sábado, 29 de mayo de 2021

Escritores y emperadores

 


“Quillota, El Último de los Románticos “ y “El siglo de Augusto” son los títulos de los dos últimos libros que hemos leído, gracias a la gentileza del periodista Miguel Núñez Mercado y Gladys Marcela Poblete Cruz, respectivamente.  El primero es presentado como “Nueva Antología Literaria: Raúl Morales Álvarez, 60 Años de Periodismo y Literatura en Chile: tributo al genio y la figura de uno de los mejores redactores nacionales de la vieja prensa escrita”.

El antologador es Rubén Morales Cofré, nieto del Premio Nacional de Periodismo y del autor de las novelas “La monja alférez “, “Denso viene el día “ y “Soldado de fortuna”.

Los textos o columnas están distribuidos en cuatro capítulos, son 34.

En los capítulos II y III, algunos escritores quillotanos, afortunados, son retratados por nuestro literato: Emilio Carvajal Edwards, Dina Ampuero Gallardo, Marta Morales Álvarez (hermana de Raúl) , Eugenio Urzúa Letelier,  Lucía Lezaeta Mannarelli.  Todos del Círculo.

En las páginas 51 y 52 tenemos un excelente “Retrato de Raúl Morales Álvarez “ de su amigo y discípulo Miguel Núñez Mercado.

Morales también escribió sobre otros poetas de nuestra región: la limachina Margarita Serrano; Alejandro Galaz de Casablanca; los porteños, Manuel Astica Fuentes, Alfonso Larrahona y Luis Fuentealba Lagos.  Su columna alusiva a Larrahona se titula “El mágico poeta de Valparaíso “.  Otro texto lo finaliza con estas palabras: “Larrahona es un poeta auténtico, algo difícil de encontrar en nuestra mediocracia, tan abundante de los que presumen serlo y no lo son”.

Éste es el tono de varios de sus comentarios.

Las columnas sobre escritores de otras regiones será el tema de otra nota.

 

 


El emperador romano conocido como Augusto

Con este subtítulo iniciamos nuestras líneas relacionadas con el libro (de 1960) del erudito francés Pierre Grimal (1912 – 1996), ensayo biográfico de 127 páginas sustanciosas y amenas que abordan: los años  preliminares, el principado, la literatura, el arte y la paz augustales.

El llamado “siglo de Augusto “ se extiende entre los años 44 a. Cristo (asesinato del dictador César) y 14 después de C. (muerte de Augusto), casi 60 años.  César era padre adoptivo de nuestro personaje que heredó su cuantiosa fortuna.

Estos gobernantes autoritarios (para decirlo más suave) dominaban un inmenso territorio: “desde la inhóspita isla Britania y las peligrosas fronteras del Rin y el Danubio hasta las cálidas costas del norte de África y los desiertos del Cercano Oriente” (según V. Green).

El historiador y latinista Grimal era admirador de Roma y su civilización, incluidos, por supuesto, los poetas, ya que consideraba que el siglo de Augusto era la edad clásica o edad de oro de la literatura latina.  Sin embargo, los poetas se niegan a cantar a Augusto en sus versos. (?) Sólo un prosista, el historiador Tito Livio, está a la altura de Virgilio y Ovidio.

El enfoque del autor sobre la “Paz augustal” no es convincente: “La  obra de Augusto fue esencialmente una obra de pacificación, no sólo en el interior, restableciendo, a veces por la violencia, la “concordia de las clases” con que soñaba Cicerón, sino también en las provincias y sobre todo en las fronteras” (página 167); “El primer cuidado de Augusto fue acabar la pacificación de la Galia y de España, donde aún subsistan muchas regiones disidentes.  Los diez primeros años del principado se consagraron a esa tarea” (P. 112);  “A partir del 25 a. C., sufrieron exterminio los salasios del valle de Aosta, y los sobrevivientes fueron vendidos como esclavos”. (P. 113).

Muchos chilenos sabemos lo que esconde la palabra pacificación.

 

Augusto E. Poblete Solar


viernes, 28 de mayo de 2021

Semionautas de la identidad

 


Muestra multidisciplinaria de docentes de la Academia Municipal de Bellas Artes en el Día del Patrimonio Cultural

 

A veintidós años de la firma del decreto que instituyó el Día del Patrimonio Cultural de Chile, instancia en que el Consejo de Monumentos Nacionales de Chile (CMN) nos convoca a generar un encuentro directo entre la comunidad y las distintas manifestaciones y bienes que en conjunto constituyen el patrimonio del país, con la intención de que aprecien sus valores, se tome conciencia de su vulnerabilidad y se asuma la responsabilidad que nos compete a todos en su protección; es que el Área Formativa de  la Dirección de Cultura a través de la Academia Municipal de Bellas Artes de  Quillota nos invita a embarcarnos en una jornada en búsqueda de nuestra identidad.

Es que a pesar de nuestro uso, a veces  equívoco, contradictorio, confuso e incluso irreflexivo del léxico de nuestro lenguaje, a lo menos entendemos que existe una relación dialéctica ineludible entre identidad y patrimonio, entre  patrimonio y cultura, entre arte y cultura.

Uno de los ejes conductores de nuestro Plan Municipal de Cultura es el Rescate identitario histórico – patrimonial donde reivindicamos, a lo menos, una actitud de búsqueda o compromiso con el rescate de nuestros elementos culturales identitarios frente a una sociedad globalizada que nos impone criterios estéticos foráneos. En este campo cumple un rol fundamental en nuestra gestión la investigación antropológica-histórica-arqueológica que pone en valor y vigencia nuestro devenir desde tiempos pre-incaicos en este valle que cobijó a los primeros habitantes y dio nombre a nuestro país. En la construcción de este macro-relato no son indiferentes las manifestaciones y expresiones del patrimonio material e inmaterial que lo componen.

En un Marco Teórico para la Enseñanza de las Artes planteamos a la Academia Formativa como un sólido punto de partida para iniciar un debate serio sobre el arte (en sus más amplias manifestaciones) como objeto y concepto, propiciando un espíritu crítico y reflexivo frente a sus múltiples manifestaciones históricas y contemporáneas, ejercicio conducente a la estructuración de un modelo de enseñanza centrado en la creatividad, la expresión y la reflexión, comprendiendo los tres ámbitos del quehacer artístico: el objeto, el sujeto y el contexto social en el que está inserto.

Complementariamente en el Plan de Gestión de la futura Academia de Artes Aplicadas, derivados de los planteamientos de Colombres[1], en torno a una Conceptualización Americana del Arte, postulamos ampliar el ámbito tradicional de una Escuela de Bellas Artes, incorporando la materialidad, procesos y objetos propios de la tradición de la Cerámica y el Esmalte  Sobre Metal: Propiciamos el rescate y proyección de la base comunitaria, solidaria y compartida del ejercicio artístico y la vida cultural misma en contraposición a los procesos disgregadores e individualizantes. Otorgamos mayor relevancia a la acción, a los procesos y a los mecanismos artísticos en sí que a las obras. Aceptamos la serialidad como vehículo de difusión y herramienta de identidad por sobre el concepto tradicional de unicidad del objeto de arte; la presencia cotidiana del ejercicio artístico que implica la potencial polivalencia funcional del objeto en su dimensión, mágica, religiosa, ideológica, estética, funcional y/o decorativa del mismo; y la utilización de una materialidad efímera en la construcción de  obra sin perjuicio de su valoración estética y en oposición a la naturaleza kitsch propia de la manualidad.

En este contexto invitamos a recorrer en las dependencias de nuestro Monumento Histórico “Casa Colonial”, -sede del Museo Histórico Arqueológico y Biblioteca Municipal-, de la mano de Bourriaud[2], transmutados en semionautas, a prospectar en los trabajos expuestos en esta muestra  como indicios o que retratan momentos de una historia ignota: pequeños relatos posibles en cualquier escenario dentro del territorio de las ciudades olvidadas, posibilitando la producción de itinerarios personales en el paisaje íntimo de sus propios signos.

Territorio -cuyos pobladores originales, si no fueron exterminados, finalmente fueron esclavizados, encomendados y mestizados- repartido en solares, quintas y haciendas cuyos títulos de dominio penden de la legitimidad de la donación papal, el estipendio y el derecho de conquista; unificado primero bajo coronas y cetros, pasando por utopías republicanas y finalmente mundializado bajo el modelo globalizador neoliberal. Ciudades que en su magnitud urbana en realidad son pueblos: condición de caseríos provincianos frente a la hegemonía metropolitana. Olvidadas en cuanto a la indiferencia de la toponimia y su etimología y a una historia local relegada al ámbito de relatos parcelados matizados por el trabajo de cronistas, investigadores y sazonado por mitos y leyendas.[3]

En el recorrido de una muestra multidisciplinaria de artistas-docentes de  la Academia Municipal de Bellas Artes, en los intersticios de una trama que abarca de la arcilla milenaria al metal fundido, de la impresión gráfica al volumen escultórico, del instrumento silente al colorido textil, pausaremos por un instante, engarzando memoria, identidad y ciudad, en un momento resignificativo  de nuestras raíces olvidadas.

Si por centurias hemos rellenado, tanto estéticamente como espitemológicamente, el vacío entre el pasado y el presente, entre la memoria y la historia mediante la ritualización y la monumentalidad[4], concertémonos en esta fecha conmemorativa y enterremos efemérides y almanaques dándole sentido de pertinencia y pertenencia a una gestión cultural que proyecta el desarrollo artístico como herramienta de desarrollo comunitario.

 


Carlos Alberto Poblete Cruz

Coordinador de Áreas Dirección de Cultura

Municipalidad de Quillota

 

Notas

 

[1]  Hacia una teoría americana del Arte, de Acha, Escobar y  Colombres, Ediciones Del Sol 1991.

 

[2] Bourriaud, Nicolás, Estética Relacional, Adriana Hidalgo Editores, Buenos Aires 2006

 

[3] Proyecto de Obra Instalación “Tres relatos anónimos para una ciudad olvidada” Brenda Rosales Bórquez.

 

[4] Gillis   John,   Memoria   e   Identidad:   La   historia   de   una   relación   en Commemorations. The Politics of National Identity, Princeton University Press, 1996.

 

miércoles, 28 de abril de 2021

“Cuentos de Llotaqui”, de Lucía Lezaeta Mannarelli

 



“El alma de Llotaqui transformada en niebla, aparece cada mañana sobre el río  protegiendo el espíritu de Duschindan que está en el canto de los pájaros y sólo despierta al apuntar el padre sol sus rayos sobre la tierra"...


“Cuentos de Llotaqui” (1), de Lucía Lezaeta Mannarelli (2), nos trae a la mente lo que somos aún sin saberlo del todo, quizás sólo una incertidumbre hecha de una mezcla de razas, de creencias superpuestas, un olvido entre tanto murmullo civilizador que prometiendo demasiado finalmente nos dejó sólo un vacío saturado de palabras que ni siquiera son completamente nuestras.

Nos recuerda que somos una visión inconclusa de un pueblo que debió esperar tanto para dominar un pedazo de tierra en donde sus riquezas fueron finalmente su perdición.

Nos recuerda que somos una especie de negación entre el barullo de  una identidad olvidada.




Las tres narraciones: Huachine, Pichiku y Llotaqui, que contempla este libro, equivalen a una pequeña parte de las leyendas que se perdieron,  leyendas que un alguien debió seguir contando y heredando de voz en voz, en un intento para entender lo que nos rodea. Ellas nos hablan mezclando palabras que hoy hay que explicarlas, nos hablan de otros tiempos, de otras voces, de la soberbia, de la tan anhelada libertad, y del siempre presente odio, de una tierra sin reyes cuya única certeza es su gran Padre Sol. También, nos hablan de la comunión que nunca debimos perder con la naturaleza, de lo imprescindible que es cada uno de los seres vivos que habitan este mundo, aunque nos hayan repetido una y otra vez que sólo nosotros, los seres humanos, somos valiosos y casi sagrados. Nos hablan de lo que nos falta, de esas otras narraciones que  nos darían sentido, para lograr saber, por fin, quiénes somos y de dónde venimos.

En suma, tres narraciones, un intento certero de llenar en parte ese vacío que debió llamarse, lo nuestro, en un libro parte de una serie, Presencia del Mayaca, presencia de un ayer, que nunca debió, al igual que nuestra identidad, desaparecer.

 

 

Marcela Poblete Cruz

 

 

(1)    “Cuentos de Llotaqui”, fue publicado en el año 1989, por Ediciones Círculo Literario Quillota. Pertenece a la serie “Presencia del Mayaca”, volumen V. Ilustrado por Rene Vidal.

 (2)    Lucía Lezaeta Mannarelli, narradora, poeta y ensayista autora de “Poemas de la Tierra”, “La Miseria del Oro”. Figura en diversas antologías. Está incluida en el “Diccionario de autores de la región del Maule”. Parte esencial del “Círculo Literario Quillota” y “Círculo de escritores de la Quinta Región”