lunes, 13 de mayo de 2019

Milicianos y cívicos quillotanos





Miguel Arrate Larraín
(imagen www.geni.com)




Revisando mis apuntes, encuentro informaciones sobre milicianos y cívicos de los siglos XVII, XVIII y XIX, auxiliares de los soldados profesionales.

Para ubicarnos en el tema, anotamos tres hitos: el año 1603 se formó el ejército colonial permanente; en 1825 se creó oficialmente la Guardia nacional o cívica constituida por voluntarios que debían servir 10 años.  Eran hombres que no ejercían funciones religiosas, públicas o de utilidad pública.  Y en 1900 se promulgó la Ley de Servicio Militar Obligatorio (Chile fue el primer país latinoamericano que la adoptó).

En el libro “Regimen Legal del ejército en el reino de Chile” se consignan datos alusivos a los milicianos quillotanos.

Al finalizar el siglo XVII en Quillota, La Ligua y Aconcagua había 400 milicianos.

A fines del siglo XVIII, en Chile hay regimientos de milicianos de Caballería, Infantería y Artillería o Dragones.

En Quillota teníamos dos Regimientos de Caballería: “San Martín” y “Santiago” y un Batallón de Infantería.  En total 720 milicianos.  El “Santiago” y el Batallón fueron creados el año 1780.

En el libro se describen los uniformes.  El del batallón “su uniforme: casaca y calzón azul; chupa y vuelta encarnada; botón blanco”.

La fuente de estas informaciones es José Toribio Medina.

El recordado historiador Simon Collier en su libro del año 2005 subraya, con razón, la importancia política de los cívicos al analizar los soportes principales de los gobiernos conservadores autoritarios de Prieto (con su ministro Portales), Bulnes y Montt: represión, la Iglesia Católica y la Guardia Cívica o Nacional que en 1831 alcanzaba los 25.000 efectivos.  El Ejército rara vez superaba los 3.000.

El quillotano Santiago Amengual defendió como cívico al gobierno en 1837.

Los cívicos salvaron al régimen en 1837 y 1851.

En otras notas hemos recordado al Batallón movilizado “Quillota” en la guerra del Pacífico.  Leyendo el clásico texto de Bravo Kendrick sobre la guerra civil del 91, sorpresivamente, me enteré que nuestro batallón participó en una de las dos dramáticas retiradas gobiernistas en el norte de Chile para evitar inútiles bajas: la División Arrate, liderada por el coronel Miguel Arrate Larraín (1849-1931).  Integrada por 19 jefes, 62 oficiales y 569 soldados, participando también 456 mujeres.  Se componía de dos regimientos y dos batallones movilizados: Angol y Quillota.  Se formó en marzo de 1891, recorrió 670 kilómetros, pasando por la pampa del Tamarugal, Tarapacá, desierto, cordillera de los Andes y ciudades peruanas, llegando las tropas chilenas, sin oficiales, a Valparaíso el 1º de octubre en el vapor “Limarí”.  El comandante del batallón quillotano era el teniente coronel Rodolfo Wolleter encabezando a 188 soldados.  Era el más numeroso.

Guardando las proporciones, uno recuerda al griego Jenofonte y su “Anábasis”.









domingo, 5 de mayo de 2019

"El Cisne Rojo", una novela de Eugenio Matus Romo


"La Isla del Tesoro" Robert Louis Stevenson



Me encuentro con un joven en el ciberespacio que me comenta que una novela le cambió su vida, que antes de ella no pensaba siquiera en acercarse a un libro y que después de terminar aquél no ha parado de leer, tanto así que se ha transformado en un youtuber, una especie de comentador virtual de libros que insta a través de vídeos a otros chicos de su edad a que terminen con su pereza mental y se atrevan a hacer algo que parecía tan lejano como lo fue para él, algún día, el leer.

Por lo que, yo no pude evitar preguntarle, ¿cuál libro tan importante había sido aquél?, pensando que me diría, alguno de esos de moda que promueven las mega editoriales hoy. Pero no, no fue así, ya que él simplemente me respondió:

_“El Cisne Rojo” de Eugenio Matus.

Y yo, después de un largo silencio, sólo atiné a decir:

_ Ey, ese escritor es quillotano.

De ahí corro al puesto de libros que bajo un toldo está en medio de la Plaza y le pregunto al vendedor por el libro aquel.

_”El Cisne Rojo”... fue publicado por la editorial Andrés Bello, hace unos 20 o 25 años atrás. 

Él con ojo de lince estira su mano y me pasa un volumen de poco más de 200 páginas que en su portada aparece un galeón de esos que circundan los mares, con tripulación hecha de piratas. Ni siquiera espero llegar a casa y comienzo a leer. No me asombro que sea una novela de aventuras y no más bien realista, como lo son sus primeras  novelas,  ya que de su propia pluma he leído que en sus días de infancia, se deleitaba con islas con tesoros, con viajes al futuro y máquinas raras salidas de la imaginación de Verde y de historias publicadas en aquel amigo fiel que fue para él, aquella revista ilustrada por Coré. Así que sin juzgar  arremeto en la lectura, no desde mi perspectiva sino con los ojos del jovencito aquel de casi 20 años, que no ha leído más allá de lo obligatorio en el colegio y nada más. Y cuando comienzo no puedo evitar imaginar que  él escucha una voz ronca que le relata una historia en donde la ficción está a sus anchas. En donde un hombre de nombre extraño (Ark Alaus) decide comenzar sus días de retiro, en una apartada rivera de un río. Ahí cual Crusoe construye una cabaña en plena selva, agregándole un pequeño muelle donde instala una barcaza. En ese pequeño mundo la rutina se centra simplemente en disfrutar cada día con la tranquilidad del que ya nada tiene que probarle al mundo ni a si mismo, es por eso que quizás puede disfrutar de aquello tan escurridizo que es sino, vivir en paz.  Pero, nada es para siempre ni siquiera esa vida tan atemporal, porque un día frente a sus ojos, un velero con altos mástiles, jarcias,  mascarón de proa, además de cañones, recala. Junto con él  decenas de hombres vestidos y armados a la usanza de dos centurias atrás.  De ahí a la sorpresa, y de la sorpresa al espanto.

¿Quiénes serán esos hombres?, ¿locos acaso?, ¿qué hacen acá? invadiendo su pequeño paraíso terrenal, pero la seducción del velero lo aleja del miedo y deja que la historia se comience a contar.

Eugenio Matus, entonces, logra construir un relato en apariencia tan frágil, cual castillo de naipes, pero que sin embargo nunca decae, en donde lo que parece ser nunca es tal. Porque, la verdad es verdad hasta que surge el delirio y el deliro reina hasta que da paso de vuelta a la realidad. Y en ese ir y venir de interpretaciones, que cada uno de los personajes le da a lo acaecido en la trama, se va tejiendo esta historia. Ahí voy comprendiendo que esta dinámica es la que encanta al chico aquel. Porque “El Cisne Rojo”, no es lo que parece sino va mutando en cada capítulo, lo que hace desear llegar al final, para saber qué realmente es lo que ha pasado.

¿Es la versión del capitán del barco la realidad?, ¿o la de Scarpia?, uno de sus tripulantes, ¿es tan cuerdo Ark, o también es otro loco como los piratas aquellos, desfasados en 200 años?. ¿Es todo mentira o es la pura y santa verdad?. Todo esto en medio doblones de oro, sables, luchas hasta casi la muerte, un jaguar sediento de sangre y obviamente la siempre presente, codicia humana.

¡Qué lejano puede sonar todo esto, al Cid, a las rimas de Bécquer en la cabeza de un niño! ¡Qué letanía más grande, aunque suene a pecado colosal el decirlo, sonará un Quijote amando a una tal Dulcinea, o un Lazarillo deambulando en un mundo que parece no haber existido jamás! ¿Por qué a los 15 años nos hacen leer lo que necesita un centenar de lustros y mil arrugas para poder comprender?, ¿Por qué a esa edad, no nos dejan simplemente, leer, jugar y crecer?. Si hasta aquel doctorado en letras en Europa de apellido Matus, olvida por un momento el qué dirán, y se divierte escribiendo una historia que el mismo hubiese querido hasta de no tan niño protagonizar.

¡Qué lástima más grande que él, ya no esté en esta tierra! para que el chico le contase que su divertimento, le cambió la vida, que le hizo hacer el camino inverso que pretenden en el colegio hagamos, que lo hizo ir del juego a la seriedad.  Pero, esta vez navegando en una aventura que conjuga leer y soñar.

¡Qué lástima que lector y autor idolatrado rara vez se junten!  Creo que eso es un error argumental de esta vida, francamente garrafal.

“El Cisne Rojo”, una novela juvenil, que hace pensar ¿Por qué no la leen los alumnos de los colegios quillotanos? ¿Por qué los hacen comenzar por Europa y los dejan terminar en Norteamérica, como si no hubiese nada más?. Hasta cuándo,  obviar, lo que florece en el patio de nuestra ciudad.

Marcela Poblete Cruz

lunes, 22 de abril de 2019

Días de Liceo


(Según el escritor y Premio Nacional de Periodismo Luis Enrique Délano  (1907-1985))





Curso con su Profesora Jefe Srta. Marta Olea
Liceo de Hombres de Quillota
16 de mayo de 1930



Fui alumno del Liceo de Quillota en 1924 cuando cursaba los últimos años de humanidades.  Era rector don Rafael Cavada.  Entre los profesores que recuerdo se contaban Romeo Murga, que acababa de salir del Pedagógico y era apenas dos o tres años mayor que nosotros; Luis H. Contreras, Clara Correa, Ruth del Canto, Carlos Ossandon, Aida Jara; entre mis compañeros de curso estaban Elías Ugarte, Raúl Vicencio, Elianira Ríos, Perico Miller, Filomena Torres.

Recuerdo con cariño el Liceo, porque sin duda allí recibí estímulos para una tarea literaria tan incipiente como copiosa.  Escribía entonces los primeros versos y ciertamente algunos de ellos se inspiraban directamente en el Liceo, como un soneto a la campana y otro a un esqueleto que había en el gabinete de ciencias naturales.  Cuando llegó Romeo Murga a hacer clases de francés, hubo una verdadera revolución entre los que entonces escribíamos o comenzábamos escribir en Quillota, estudiantes o no, como Blanca Cavada, Elías Ugarte, Luis Sepúlveda, José Izquierdo y yo.  Ese año, 1924, con ocasión de las fiestas de primavera, publicamos la revista Floreal, dirigida por Murga.  Más tarde, Alejandro Gutiérrez, Edmundo Reyes y yo publicamos Abanico, que alcanzó varios números, con muy buena intención y versos malos… desde el punto de vista literario, estábamos con la revolución poética encabezada por Neruda y Huidobro, con las teorías y los “ismos”.  Políticamente éramos rebeldes, pero teníamos una gran confusión en la cabeza.

Habría de pasar muchos años antes que encontrara yo un camino y una concepción más o menos ordenada del   mundo, la sociedad y los fenómenos.

El Liceo de Quillota era en aquella época una especie de reducto liberal (en el buen sentido de la palabra) en medio de una ciudad ultra conservadora.  Esto lo sentí muy claramente, pues procedía yo de un colegio religioso.  Fue un impacto claro, directo y rápido. Como ocurre entre los adolescentes, cambié bruscamente, feliz de ponerme una ropa nueva, amplia y a mi gusto, comprendiendo que antes había vivido en un  ambiente estrecho y convencional.  Imprimía ese carácter de pensamiento al Liceo el rector, don Rafael Cavada, y profesores como Contreras, Parra, Murga y otros.

En aquellos tiempos, los estudiantes mostrábamos muchas inclinaciones intelectuales y muy pocas de tipo deportivo.  Recuerdo, por ejemplo, las fiestas de primavera  que eran totalmente preparadas por los alumnos de quinto y sexto años.  En una velada montamos una obra teatral chilena bastante seria y famosa en esos días, Los payasos se van, de Hugo Donoso.  Yo hacía el papel de pintor y para estar más en carácter, le pedí prestada su capa al señor Fernández, el cura que hacía clase de religión.  La capa entusiasmó a Romeo Murga y la usamos alternadamente durante un par de semanas.  Pusimos también en escena una opereta bufa,  El rey que “rabea”, compuesta en su mayor parte por Murga, con tanto éxito que fuimos invitados a representarla en Limache, Quilpué y otros pueblos vecinos.  La verdad, publicar una revista era para nosotros tarea mucho más importante que un partido de fútbol.  Las fiestas de primavera, igualmente, nos demandaban gran esfuerzo, de modo que un mes antes de su realización, dejamos de asistir a clases…

Entre otras novelerías liceanas, pertenecía  a una sociedad secreta fundada en el Liceo de Valparaíso, que tenía una pequeña ramificación en Quillota.  No éramos más de dos o tres los miembros quillotanos de esa “logia”.   Un día llegó un “hermano” de Valparaíso, que se había peleado con su familia, y nos vimos en el duro aprieto de buscarle alojamiento y comida.  Lo hospedamos en la biblioteca del Liceo, que tenía puerta a la calle.  Ponce, el bibliotecario, un egresado que pertenecía también a esa especie de francmasonería estudiantil, arriesgando su puesto permitió que ese amigo, que se llamaba del Solar, durmiera allí y se alimentara con unas latas de sardinas y duraznos en conserva que había sobrado de una rifa de los boy scouts y que se guardaban en la biblioteca…

Yo era un pésimo alumno en matemáticas, física y química, pero más o menos aventajado en francés y castellano.  El profesor Luis H. Contreras frecuentemente me pedía que hiciera clases de francés a alumnos suyos atrasados.  Así gané los primeros pesos de mi vida, que usé en comprar un hermoso sombrero  alón italiano, marca Borsalino, como los que usaban los petas de entonces.  Más tarde, en Santiago, lo admiraron mucho Pablo Neruda y Tomás Lago.  A fines de 1926, fuimos tres alumnos a dar bachillerato en Valparaíso: Elianira Ríos, Raúl Vicencio y yo.  Elianira estudió pedagogía, Vicencio se recibió de Médico y se especializó en psiquiatría.  Yo merodeé dos años en la Escuela de Leyes y en el Pedagógico, para terminar finalmente en el periodismo y la literatura.


Fuente: Revista del Centro de exalumnos del Liceo Santiago Escutti Orrego”, octubre  1965.  Gentileza de Jaime Brito O.