viernes, 16 de agosto de 2019

El puente que une a la ciudad, el río Aconcagua y la localidad rural de Boco




Vista general del puente unidireccional de madera sobre el río Aconcagua



Los antecedentes sobre la existencia temprana de un puente que comunicara a la ciudad con la localidad rural de Boco y sus alrededores es prácticamente ninguno. Relatos de los cronistas españoles del siglo XVI y XVII no explicitan sobre el asunto aunque sorprende el hecho de haber identificado canales y cuantificar las acequias –seguramente concomitantes a grupos indígenas– que se encontraban en el valle (De Bibar [1558], 1966; P.37).  
La información del siglo XVIII si bien apunta a describir las obras públicas, pero circunscritas dentro del plano urbano de la Villa de San Martín de la Concha. Así, hacia 1773 se habían contabilizados la refacción de nueve puentes distribuidos entre la Plaza Mayor y las calles principales que van al centro (Harris, 2013; P.422). Las mencionadas obras estaban unidas a otras para la comodidad de los vecinos y, por lo tanto, las rentas obtenidas eran utilizadas íntegramente para el adelanto y consolidación de la villa.
En ese contexto cabe preguntar ¿qué ocurre en el siglo XIX? Un testimonio acaecido en 1822 señalaba lo siguiente: “Nuestra ruta seguía aguas arriba del río; después de vadear varios de sus canales, que en esta época del año son de ordinario muy correntosos, nos hallamos en los linderos de un pequeño bosque, poblado a trazos por chozas de barro” (Mathison [1822], 1928; P. 41).
Este relato describe características del río y del paisaje que tenían a la vista Gilbert F. Mathison y su acompañante mientras tomaban dirección hacia la pequeña ciudad de Quillota. La entrada a la ciudad viniendo por la costa estaba condicionada por el vado –en las inmediaciones de Colmo– que permitía franquear el río antes de la desembocadura.    
Algo similar sucedía años después con Benjamín Vicuña Mackenna. Antes de retornar a la hacienda Santa Rosa de Colmo de la que era poseedor, tuvo ocasión de cruzar el río en dirección a lo que denominaba la “Chimba de Quillota” con estas palabras: “Cruzamos allí mismo el río en dirección a Boco que no es Boco, sino la Chimba de Quillota i habiendo discutido con hospitalaria malaya, irrigada con deliciosa chica en casa de nuestro buen amigo Andrés Fernández...” (Vicuña Mackenna, 1885; P. 227).        
Aunque sin entregar mayores detalles del modo en que ingreso a Boco, debió haber recurrido a un antiguo paso para llegar a degustar de tan deliciosa hospitalidad o por el contrario el haber llegado por medio de otra vía. Una comunicación por oficio fechada el 17 de mayo de 1862 recibía la Municipalidad de parte del gobernador Luis Lynch sobre la construcción de un puente sobre el río de Quillota. Aquello de inmediato trae consigo preguntarse ¿se habría llevado a cabo?; ¿hubo más noticias sobre tan importante anuncio?
En 1874 un noticiero local que, entre otras cosas informaba sobre las quejas de los vecinos de calle Bulnes ante el desborde de aguas de las acequias entre  Bulnes y  calle Carrera, hacía mención del sector de Boco en los siguientes términos: “En Boco no hai un camino que se halle en regular estado; por aquí y por allá tropiezan los transeúntes con grandes pantanos a consecuencia de los derrames de agua. Las acequias no tienen puentes, y si alguna de ellas las hai, son más bien verdaderas trampas propias para dislocarle una pierna al prójimo que se atreva a pasar por ella sea a pié o a caballo” (El Correo, 1874).
Tal como pudiera advertirse no hay mención del puente que en última instancia uniera tanto al sector urbano como rural, sino que más bien se mantenía la lejanía y separación entre ambos espacios.
La situación cambia hacia 1906, cuando las autoridades de turno anunciaban el término de los trabajos del puente sobre el río Aconcagua en lo que sigue: “Próximamente a terminar los trabajos y entregarse el servicio al público del puente construido sobre el río Aconcagua  frente a esta ciudad, se ha impuesto esta alcaldía del mal estado en que se encuentran los caminos desde el puente hacia Boco, la falta de puente en un arroyo y el deterioro en que se hallan los demás sobre los canales de regadío” (Montero, 2018; P.160).
La estructura de madera, sin embargo, era susceptible a los embates de la naturaleza y, sobre todo, a los incendios. Estos últimos, tenían su origen en las colillas de cigarrillos y fósforos que prendían el guano depositado entre las ranuras del puente por carretas y coches de tracción animal. El 4 de enero de 1907 tomaba conocimiento el intendente de Valparaíso del incendio sucedido en el puente de madera en lo que sigue:
“…por cuarta vez –informa el gobernador Teodosio Figueroa– se ha producido un principio de incendio en el puente que une a esta ciudad con el pueblo de Boco, a consecuencia que el piso del puente está a descubierto i entre sus ranuras se amontona guano que una vez seco se inflama al contacto de fósforos o colillas de cigarros encendidos que arrojan a él los transeúntes (Vol. 1200; 1907).
Con fecha 30 de abril de 1909 se anunciaba por parte del gobernador Eduardo Jiménez Caro el cambio de las tuercas que sostenían al puente en estos términos: “El puente sobre el Aconcagua que une a esta ciudad con la poblaciones de Boco i Rautén, exije algunos pequeños arreglos que ya fueron indicados en la memoria anterior i se refiere a cambiar por tuercas de fierro las tuercas de madera que se colocaron primitivamente i reforzar uno de los machones que ha sufrido desperfectos por el empuje de las aguas” (Vol. 1234; 1909).  
Además el gobernador solicitaba el trabajo de pontoneros para su vigilancia diciendo: “…en el puente sobre el Aconcagua se hace preciso establecer el servicio de pontoneros encargados de su vigilancia i proporcionándoles las herramientas i útiles necesarios para los arreglos que en ellos fuera menester ejecutar”. 
En 1932 el alcalde Rafael Pinochet solicitaba al gobernador del departamento de Quillota, Eduardo Rivera, la ayuda necesaria para el mejoramiento del puente de madera y el camino que conduce a Boco. A través del Ministerio de Fomento, pudo obtenerse los recursos necesarios para las obras de reconstrucción del puente. Corría el año de 1934, cuando esto sucedía. Al abrirse al público, los vehículos que se movilizaban de un lado a otro contaban con una especie de pequeñas entradas que hacían las veces de miradores y allí se detenían para dar paso al que venía en sentido contrario.
Hacia 1953 un fuerte temporal elevó considerablemente las aguas del río Aconcagua y la fuerza de éstas arrasó con gran parte del antiguo puente. Este hecho de la naturaleza provocó la instalación de un terraplén que avanzó hacia el río por parte del personal de ejército y, en consecuencia, disminuir la longitud del puente de una orilla a otra. Con fecha 19 de julio de 1954, el técnico e inspector fiscal del departamento de puentes de la dirección de vialidad del ministerio de obras públicas, Jorge Briceño Ubilla, daba cuenta sobre la iniciación de los trabajos de construcción de una casita de madera de las proyectadas por el departamento de puentes, con el objeto de instalar la inspección fiscal de las obras (P.330-331). Aquello, en consecuencia, era el aviso oficial en la construcción del nuevo puente sobre el río Aconcagua.
No cabe duda que la moderna estructura de concreto sería objeto de atracción, sin embargo,  con fecha 6 de junio de 1955  la principal autoridad de la comuna hacía indicación para activar la construcción del puente de Boco (P. 234). Dicha indicación dejaba en suspenso la continuidad de los trabajos y que según otra información, no sería si no hacia el 19 de noviembre de 1956, cuando el regidor José M. Carrasco proponía el nombre del ex ministro de obras públicas para reconocer a “quien se ha distinguido por las obras públicas de progreso con que se ha beneficiado a la colectividad de la comuna como es la construcción de la población n°2 Quillota, el puente de Boco, nueva red de alcantarillado, etc”(Montero, 2018 P. 272).  

De este modo se venía a superar la división que el río con su fuerza imponía gracias al empleo de una materialidad distinta y, por lo tanto, quedaba consolidado el primero y, con seguridad, el único vínculo preponderante entre la ciudad, el río y la localidad rural de Boco. 

Pablo Montero Valenzuela




Referencias Bibliográficas
ARCHIVO NACIONAL.
Fondo Intendencia de Valparaíso. Vol. 1200. 1907.
Fondo Intendencia de Valparaíso. Vol. 1234. 1909.
ARCHIVO HISTÓRICO DE QUILLOTA.
Colección Prensa de Quillota. N°8. Mayo 16 de 1874.
Fondo Municipalidad de Quillota. Acta del 19 de Julio de 1954.
Fondo Municipalidad de Quillota. Acta 6 de Junio de 1955.
DE BIBAR, Jerónimo. Crónica y relación copiosa y verdadera del reino de Chile [1558]. Fondo Histórico y Bibliográfico José Toribio Medina. Santiago de Chile, 1966.
VICUÑA MACKENNA, Benjamín. Al Galope. Imprenta Gutemberg. Santiago de Chile, 1885.
MATHISON, Gilber. Santiago y  Valparaíso ahora un siglo.  Relato de un viajero inglés [1822]. En: J.T. Medina. Opúsculos Varios. Tomo III. Imprenta Universitaria. Santiago de Chile, 1928.
HARRIS BUCHER, Gilberto. “El juicio de residencia del corregidor y justicia mayor de la Villa de San Martín de la Concha Joachen Bárcarcel en 1777”. En: Revista de Estudios Históricos –Jurídicos. Valparaíso Chile, 2013.
MONTERO VELENZUELA, Pablo. “Historia Administrativa y Urbana de Quillota 1810-1996”. ATG. Santiago de Chile, 2018.



martes, 6 de agosto de 2019

Discurso en los 10 años de la partida de Sergio Meier



Sergio Meier Frei
(imagen: www.medioamedio.cl)



Este discurso fue escrito especialmente por Carlos LLoró
para el Homenaje Steampunk, 
3 de agosto de 2019, realizado en el Restaurante Pregones, 
Pudeto 145, Quillota
(fue leído por Juan Carlos Muñoz)


Estoy nuevamente en Quillota, aunque ahora de manera virtual, en la voz de mi amigo Juan Carlos Muñoz. Recuerdo mi primera visita a esta ciudad, o mi segunda visita, pues la primera visita a un lugar siempre es mitológica, hija del sueño y de los símbolos. La primera imagen de un lugar florece, o nos hace señas, desde un rumor, desde el eco de una canción. A partir de la segunda visita, entonces, Quillota se hizo lugar para mí, adquiriendo ángulo y contorno, misterio y leyenda. Vine para visitar a un escritor, un hombre de otro tiempo. Sergio Meier era su nombre. Me hablaron de él como de un ser excepcional que vivía en su propio mundo de relojes atrasados y libros extraños. Al conocerlo, fue como atravesar una puerta hacia otro universo. Sergio se convirtió en mi amigo y mi maestro, en muchos aspectos mi compañero de sueños y de armas, y mi hermano espiritual. Todavía me parece estar escuchándolo hablar de esas lecturas que lo mantenían insomne durante días, de esos textos en idiomas insondables, que descifraba a la luz de una vela, y de esas fórmulas matemáticas que se empeñaba en resolver, pese a no tener formación académica en esta materia, en el segundo piso de esta misma casona que hoy nos acoge.

Las visitas a Quillota, a la ya mítica dirección de Pudeto 145, para compartir con Sergio Meier nuestra mutua fascinación por el mundo de la imaginación y la literatura, se transformaron en lo que el escritor cubano José Lezama Lima llamó una “era imaginaria”. Las eras imaginarias son momentos de la historia de los pueblos, o de la historia personal, donde cristalizan ciertas imágenes entrañables, ciertos encuentros, que nos llevan a desear volver siempre a esos momentos, revivirlos como si de nuestro paraíso individual se tratara. Momentos que, de tanto acariciarlos y alimentarlos en la mente, amenazan, de pronto, con secuestrar a la realidad misma.

Luego de nuestros primeros encuentros, dejé de ver a Sergio por unos años. Allá por el 2006, volví a Quillota para impartir un curso de Historia de la Música en la Escuela Municipal de Danza. No vi a Sergio Meier durante ese tiempo, pero mi perplejidad fue mucha, al descubrir -presentir más bien- que había dos Quillota superpuestas. Una real, de calles con nombres fijos, y otra hecha de ecos de conversaciones perdidas. La Quillota mitológica de Sergio Meier, en ocasiones, se imponía cual un mapa fabuloso a la ciudad de luz y cemento.

El año 2007, Sergio publicó su libro “La segunda enciclopedia de Tlön” (gracias al empeño visionario de Marcelo Novoa), y yo estuve en la Universidad de Valparaíso, durante la memorable presentación. Allí nos reencontramos. Tengo aquí el ejemplar con su dedicatoria. “A Carlos Lloró, autor de muchos libros perdidos y descubiertos en infinitos universos paralelos. Orgulloso de ser tu amigo. Sergio Meier”. Por ese entonces yo me encontraba enfrascado en la escritura de una especie de texto utópico, una novela que más que novela parecía un minotauro o una serpiente de mil cabezas. Pedí a Sergio que escribiera un prólogo para la primera entrega de ese texto, y él accedió gustoso. Así, en el año 2008 volví a frecuentar Quillota, grabadora en mano, para conversar con mi amigo durante tardes enteras en las que pasábamos de la ciencia ficción a la filosofía medieval, de la historia de los libros infinitos a las paradojas de la física, de los avances de la tecnología al misterio de la muerte y la resurrección. En el año 2016, la editorial de la Universidad de Valparaíso publicó una selección de esas charlas bajo el título de Conversaciones con Sergio Meier.

Sergio no alcanzó a ver publicado Kounboum, el libro que lleva su prólogo, su magia y su impronta. Murió en el 2009, o se convirtió en una partícula subatómica, que era su deseo más íntimo. Conscientes de la importancia y la energía poderosa que reside en los gestos y en los símbolos, fuimos con mi amigo Juan Carlos Muñoz a su tumba y depositamos allí un ejemplar de Kounboum. Otra peregrinación al corazón de esta tierra misteriosa, otro secreto depositado en el regazo del viento que todo lo sabe y todo lo desvanece.

La partida de Sergio hacia la tierra de las fábulas y los cuentos de hadas, dejó un vacío en mí, un vacío que no he tratado de llenar, pues, como la filosofía oriental nos enseña, el vacío posee una resonancia que enmudece cuando tratamos de colmarlo. He ahí la tragedia del hombre occidental: tratar de llenar todos los vacíos, de atiborrar de muebles las habitaciones y de pensamientos compulsivos su mente. La resonancia del vacío es autónoma, y su perfección nos ilumina cuando entramos en la vida desprotegidos y asombrados, y cuando, cabalgando en esa desprotección y ese asombro continuos, descubrimos que todo tiene un solo sabor, y que caminar durante horas detrás de un perro callejero es un acto tan poético y milagroso como escribir el libro de los libros.

Hoy, vuelvo a Quillota, desde Temuco, ciudad donde vivo, o donde permanezco exiliado, cumpliendo quien sabe qué terrible y a la vez gozosa penitencia. En mis sueños, a veces –por ejemplo, en este mismo sueño que produce este mismo viaje imaginario- se me mezclan ambas ciudades, de modo que en ocasiones, sobre todo cuando leo y pienso a Meier, creo vivir en ciudades híbridas que bien podrían llamarse Quillotemuco o Temuquillota.

¿Qué me trae hoy por Quillota? ¿Un sueño acaso? ¿La búsqueda de un mapa precioso, desaparecido entre las nieblas de una época olvidada? Quillota me ha sido pródiga en regalos, en amistades, en sincronismos. En el año 2009, recuerdo, estar sentado con Juan Carlos Muñoz, en el café Erika, cerca de la plaza, dedicando un ejemplar de mi libro Kounboum a Cristián Warnken. De pronto miro hacia arriba, y allí, estampados en la madera, estaban los versos del poeta persa Hafiz que presiden la página web del programa Una belleza nueva, conducido por Warnken. Sonreí ante semejante sincronismo o guiño del destino. Tres meses después, recibí la llamada de la producción del programa Una belleza nueva invitándome a participar en un capítulo de su temporada 2010. Ese mismo programa donde estuvo Sergio Meier en el 2007, y que ya desapareció de las pantallas de la tv abierta, recordándonos nuevamente que la belleza es un lujo que tenemos que merecer, y ganar combatiendo en dura lucha. Como dijo el trovador cubano Silvio Rodríguez: “lo terrible se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta la vida”.

Hoy podemos preguntarnos ¿Qué huella dejó Meier en su ciudad, en Quillota?

Las preguntas que nos afectan es mejor no responderlas. Pasa con las preguntas lo mismo que con los vacíos. Ni los vacíos están para ser llenados ni las preguntas para ser respondidas. Vacío y pregunta vibran con la frecuencia de mundos paralelos; si los dejamos vibrar, esa frecuencia inundará nuestro universo, poniéndonos en contacto con fuerzas innombrables, arrastrándonos al centro mismo de la magia y el mito. Como ahora, en este momento, en este lugar, entre nosotros.

Sin embargo, no puedo sino sentir emoción y gratitud al ver cómo jóvenes apasionados organizan este encuentro para celebrar los 10 años de la partida de Meier a su mundo paralelo privado. No lo olvidemos. Hoy no homenajeamos a un escritor laureado con premios ni alabado por la crítica. Hoy recordamos a un ejemplo de vida, un hombre de esta tierra que se dedicó a cultivar la sabiduría sin esperar recompensa, como un jardinero enamorado. Y ustedes, jóvenes que, también sin esperar recompensa, con la pura emoción de saber hacer lo que hay que hacer, organizan este encuentro en Quillota, también son jardineras y jardineros enamorados. Y por favor, ¡nunca dejen de serlo!

A las 11 de la mañana, hora señalada para comenzar este encuentro, estaré dictando mi Taller Literario de Invierno, en Temuco, donde leeremos este discurso para los talleristas y rendiremos homenaje al amigo y maestro. Se abrirán así las puertas de Temuquillota y de Quillotemuco, ciudades paralelas y hermanas. Y sé que, gracias a todos ustedes, los que honran la memoria de las cosas valiosas de este mundo (las que no tienen precio) esas puertas nunca volverán a cerrarse.


Carlos Lloró (1)



(1) Carlos Lloró (Cuba, 1970), Profesor en la Universidad Católica de Temuco, Concertista en Guitarra Clásica, además de poeta y novelista. 
Ha publicado:
Kounboum (Corriente Alterna, Santiago de Chile, 2010) y Cinis cinerum, (Al Airte Libro, Tomé, Chile, 2012), con el seudónimo de Karlés Llord,
"Hechos y pensamientos de los caballeros de la Orden de la Escritura Onírica del Dragón", (Editores Fantasmas, tercer volumen del ciclo "Infierno"), firmado por un heterónimo de Lloró, el detective psicométrico Aarno Spokarius.  Además de, Absolum, novela (Editorial Nagauros, Temuco 2019), publicada con su nombre.
En el 2016, publica La Máquina Cuántica. Conversaciones con Sergio Meier, (Editorial de la Universidad de Valparaíso).

lunes, 22 de julio de 2019

Dos quillotanos en la batalla de Yungay (20 de enero de 1839)




Santiago Amengual Balbontín
(fuente Chile a Color, G. Pérez Font)



Durante diez días los quillotanos celebraron, fuegos artificiales y un gran banquete con baile incluidos, el decisivo triunfo chileno en Yungay contra la Confederación peruana – boliviana, según “El Mercurio”.  La noticia llegó a Santiago en febrero.

Hubo otros quillotanos que celebraron en el campo de batalla como, por ejemplo, dos personajes que hemos presentado en otras notas: Santiago Amengual Balbontín (Quillota, 1815 – Santiago, 1898) y José Esteban Gutiérrez.

Amengual participó en las dos campañas contra la Confederación.  La primera entre septiembre de 1837 y diciembre del mismo año.  En la segunda figuró: en el tiroteo del Naranjal (agosto de 1838), batalla Portada de Guías, ocupación de Lima, acción del Puente de Buin y Yungay (enero de 1839).

La Confederación, liderada por Andrés de Santa Cruz (demonizado por el racismo), se constituyó en 1836 y se desintegró después de Yungay, donde murieron 2.000 combatientes.

“Relato de un combatiente de Yungay” se titula el texto, relacionado con J. E. Gutiérrez, que publicó “El Mercurio” el 20 de enero de 1985 y que transcribimos.


Relata sin aspaviento.  Es como un notario que deja constancia, desatento al contenido heroico y de horror.  Cuatro y media carillas tamaño oficio escritas años después de Yungay por un hombre que fue sargento del segundo batallón Aconcagua, José Esteban Gutiérrez.  De él no se conservan antecedentes ni su imagen.

El documento forma parte de una colección familiar y permanecía inédito hasta hoy, 146 años después de la batalla de Yungay, ocurrida un 20 de enero.

Comienza el relato de este modo:


“Después de la batalla del puente Buin, nos trasladamos a Yungay todo el ejército.  El día siete marchamos para la pampa de San Miguel, afuera del pueblo de Caraz (…). Nuestro trabajo fue hacer unas trincheras de como ocho cuadras más o menos de largo, y unos castillos para colocar los cañones, dos en cada uno, y sin perjuicio de trabajar las rucas para los oficiales y tropa.  Concluido esto, se improvisó hacer un puente en el río Santa, de simbra, a costa de mucho trabajo.    Todas las noches teníamos que pasar el puente un batallón a hacer la gran guardia al otro lado del río, y sin perjuicio de hacerla en todo el Ejército (una compañía).  Catorce días permanecimos en este lugar y, cuando no teníamos ya qué comer, se ordenó fuéramos en busca del enemigo, que acantonaba en Yungay.”

“El 19, antes de la oración, se tocó a retreta y se ordenó que todo el ejército apagase los fuegos y se acostaran a dormir.  El veinte, antes de las 3 de la mañana, se tocó a diana, tomando todas las armas y se pasó lista.  Tomado el parte, se mandó saliesen las compañías de Cazadores al frente de sus cuerpos, mandándoles dejar sus mochilas a la casa del General en Jefe, don Manuel Bulnes.”



Asalto al Pan de Azúcar




Ataque al Pan de Azúcar
Charles Chatworthy Wood Taylor
Colección Nacional Benjamín Vicuña Mackenna


“Emprendimos la marcha hacia Yungay a las 3.30 de la mañana y llegamos a un portezuelo que se estrecha al río Santa, colocándonos en la falda del río junto al cerro.  Allí permanecimos como dos horas, viendo subir, bajar y flamear las banderas enemigas en el cerro Pan de Azúcar.”

“Todos fijábamos la vista hacia el lado de Caraz, cuando se nos presentó a la larga distancia el ejército que venía en auxilio nuestro.  Nos organizamos y marchamos bajando el cerro, y entramos a un callejón que se veía lleno de gente.  Se armaron las piezas de artillería y con dos tiros a bala rasa quedó limpió el callejón.  Se colocó a un lado el general Bulnes y al otro general Gamarra, y al pasar, nos palmeaban los hombros y nos decían: “Desalojando esa fuerza, ganamos la acción”.

“Marchamos hasta las casas de la Hacienda de Punyan. Al llegar a éstas, el General Bulnes nos hizo hacer alto y mandó explorar casas con la caballería.  Cerciorados de que no había enemigo, marchamos a rodear el Pan de Azúcar. Tan pronto como circulamos el cerro, nos sacaron las compañías del Carampangue y Portales para mandarlos a otro cerro que por ahora no recuerdo su nombre, quedando para subir el Pan de Azúcar las compañías siguientes: Valdivia, Valparaíso, Aconcagua y Colchagua, y las peruanas Guailas y Cazadores del Perú.” “El enemigo nos invitaba a que subiésemos”, continúa, “tratándonos de chilenos ladrones, asesinos, incendiarios, tramposos, borrachos, y otros improperios que no recuerdo. Nosotros les contestábamos que eran cobardes, maricones, que si subíamos para arriba, no dejaríamos ninguno.  Esto era como una distancia de dos cuadras, quedando nosotros al pie del cerro”.

 “En esto descendía el batallón Aconcagua de la cordillera de Conchuco; cuatro compañías bolivianas salieron a su encuentro, el Aconcagua, que venía preparado, se trabó en combate del que salió victorioso éste.  Corridos que fueron los bolivianos, los que estaban en la cima Pan de Azúcar hicieron fuego sobre el Aconcagua”.

“Nosotros”, prosigue el relato, “que estábamos hasta entonces sin tirar un tiro, al oír las descargas nos paramos y empezamos a subir el cerro tirando sobre ellos. Las cornetas tocaban alto al fuego, pero nosotros no hacíamos caso, todo nuestro anhelo era llegar arriba, de balde nos tiraban galgas, y lo conseguimos con gran trabajo”.

“Llegados a la cima del Pan de Azúcar nos entretuvimos matando a los que guarnecían el cerro, en número de 2.408, incluso al general que los mandaba. El apellido de este jefe era Quiroz”.


Batalla de Ancash


“Los que concluimos este hecho de armas”, continúa el relato del sargento Gutiérrez,  “Bajamos a la caja del río Punián, desplegados en guerrillas, acomodados como cada uno pudo pues el enemigo estaba en alto y bajo de trincheras y, sin embargo, nos hacía un fuego vivísimo.  Nosotros les contestábamos; esto nos sucedió estando por el espacio de una hora solos, hasta que empezaron a entrar los batallones que no estaban de reserva, y entonces se hizo general el cambio de balas, que duró cuatro horas más o menos.  Al finalizar este tiempo se tocó a retirada, habiéndonos retirado más de cuatro cuadras del enemigo.  Entonces se coronaron las puntas de cerro enemigos que venían en persecución nuestra, saltando las trincheras y corriendo tras de nosotros y haciéndonos un fuego vivísimo”.

“El ejército corrió hasta dejar el barranco del río, y el General en Jefe y los oficiales, chilenos y peruanos nos rogaban que volviéramos. En efecto, volvimos haciéndoles fuego y bayonetas hasta que logramos envolverlos con el enemigo bayoneteando y matando bolivianos y peruanos como lo merecían, por maricones y cobardes.  En envoltura con el enemigo logramos apoderarnos de dos piezas de artillería y un obús que tenían en el camino real, que imposibilitaba el paso del ejército”.

“Expedito éste, el primero que pasó el barranco fue el regimiento Cazadores a Caballo.  Tan pronto como subió, la caballería enemiga, en número de 800, se le vino encima haciéndolos volver caras.  Nosotros, dueños de las trincheras y del camino, salimos a la defensa de nuestra caballería y sin dejar de atender la infantería enemiga, que hacía tiempo estaba flaqueando por ambas alas.  La caballería toda pasó el barranco y se formó por escalones, y al toque de degüello, cargaron sobre el enemigo, poniéndolo en completa derrota.  Visto esto, nuestro ejército tomó más bríos y acometió con más fuerzas, persiguiéndolos y tomando prisioneros hasta el número de 2 mil”.

“A un sargento que fue de los primeros que entraron a la plaza de Yungay, el general Gamarra le mandó  que volviese al campo de batalla con cincuenta hombres de todos los cuerpos que primero entraran, con la comisión de recoger heridos y armamentos.  Al día siguiente, se ordenó bajara el mismo sargento, con tropas de su cuerpo, que era el Aconcagua, para hacer la misma operación.  Condujo al Hospital de Sangre a todos los heridos que encontró.  La iglesia de Yungay, que tenía una cuadra de largo, y tres naves, contenía como mil heridos de ambos ejércitos.  Este fue el Hospital de Sangre”.

“El día 22 de enero de 1839 se formó todo el ejército chileno, y el presidente don Agustín Gamarra nos pronunció una proclama alabando el valor chileno, y nos prometió que contásemos con medio millón de pesos que regalaba el Perú al Ejército chileno, y una medalla de oro para los oficiales, y una de plata para la tropa; y el que describe este hecho de armas, conserva la medalla de plata que tanto costó alcanzarla.”

Colaboración: Carmen Marticorena