viernes, 1 de mayo de 2020

Alfareros Ancestrales del Valle de Quillota



Trinacrio, Escudilla bícroma. Alfarero Intermedio Tardío 900- 1470 d.C. Código de pieza: MCHAP 3102


El angosto y ruiseño valle de Quillota o de Chili(1), regado por las aguas del río Aconcagua encajonado por los cordones del último valle transversal, por la fertilidad de sus tierras, clima templado y privilegiada localización arqueo-astronómica, fue temprano asentamiento de diversos complejos culturales agro-alfareros(2): Bato, Llolleo y Aconcagua Salmón, quienes recibieron la influencia Diaguita-Molle(3) , Tiawanaku, Inka(4)  y finalmente la invasión y dominación hispánica.

Luego del análisis de 31 sitios arqueológicos localizados en las comunas de La Calera, La Cruz, Quillota, San Pedro y en el curso inferior del río Aconcagua. Investigación que incluyó observación de enterratorios, piezas cerámicas y líticas, además del estudio bioarqueológico y documental; para los investigadores: Ávalos, Saunier y Venegas(5),  la riqueza arqueológica de la zona, su alto poblamiento documentado desde el Período Alfarero Temprano en adelante, su ubicación geográfica estratégica, que la configuran como una zona de frontera, de tránsito y contacto entre culturalidades del Norte Semiárido y de la Zona Central del país, hacen de ella un objeto de investigación fundamental para entender la articulación entre los grupos prehispánicos no sólo del curso superior e inferior de la cuenca, sino también de Chile Central y hacia sectores trasandinos.

Para Ávalos y Saunier las diferencias entre las culturas Bato y Llolleo estarían dadas por las características del entorno inmediato, lo que no solo implicaría una distinción en el ámbito económico, sino que, además, aquello se vería reflejado en la esfera de lo social y lo simbólico(6).

Por su parte la arqueóloga Lorena Sanhueza(7) plantea una coexistencia pacífica de ambas culturas por siglos ya que si bien ambos grupos presentan cerámica, patrones de asentamiento, dieta y entierros que los distinguen entre sí, aunque su presencia muchas veces se superpone en una misma área produciéndose la incorporación a la dieta local la quínoa, el maíz y el zapallo.

Más de mil años de convivencia podrían haber generado algún tipo de conflicto, pero no lo refleja la evidencia arqueológica. Un factor determinante sería la baja densidad poblacional, por lo que si bien ocupaban los mismos recursos y espacios, no debió existir competencia por ellos.

Los caseríos, construidos de material vegetal no habrían sido aldeas, sino más bien caseríos donde había desde viviendas únicas y aisladas, hasta otras que habrían sido habitadas por grupos familiares más grandes.

Los Llolleo, en particular, enterraban a sus muertos en grandes cementerios junto al lugar de residencia, lo que ha facilitado el hallazgo de su cerámica y restos arqueológicos. Toda la cerámica hallada tiene huellas de uso, lo que significa que era empleada en las actividades cotidianas, pero en el momento del ritual mortuorio se depositaba con las personas fallecidas. Como curiosidad, junto a los niños no se han encontrado juguetes, pero sí vasijas en miniatura que parece fueron hechas por o para ellos.

Uno de los planteamientos que Ávalos y Saunier infieren de la evidencia arqueológica se relaciona con el surgimiento de la Cultura Aconcagua a partir de las alianzas entre las culturas Bato y Llolleo. En este sentido, sostienen: la tesis de una continuidad biológica entre las poblaciones Bato-Aconcagua en la costa y Llolleo-Aconcagua en el interior, y un cambio cultural asociado a nuevas condiciones sociales, relacionadas con cambios ambientales en el medio, lo que en definitiva confirmaría el origen local del poblamiento prehispánico durante el período Alfarero en Chile Central.

La economía de los grupos Aconcagua estaba centrada en una agricultura de tala y roza, principalmente para la producción de maíz, quinua, porotos y zapallos. La recolección de vegetales silvestres ocupo también un lugar importante, especialmente en el caso de los frutos del algarrobo. La caza proveía de recursos animales, ya que sólo tuvieron ganado a la llegada de los inkas. En la costa explotaron recursos marítimos, especialmente mariscos, los cuales eran llevados hacia el interior.

Por lo general se enterraba a los muertos en fosas individuales o colectivas sobre las cuales se construía un montículo de tierra. Esta forma de inhumación en “túmulos”(8)  fue descrita por los cronistas, quienes señalaban que los difuntos eran vestidos con sus mejores prendas y depositados juntos con ofrendas de maíz, porotos, semillas, piezas de cerámica y otros objetos como aros de cobre, collares y otros objetos(9).

La alfarería es lejos la expresión más conocida de la cultura Aconcagua. Si bien la cerámica utilitaria sin decoración, de color café y superficie alisada con la cual se confeccionaban ollas y cantaros, era la más común, destacan piezas más elaboradas con diseños de color negro sobre la superficie naranja de la arcilla. El decorado es casi siempre lineal formando diseños geométricos, en zigzag, líneas rectas, “triángulos con pestañas” y, especialmente, un típico diseño de aspas denominado “trinacrio”. En su mayoría, estas vasijas corresponden a escudillas con diseños en la superficie exterior. El trabajo en piedra también fue una artesanía importante en este pueblo, mediante el cual fabricaron flautas e insignias de mando llamadas clavas.

Según Rodrigo Sánchez y Mauricio Massone(10), la alfarería Aconcagua denota un grado de especialización en su manufactura y patrones decorativos, altamente pautados, que dan gran homogeneidad al contexto cerámico en toda el área. Señalan la existencia de centros de producción específicos desde los cuales la cerámica era redistribuida. Este rasgo era compartido con otras culturas andinas, como la incaica, donde la labor alfarera era de la más alta significación social, ya que involucraba aspectos de identidad cultural, intercambios rituales y vehículo para la transmisión de códigos culturales, a través de los diseños y formas cerámicas.

La adscripción étnica de la población Aconcagua a la llegada de los Inkas e hispanos suele asociarse a la de Picunches, Picones o Promaucaes(11).

Si bien en el más de medio siglo de influencia Inka se produjo transculturación y presencia política administrativa efectiva del Kollasuyo en el valle, fue sin duda la conquista y dominación española la que produjo un colapso cultural al destruir las bases de la población, economía, estructura social y cosmovisión aborigen.

Venegas matiza el proceso de resistencia y asimilación basado en las  características societales y económicas de los Aconcagua, Promaucaes y los Mapochoes.

Para Pedro de Valdivia el control de la frontera del Aconcagua era la base para asentar la colonización. Tal objetivo, se vería concretado en la construcción de la Casa Fuerte de Quillota en el valle de Chile.

Las comunidades aborígenes sobrevivientes fueron asimiladas vía mestizaje y su cultura mediante el sincretismo colonial. Proceso que implicó el paulatino declinar y desaparición de las tradiciones ceramistas ancestrales.

A principios de la República, bordeando El Mayaca circundaba la “Calle de las Loceras” último vestigio de la floreciente alfarería prehispánica, vía cuyo nombre fue cambiado luego por el de calle Dieciocho de Septiembre(12).


Notas
1 Orográficamente el Valle de Quillota es parte de la denominada Depresión Intermedia y correspondería a uno de los últimos Valles Transversales, en conjunto a las cuencas de los ríos Petorca y La Ligua. Al Sur está separado de la cuenca de Santiago por el cordón de Chacabuco, a partir del cual comienza el llano central chileno. El Boco (sapo – lugar fértil), en donde está situado el recinto de la Academia Municipal de Bellas Artes de Quillota, Sede Artes del Fuego, está flanqueado por un cordón montañoso paralelo al curso del río que proviene desde las alturas de Nogales y se prolonga hacia Rautén (cumbre de greda) y Mauco, siendo cruzado por el antiguo Camino del Inca que salva los Altos del Francés comunicando con Chilicauquén y el litoral de Quintero. Edafológicamente estos cordones son fuente natural de una arcilla de coloración particular y gran plasticidad lo que la convierten en una materia prima de excelencia para configurar una producción cerámica con denominación de origen.

2 La alfarería es una de las tecnologías más revolucionarias de la historia humana y el primer producto completamente sintético hecho por el hombre. Combina tres elementos básicos: la arcilla, los materiales orgánicos o minerales mezclados  para ayudar a que la pasta sea maleable y resistente a la temperatura durante su cocción y/o utilización y el agua que en su debida proporción le otorga su plasticidad. La experimentación milenaria con materiales arcillosos, el modelado y construcción de figuras y piezas y la aplicación del fuego en hornos de diferentes facturas y complejidad con el fin obtener productos -contenedores o con otra funcionalidad-, sólidos, impermeables y perdurables son sus fundamentos, cuyo registro se remontan al Paleolítico Superior.

3 La cerámica Diaguita se caracterizada por diseños geométricos aplicados en dos colores sobre una base de otro color. Este tipo de decoración se encuentra en vasijas de distintas formas (ollas, urnas, jarros-pato, cuencos y escudillas). Se caracteriza por diseños muy complejos, que han sido interpretados como probables representaciones de visiones chamánicas. Muchas veces estas vasijas presentan motivos felínicos o representan personajes con atributos felínicos. La cerámica Molle era mayoritariamente monocroma y finamente pulida, aunque algunas vasijas eran decoradas con pintura blanca, roja y negra, o incisos que realizaban por zonas, con motivos geométricos.

4  Los textiles y ceramios inkaicos en el Kollasuyu combinaron la estética del Tawantinsuyu con los cánones tradicionales locales recibiendo las influencias estilísticas estatales, especialmente en las formas de las vasijas. En algunos casos, cerámica imperial Inka fue regalada a personajes locales de alto rango, en retribución a sus servicios al Estado y como parte de una tradicional política de reciprocidad.

5Arqueología e Historia del Curso Medio e Inferior del Río Aconcagua: desde los Primeros Alfareros hasta el Arribo de los Españoles (300 aC-1600 dC)”. Fernando Venegas Espinoza, Hernán Ávalos González y Andrea Saunier Saunier. Ediciones Universitarias de Valparaíso, Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, 2011.

6 El rasgo más característico de la cerámica Bato fue la decoración con incisiones lineales enmarcando campos punteados y la pintura en negativo, además de la pintura con hierro oligisto y las aplicaciones modeladas. Algunas vasijas imitaban la forma de calabazas. Fueron comunes las pipas de cerámica, las que solían tener forma de “T” invertida. El tembetá fue un elemento bastante frecuente, siendo más abundante el tipo discoidal con alas, fabricado en cerámica o piedra; con estos mismos materiales confeccionaron también orejeras. La cerámica Llolleo por su parte alcanzó una gran calidad en sus técnicas. Destacan las ollas monocromas con incisos en el cuello y la botellas modeladas con representaciones zoomorfas, fitomorfas y antropomorfas. Son notables los rostros representados con ojos tipo “grano de café”, además de nariz y cejas continuas. Una de las formas más comunes que aparecen en la cultura Llolleo es el llamado “jarro pato” y el uso del “borde reforzado”, dos elementos que indican una fuerte vinculación con la zona sur de Chile, especialmente con la cultura Pitrén.

7 La arqueóloga de la U. de Chile lleva trabajando en el tema desde su tesis de pregrado, en 1997. Ahora la investigadora acaba de publicar, como parte de su tesis de doctorado, el libro "Comunidades prehispánicas de Chile central, organización social e ideología (0-1200 d.C.)", de la editorial Universitaria. Referencia de Vida Ciencia Tecnología, El Mercurio, edición 01 agosto de 2016

8 Jaime Vera Villarroel en su trabajo “Las ruinas indígenas del cerro Mauco de Aconcagua”, Revista Historia UdeC, N° 22, vol.1, enero-junio 2015 destaca dos sitios de túmulos destacados en  nuestro valle: Estadio de Quillota. Tal vez el sitio arqueológico Tardío más importante de todo el Valle de Aconcagua, con más de 150 tumbas descubiertas y un número tal vez igual o superior que se encuentra aún bajo el nuevo estadio. Se recuperaron allí más de un centenar de ceramios ofrendas, instrumental lítico y óseo; pipas de greda; clavas miniaturas; de la cultura Aconcagua y de la ocupación incaica (…) Un vaso Aconcagua Trícromo engobado de rojo Nº 67 del inventario, con influencia incaica, rescatado en 1955, dio una fecha de 1420±45 d.C. Este extenso cementerio tumular, aparece mencionado en la documentación colonial hispánica como “sepulturas e montones de tierra que dijeron ser sepulturas antiguas de indios”….(Real Audiencia  vol. 2850: 70v., 155v. Amojonamiento de tierras pertenecientes a Ursula de Araya en Quillota, 21 Mayo 1591). Rautén. Cementerio de Túmulos Aconcagua con influencia diaguita e incaica en la cerámica. Excavado por A. Oyarzún hacia 1910, y el Dr. P. Martin con anterioridad, aportó numerosas piezas alfareras y dio la base para la definición del “Trinacrio”, como adorno característico de la cerámica Aconcagua Salmón, como la llamó el investigador citado. Rescatan numerosa colección de cerámica Aconcagua Trícroma.

9 La ritualidad de este pueblo parece haber dejado su huella hasta el presente en los actuales Bailes de Chinos -cofradías de pescadores y campesinos que danzan a la Virgen y a los santos patronos- especialmente el uso de una flauta que produce un sonido muy particular, llamado “rajado”, el cual es el mismo que se encuentra en las flautas de los yacimientos arqueológicos Aconcagua. La Cruz de Mayo en El Boco es una de estas festividades.

10 “Cultura Aconcagua”, DIBAM, Centro de Investigaciones Diego Barros Arana, 1995 (Santiago : Andros)

11 La denominación Picón se encuentra presente en Bibar (1558), Oviedo y Valdés (1557), Mariño de Lobera (1580). Por otra parte, Pedro de Valdivia (1545), Góngora Marmolejo (1575), Ovalle (1646), Jerónimo de Quiroga) (1690), se refieren en sus escritos a los promaucaes, denominación que es reemplazada en el siglo XVIII por la de picunche, que aparece en 1775 en el mapa de ocupación indígena del territorio de San Juan de la Cruz Cano y Olmedilla. Nota de Durán, Eliana y María Teresa Planella. “Consolidación agroalfarera: zona Central (900 a 1470 d.C.)”. En: Jorge Hidalgo, Virgilio Schiappacasse, Hans Niemeyer, Carlos Aldunate e Iván Solimano (Eds.), “Prehistoria. Desde sus orígenes hasta los albores de la conquista”. Editorial Andrés Bello. Santiago. 1989.

12 “Aquella callejuela estrecha y pobre, con humilde rancherío que existió a los pies del Cerro Mayaca, y en donde mujeres de tipo indígenas o mestizas trabajaban la alfarería:  ollas, platos, cántaros, etc., recuerdos dejados de la invasión  incásica.  Esta calle se llamaba entonces Calle de las Loceras; la misma que hoy se llama calle Dieciocho”.  Belarmino Torres Vergara, “Historia de Quillota”, 1957.