lunes, 7 de septiembre de 2015

Población indígena: América, Chile, Quillota (1492 – 1590)

Grabado de la “Brevísima relación de la destrucción de las Indias” de Bartolomé de las Casas (1474-1566), Ed. Sevilla: Sebastian Trugillo, 1552.-



En  nuestra nota  sobre  cuatro provincias culturales  indígenas  chilenas  no  consignamos cifras  sobre población. Ahora  lo haremos basándonos, principalmente, en el tomo II de la  “Historia del  pueblo chileno” (1983) de Sergio Villalobos, quien  califica como “catástrofe demográfica de los indios” el  descenso  de población después del descubrimiento.

Citando  al  sabio Ángel Rosenblat (1), nuestro  autor, anota  que la población  de América en 1492 era  13,3 millones y en 1570 11,2; descenso de un 16,14% en 78   años. Lo considera excesivamente bajo.

Más cerca de la realidad, están los  investigadores  de Berkeley Cook y Borah  (sólo  México central): 25.200.000 (1492) a 2.600.000  (1568) con un descenso de 89,68%.

Según Villalobos, basándose  en Nathan    Wachtel, las  cifras del  imperio inca (Ecuador, Perúa y Bolivia) son: en 1530 6.200.000   y  1.500.000 en 1590; baja del 76%. En las  islas Antillas, mayores  y menores, los indígenas habían  desparecid0 por   completo en 1522.

Nuestros  indígenas en 1492, según  don  Sergio, eran 800.000, doscientos  mil más  que lo calculado por Rosenblat.

Es en el  Norte  Chico y la  región  central, incluida  Quillota, “donde encontramos en  toda  su intensidad la catástrofe demográfica”. “En el  distrito  de  Santiago, entre  Choapa y  el  Maule, el  cuadro era  pavoroso”.

Valdivia  en  carta del  4  de septiembre  de 1547 a  Hernando Pizarro, señala que entre Copiapó y el Maule hay  15.000 indios varones adultos “porque de la guerra, hambre y malas venturas que han pasado se han  muerto  otros  tantos”. 50% de descenso.

En la provincia  araucana la  situación era la siguiente: “Los araucanos, que con sus 450.000 individuos constituían la mayor masa nativa, por esa razón pudieron subsistir mejor que los  otros pueblos, a la  vez que  desafiar  con  éxito  la  penetración española. Sobre  ellos jamás pudo  haber dominación estricta y por  eso  mismo  no  se  vieron  afectados  realmente por  el  servicio de las encomiendas.

El  descenso  de ellos  se debió principalmente  a las  enfermedades, la guerra y las  persecuciones”. La población  araucana  constituía  más  de la mitad del  total.

Los  factores  que  provocaron  la  catástrofe  demográfica   fueron  variados y  complejos, siendo  la lucha  armada uno de  ellos, pero  no  el más  importante

Otros  factores: las  enfermedades  que  portaban los  conquistadores (2), el alcoholismo (“una forma  de evasión de la  realidad”), el mestizaje, la  desintegración de la  sociedad aborigen, el abatimiento moral. Nosotros agregamos   exceso  de trabajo, mala  alimentación y  maltratos  en las  encomiendas.

Luís  Alberto Sánchez en su  “Historia general de América “ (1972) nos  recuerda  que  Cristóbal Colón en 1497,  en la Española, inicio los repartimientos de tierras y las  encomiendas de  indios, en teoría, para  cristianizarlos.

Desde 1542  Valdivia comenzó  a entregar algunas encomiendas, pero sólo en 1544  procedió a repartir la  totalidad de los indígenas situados entre el Choapa y  el  Maule, incluido  el valle  de  Quillota. En total 60 encomiendas.

En el  libro “Quillota en su  raíz  colonial “(1980), Nancy Flores y Juan Rivera   presentan un nutrido  listado de los  encomenderos quillotanos entre los  años 1544 y 1778. Los  primeros  son:

1544 Pedro   de Valdivia, 1544 Rodrigo González Marmolejo, 1550 Francisco Riveros, 1552 (año incierto) Rodrigo  de Araya, Pedro Gómez de don Benito, Alonso de Córdoba, Pedro de Miranda, Marcos  Veas y Garci Hernández.

Villalobos,  por  su  parte, nos  dice lo siguiente de  los  encomenderos quillotanos en  su  libro.

La entrega  de encomiendas  no  siempre  obedeció  al sólo  propósito de premiar a los   más  esforzados, sino  que  en mano  de los  gobernadores  fue  utilizada  para  realizar  diversos  acomodos. Muy  ilustrativo  es, al  respecto, lo  sucedido con  los  repartimientos   de Pico, Aconcagua y Quillota. Los  dos  primeros  fueron  concedidos por Pedro  de Valdivia al padre González  Marmolejo  a modo de pago por   30.000 pesos que  le habían  dado para  la  conquista de los  territorios del  sur. Este  hecho  era  doblemente irregular, en  cuanto  a los  sacerdotes les  estaba prohibido poseer  encomiendas  y  porque   podía ser  considerado como una  venta.

Pocos  años después, Valdivia  quitó a González Marmolejo los  indios de Aconcagua, para  recompensar   con  ellos a Francisco de Riberos que  le había dado  diez  mil pesos  para  el  envío  de Jerónimo de Alderete a España,  que  iba  a gestionar  diversas  mercedes. Sin  embargo, para  no  dejar agraviado a González  Marmolejo, le  cedió sus  propios  indios de Quillota. El obispo  de Santiago  disfrutó de  aquel  repartimiento y del de Pico hasta que  por  resolución de la  Audiencia  de Lima fue  despojado de ellos. Tocó cumplir  esa  orden a Hurtado  de Mendoza,  que  entregó  los  indios de Quillota a Juan Gómez  de Almagro y  para  evitar mayores perjuicios al clérigo, concedió a un sobrino suyo  el repartimiento de Pico.

No  termino  allí  el  cambio de encomenderos en Quillota, pero  sólo nos interesa  agregar  que  durante algunos  años el repartimiento estuvo  incorporado a la corona y  que los  oficiales  reales corrieron con su administración”.

En otra  nota  volveremos  sobre el tema de las  encomiendas.



Notas

1 En el prólogo de su estudio “La Población Indígena de América. Desde 1492 hasta la actualidad” (1945), del cual un extracto citamos a continuación,  Rosenblat expone la complejidad del tema:

Qué población tenía el continente americano al entrar en contacto con el hombre occidental? El problema ha tentado a la fantasía y a la investigación científica. Alrededor de cifras imaginarias e hipotéticas han contendido belicosamente los apóstoles de la leyenda negra, los apologistas de un glorioso pasado indígena, los detractores y los defensores del conquistador español o del anglosajón. Las cifras han servido para juzgar una política pasada, y hasta para hacer vaticinios sobre el porvenir cultural del continente.

El P. Las Casas había visto más de tres millones de ánimas en la Española (la actual isla de Haití y Santo Domingo), cantidad que fray Tomás de Angulo redujo a dos millones, y el geógrafo López de Velásco a "más de un millón".

El escritor alemán Alberi Hüne calculaba que Cuba tenía en 1511, en el momento de la conquista, un millón de habitantes, cantidad que otros autores reducen a menos de 100.000. El historiador chileno Amunátegui cree que la población del antiguo Anáhuac no podía bajar de 10 a 12 millones, cálculo no muy exagerado si se tiene en cuenta que al historiador mejicano Clavigero no le parecía inverosímil la afirmación de que a las fiestas de la consagración del gran templo de la ciudad de Méjico, en 1486, habían acudido seis millones de indios. El cronista Gonzalo Fernández de Oviedo afirma con insistencia que murieron dos millones de indios en sólo una pequeña parte de la América Central, la gobernación de Castilla del Oro y Nicaragua, en los dieciséis años de régimen de Pedrarias (1514-1530). La población del imperio incaico, que algunos calcularon en 20 millones (según el P. Las Casas los españoles mataron en el Perú más de cuatro millones de personas en diez años) era, para el investigador peruano Larraburre y Unanue, de 10 a 12 millones de almas, y para el historiador Means de 16 a 32 millones.

En cuanto a cálculos de conjunto, el geógrafo alemán Sapper, en el Congreso Internacional de Americanistas de La Haya (1924), basándose en los medios de subsistencia de la población, supone para toda América de 40 a 50 millones. Paul Rivet, en su utilísimo resumen sobre las lenguas de América, admite un máximo de 40 a 45 millones. El arqueólogo Spinden, en 1928, apoyándose en el resultado de las excavaciones, calcula para el año 1200 de nuestra era una población de 50 a 75 millones, que se habría reducido ya en el momento del descubrimiento a unos 40 ó 50 millones. Últimamente Kroeber, el antropólogo norteamericano, extendiendo a toda América sus estudios sobre La densidad de población de las distintas áreas culturales, calcula que la población del hemisferio, el año 1492, era de 8.400.000 habitantes.

¿Indica esta disparidad que el problema es insoluble? ¿No es temerario calcular la población de América cuando no conocemos de aquel entonces, con relativa certeza, la

población de ninguna parte de Europa, cuando hoy mismo carecemos de censos y hasta de cálculos fidedignos para varios países de América? (…)

En el caso de la población americana, los empadronamientos realizados por el régimen colonial en distintas épocas, los repartos de indios en las encomiendas, los cálculos de los misioneros y de los cronistas, los libros de confesión, los libros de las tasas y tributos de la Real Hacienda, junto al conocimiento de las condiciones de existencia en cada una de las áreas, permiten apreciar tendencias y fijar, dentro de ciertos límites, unas cifras que sirvan de índice aproximado de la realidad”. N.E.


2 En su interesante estudio “Las Grandes Epidemias en la América Colonial” (2001); el catedrático del Departamento de Sanidad Animal. Facultad de Veterinaria. Universidad de León, Miguel Cordero del Campillo, identifica a las principales afecciones que diezmaron la población americana: La gripe, causada por Influenza virus, de la familia Orthomy-xoviridae, tipo A, que también afecta a cerdos y aves; la viruela, Orthopoxvirus variólico llegado a Santo Domingo, procedente de África con los esclavos negros que reemplazaron a la mano de obra aborigen en desaparición; el sarampión, causado por un Morbillivirus de la familia Paromyxoviridae y que arribó a América con la expedición de Juan de Aguado a finales de l495; el temible tifus exantemático, causado por Rickettsia prowazeki, que transmiten los piojos humanos, que en España se había difundido en las guerras de Granada (1489-1490), procedente de Chipre. En América había además piojos humanos y un tipo de tifo transmitida al hombre por medio de la pulga de la rata. Por su parte, señala que la fiebre amarilla, causada por un Flavivirus, es posible que existiera antes del Descubrimiento, sin embargo, autores anglosajones atribuyen origen africano a la virosis. En su opinión, otras muchas enfermedades están vinculadas a la colonización: dengue, parotiditis, lepra, salmonelosis, paludismo, leishmaniasis, etc., pero no tuvieron los terribles efectos que las antes mencionadas, asimismo algunas parasitosis cruzaron el Atlántico en uno y otro sentido, especialmente entre África y América y viceversa, pero sus consecuencias no tuvieron posible comparación con las grandes infecciones.

Sobre la sífilis, que aparece en la crónicas coloniales con el nombre de bubas o búas, Recuerda que está demostrado que existía en América con anterioridad a la llegada de los españoles y que llegó a España con un piloto de los Pinzón, difundiéndose rápidamente.

Rubrica que, del mismo modo que los humanos, los animales que se llevaron a América portaban consigo agentes infecciosos y parasitarios y, a su vez, padecieron afecciones por agentes existentes en los territorios a los que fueron destinados, sobre todo, de algunas afecciones parasitarias a cargo de agentes propiamente americanos: miasis – bicheras —, plagas de garrapatas, mosquitos, tábanos etc., más las causadas por parásitos específicos de los animales domésticos de origen europeo. Entre las epizootias destaca: la durina o mal del coito, fiebre de tejas,  la sarna y el carbunco bacteridiano. N.E.