jueves, 12 de julio de 2018

Para entender la Historia por Sergio Villalobos



Sergio Villalobos Rivera
La Nación. Santiago, Talleres Gráficos La Nación, 1917 –v., 
(22.julio 1993), p. 36
Colección Biblioteca Nacional de Chile
Fuente www.memoriachilena.cl




De nuestro archivo

Para entender la Historia, igual que para subir al cielo, se necesita una escala grande y otra cortita.  La escala grande está constituida por un esfuerzo de investigación que el común de la gente no logra percibir ni imagina.  Generalmente se piensa que unos cuantos documentos y unos pocos libros constituyen el fundamento del conocimiento histórico y que los grandes edificios de bibliotecas y archivos son lugares oscuros que es preferible rehuir.  Para muchos el saber se encierra en las obras de Barros Arana y Encina o en las de Wilhelm Eckdahl o Indalicio Téllez.

Si ponemos un ejemplo podremos comprender mejor lo erróneo de estas suposiciones.

Imaginemos un investigador que después de varios años de formación sistemática en la filosofía, el método y el conocimiento histórico decide escribir con autoridad sobre la Independencia.  Deberá comenzar por echarse al cuerpo los cuarenta tomos impresos de los Documentos relativos a la Independencia de Chille y los treinta del Archivo de O’Higgins, para seguir luego con cuatro o cinco volúmenes de la Colección de antiguos periódicos chilenos y otras publicaciones aisladas.  También deberá espigar en algunos archivos y consultar ciertos repertorios documentales publicados en el extranjero.

En cuanto a bibliografía, deberá leer y extraer información de no menos de treinta libros y de una cantidad aún mayor de artículos dados a luz en revistas especializadas del país y del extranjero.

Sólo entonces nuestro investigador se encontrará en lo alto de la escala la grande, dominando una amplia información que realmente lo constituye en un conocedor del tema elegido.

Sin embargo, el simple conocer, aunque muy importante, no basta como real aproximación a la Historia, sino que a continuación es necesario desplegar un esfuerzo de organización, síntesis e interpretación que es lo que verdaderamente permite comprender el pasado.  Esta es la escala pequeña, obra de arte finamente trabajada que sólo puede ser abordada después de un largo número de años de completa dedicación al estudio.

Subir uno a uno los peldaños de la escala corta significa haber incursionado por las disciplinas humanísticas, comprender el pensamiento de otras épocas y de otras gentes, conocer el marco conceptual de la sociología y de la economía, tener nociones de derecho y captar los tonos sensibles del arte, entre otras facetas del quehacer humano.

Para ello se necesita manejo de conceptos generales, reflexión y no memorización, planteamiento de problemas en vez de narración, grandes perspectivas en vez de trivialidades.

Sólo de esa manera la historia deja de ser una disciplina inútil como piensa la mayoría de la gente – y con algo de razón - , para convertirse en un enfoque que explica el pasado y enriquece nuestro pensamiento.

Volviendo a nuestro investigador de marras, si ha logrado trepar por la escala pequeña, lo tendremos en situación de plantear puntos de vista originales e interpretar la época en estudio.

Estamos seguros que ya está en disposición de discernir entre lo esencial y lo intrascendente, y de ver, por lo tanto, cuáles son los procesos fundamentales que explican el cambio iniciado en 1810.  Podrá comprender que la Independencia no se explica porque tales y cuales personas formaron la Primera Junta de Gobierno, porque se creó el Instituto Nacional o Lord Cochrane tomó las fortalezas de Valdivia.  Entenderá, en cambio, que esos hechos son solamente la manifestación superficial de procesos profundos que arrastraban al país.

En su mente habrá quedado en claro que antes que nada la emancipación era inevitable dado el desenvolvimiento general de la Colonia, que para una aristocracia local, dueña de la riqueza, del poder social y de la cultura intelectual, la necesidad de llegar al poder era vital; que la conciencia criolla y el antagonismo con los peninsulares actuaron como fuerzas dinámicas.  Habrá comprendido que la esperanza en el futuro del país y la necesidad de proteger su economía jugaron un papel importante; que los ideales de libertad y soberanía popular, difundidos por los intelectuales y los políticos, arraigaron en el corazón del grupo dirigente, que los odios desatados por las persecuciones de la Reconquista aseguraron el triunfo patriota, etc.

Dentro de esas líneas llegará a comprender que la dictación de tal o cual decreto, un sermón de Camilo Henríquez o la carga de Bueras en Maipo, en sí mismo no explican nada.

Una sucesión de incidentes, nombres y fechas ha constituido el conocimiento tradicional de nuestra historia.  Ya es tiempo más que sobrado para que el estudio del pasado, como ciencia que busca la verdad y trata de explicar, se ponga en nuestro país a la altura del tiempo presente, aceptando la influencia de la historiografía y del pensamiento universal de las últimas décadas.  Es la única manera de comprender verdaderamente la Historia de Chile y de estimular su estudio.


Fuente: “El Mercurio”, 27 de marzo de 1977.