sábado, 6 de agosto de 2016

O’Higgins, militar y político, según Gabriel Salazar


Hace ya 194 años, un día 6 de agosto de 1822, en la actualmente llamada Casa Colonial, ubicada en San Martín Nº336 (construida en 1722, único Monumento Nacional de nuestra ciudad y sede del Museo Histórico Arqueológico y Biblioteca Pública quillotanos); el entonces Director Supremo Bernardo O'Higgins dio solemne lectura al documento que consignaba la designación de la Villa de San Martín de la Concha como Ciudad de San Martín de Quillota.

Más allá de este episodio queremos hoy centrarnos en O’Higgins, cuya controvertida figura histórica ha acaparado nuevamente el interés público debido a la semblanza realizada recientemente por el investigador porteño Jorge Baradit (1969).

Como referente reproducimos aquí párrafos destacados (pp 152-155) de la importante y no menos polémica obra “Construcción de Estado en Chile” (1800-1837), publicada por Editorial Sudamericana el año 2005 (550 páginas), en los que el Premio Nacional de Historia del año 2006, Gabriel Salazar  Vergara (Santiago 1936), nos entrega esclarecedoras informaciones sobre Bernardo O’Higgins (1778-1842):

“¿Era Bernardo O´Higgins un militar de carrera como San Martín? Todo indica que, pese a sus campañas, no lo era. Pues O´Higgins no siguió la carrera militar en las guerras de Alto Perú y España, como San Martín o Carrera; en verdad, era un gran hacendado que se hizo militar formando y comandando regimientos de milicianos rurales; esto es: masas de campesinos forzados a prestar servicio militar a sus patrones. La mayoría de los hacendados y los grandes mercaderes de ese tiempo se “militarizaban” militarizando a su vez a la masa popular que dependía patronalmente de ellos, para que “lucharan” por los intereses y conflictos de la clase patronal. Los hacendados lo hacían convirtiendo en montoneras a los inquilinos y peones de sus fundos; los mercaderes, adiestrando en milicias al artesanado urbano y a los labradores suburbanos. Solo los mineros escaparon de ese “servicio” militar porque ningún capitalista quiso suspender la producción y exportación de oro, plata y cobre, que estaba por encima de todo interés político y social. Como resultado de eso, muchos miembros del patriciado lucían con orgullo la jineta de coronel o comandante de milicia, como si fuera un (otro) título honorífico en la escala social más que grado de una carrera militar. O´Higgins, por ejemplo, tenía ya esas jinetas cuando se inició la Guerra de Independencia. Incluso José Miguel Carrera patricio que se “profesionalizó” como soldado en España, organizó su golpe militar contra la Junta de Gobierno (que le había quitado la jefatura del ejército) echando manos de los inquilinos o peones de los fundos que poseía y/o administraba su padre. El gran ministro Diego Portales creó y comandó un cuerpo de milicianos en Valparaíso. Pero O´Higgins, al revés de Portales, se vio obligado por las circunstancias a poner en práctica ese comando comprometiéndose en una guerra de verdad. Y en ésta, es preciso señalar, actuó tal como actuaban las montoneras y milicias rurales: no rigiéndose por planes estratégicos o tácticos, sino por la improvisación en terreno y la compulsión a atacar en directo y cara a cara. Como las malocas de los indígenas. O el “vandalaje” de los montoneros.  De ahí que los éxitos militares de O´Higgins fueron de ese tipo: organizó una masiva milicia rural en sus tierras de Los Ángeles, atacó impulsivamente en la batalla de El Roble, se retiró compulsivamente del cerco de Rancagua y comprometió la batalla de Chacabuco yendo al ataque antes de tiempo, arriesgándolo todo. Tenía arrojo miliciano, no cabe duda, pero no cerebro militar. Suficiente para ser héroe, pero no para ser reputado como guerrero profesional. Sin la presencia de San Martín es improbable que Carrera u O´Higgins hubieran podido, por sí solos, triunfar en la Guerra de Independencia. Y menos disputando entre sí.

        ¿Es que entonces, más que militar, era “político”?

        Como hacendado de un pueblo de provincia (Los Ángeles) e hijo de una familia patricia radicada en otro pueblo de provincia (Chillán), O´Higgins pasó su niñez y adolescencia (hasta los 17 años) viviendo según la tradición democrática de “los pueblos”, en calidad de vecino con casa poblada (o sea, patricio o “hijodalgo”). Desde los 17 hasta los 23 años (1794-1801), sin embargo, vivió en Inglaterra y en España, donde se integró a los grupos republicanos que discutían clandestinamente el proyecto político de la independencia hispanoamericana (logia o club secreto de Francisco de Miranda). De regreso a Chile, retornó a vivir en los “pueblos” de Los Ángeles y Chillán, ya con la idea definida de romper definitivamente con España, desde una genérica concepción republicana. Su condición de gran patricio (hijo de un gobernador de Chile y Virrey del Perú) y su educación “europea” la valieron ser electo diputado para el Congreso de 1811, en cuya condición,  cuando los representantes de Santiago eligieron abusivamente la Junta Ejecutiva de ese Congreso, demostró una rotunda lealtad hacia el Cabildo y el pueblo que lo designó. Desde entonces, se incorporó a la elite que, desde Santiago, dirigió política y militarmente el proceso general de la independencia. Al iniciarse la guerra, O´Higgins retornó a Los Ángeles, donde –basado en su prestigio provincial- logró persuadir a la guarnición local que se sumara al “sistema de la patria”; además, formó escuadrones de milicianos y organizó, finalmente, una división de Ejército  de 1.400 hombres, con los cuales se dirigió a Chillán, sitiada a la sazón por las tropas de Carrera.

        Esta trayectoria, peculiar en muchos sentidos, indica que Bernardo O´Higgins reunía en sí mismo tres tradiciones políticas: la democrática de los cabildos y los pueblos (de provincia), la miliciana de los patricios hacendados y la constituida por la logia secreta de los liberales europeos a comienzos del siglo XIX. Sin contar la tradición “imperial”, presente en él, sin duda, por la imagen de su padre, muerto en 1801 cuando, a los 23 años de edad, regresaba a Chile.

        Es indudable que su rango de héroe nacional lo conquistó en los campos de batalla por su condición de “hacendado miliciano” vencedor en El Roble, derrotado en Rancagua, lugarteniente en Chacabuco, dispersado en Cancha Rayada y visitante tardío en Maipú. Su identidad republicana provino de la tradición cabildante de “los pueblos” y de la planificación conspirativa de las logias libertarias europeas. En cambio, el autocratismo que demostró durante su gobierno devino no sólo de la misma función de Director Supremo diseñada por el Cabildo Abierto de 1813 (recogida de modo extremista en el de febrero de 1817) y de la resaca militarista de Chacabuco y Maipú, sino también del centralismo conspirativo de la Logia Lautarina que cogobernó con él entre 1817 y 1820 y de los resabios del poder colonial propios del gobernador de Chile y del Virrey del Perú, configurados en la memoria del padre. Como político, Bernardo O´Higgins no desarrolló, en su forma pura, ninguna de las tradiciones que se encarnaban en él. Pues, si bien su pensamiento era en última instancia republicano, su desempeño dictatorial desmerecía en los hechos ese pensamiento, y si provenía de la tradición democrática de los pueblos, la forma autocrática y conspirativa de muchas de sus decisiones como gobernante diluyeron esa tradición hasta anonadarla. Y pudiendo al menos haber sido democrático respecto a la clase patricia a la que pertenecía, privilegió siempre las decisiones militares sobre las sociales, y las conspirativas o autocráticas sobre las participativas. A la larga, las tres o cuatro tradiciones políticas que se encarnaban en él se volcaron, desde fuera de él y desde fuera de su gobierno, contra él mismo. Hasta forzar su abdicación (la que, a su vez, fue una expresión dramática de su contradicción interna, donde pugnaban su raigambre democrática y su raigambre cesarista. Pues abdicó democráticamente a su condición de césar).

        En todo caso, con la dictadura de O´Higgins se prolongaron tanto el tipo de militarismo iniciado en Chile por los hermanos Carrera como la rivalidad entre familias oligarcas, prolongaciones ambas que contribuyeron a frenar y marginar por más de diez años el desenvolvimiento natural de la tradición democrática de “los pueblos” (sin lograr con todo eliminarla, como se verá luego). Se trató, esta vez, de un militarismo menos teñido por arbitrariedades oligárquicas y más definido por los objetivos geopolíticos hemisféricos (la Logia Lautarina se proponía liberar Argentina, Chile, Perú, Bolivia y Ecuador para formar una identidad política capaz de dialogar de igual a igual con las monarquías europeas), que podía ser republicano o no, pero que en todo caso resultó más abusivo que el de Carrera, puesto que las exacciones financieras y las levas peonales que aplicó tuvieron una magnitud cuantitativa muchísimo mayor, en razón de la escala hemisférica de sus objetivos.  Y junto con ser el instrumento visible de este nuevo tipo de militarismo (cuyo estado mayor era un club secreto) O´Higgins debió hacerse cargo del desenlace final de la disputa entre la familia Larraín y la familia Carrera, pues se sintió obligado a “asumir” de algún modo (con o sin responsabilidad directa) el fusilamiento de los hermanos Carrera en Argentina y el asesinato de Manuel Rodríguez en Tiltil; de modo que el viejo conflicto oligárquico de larraínes contra carreras terminó convertido, en los siglos XIX y XX, en el conflicto residual entre o’higginistas y carrerinos.”