivo una canción preciosa dedicada a la mujer. Tuve la suerte de ser testigo de ese espectáculo, que creo que nunca más se volverá a repetir. Cierro el paréntesis.

Por esos años del siglo pasado, querer aprender a tocar la guitarra era una moda para muchos jóvenes, pero atreverse a enseñar a tocar un instrumento como el violín, era arriesgado y el profesor Marambio se atrevió y su olfato musical no estaba equivocado… los alumnos comenzaron a llegar y muchos de ellos, con ganas de dominar ese complicado instrumento.

El hecho de tener dos hijos pequeños que crecieron escuchando el violín y se interesaban por aprender a tocarlo, ayudó a Jorge Marambio a desarrollar un sentido pedagógico que no poseen todos los maestros. Por eso su academia creció, ha dado buenos frutos y lo sigue haciendo.

Comencé este artículo afirmando que “Quillota ha tenido trascendencia en la música de nuestro país” y ahora lo ratifico con más fuerza… De la academia Santa Cecilia, creada y dirigida por Jorge Marambio, han llegado tres destacados violinistas a tocar en la sinfónica nacional de Chile: Jaime Mancilla, Jorge y Horacio Marambio Serrano, estos dos últimos, hijos y alumnos del profesor Marambio. Podríamos agregar también al joven Fabián Cáceres, alumno de Jorge Marambio hijo y que hoy ocupa el cargo de ayudante de concertino. ¿Habrá en Chile otra ciudad, fuera de Santiago que pueda decir lo mismo? Y poco antes que estos eximios violinistas llegaran a la sinfónica, otro quillotano se paseó por las mejores orquestas de Chile: Leonardo Vergara Flores, que por razones de salud no pudo desarrollar una carrera musical continua. Es decir que cinco virtuosos de la música e hijos de esta tierra han gravitado en el ambiente musical chileno.

Ahora… ¿Qué significa llegar a tocar a la sinfónica de Chile?...

Ser un músico de elite, con mucho talento, disponer de un alto estándar musical que sólo se consigue con estudio y trabajo… es una de las metas más altas a la que puede aspirar un músico y un premio también a su esfuerzo. Cinco hombres de esta tierra lo han conseguido. Pero hay algo más que vale la pena destacar: Jaime Mancilla, ex alumno del profesor Marambio, ha sido el único músico chileno invitado a la orquesta “Filarmónica Mundial”, dirigida por el destacado Director Lorin Maazel en 1986.

Y todo comenzó en 1956, cuando un grupo de Quijotes quillotanos, se atrevieron a crear una orquesta filarmónica, que duró poco, pero que derivó en una academia que hoy enseña violín, guitarra, piano y violonchelo y que nos ha entregado excelentes músicos. 

Y no me cabe la menor duda que lo seguirá haciendo.

  Aldo Zúñiga Alfaro