sábado, 13 de octubre de 2018

Leyendo el tercer libro de Montero



Vista hacia calle O’Higgins con calle Maipú.
(Estación de Correos, Municipalidad y Gobernación)

Imagen: “Historia Administrativa y Urbana de Quillota 1810-1996”
Pablo Montero Valenzuela




En 7 archivos, numerosas actas municipales de Quillota (el listado cubre 12 páginas de la bibliografía), decretos administrativos (1 página), documentos de la gobernación departamental (2 páginas), varios oficios de alcaldía, 2 boletines de leyes, una memoria de alcaldía, “propiedades municipales”, “colección de historiadores de la Independencia”, una Constitución política, 10 periódicos santiaguinos, porteños y quillotanos (listado de 4 páginas), 11 textos y 31 fuentes indirectas (libros) se basó Pablo Montero para escribir su libro.

“Historia administrativa y urbana de Quillota” que motivó mi nota anterior.

Iniciamos este texto copiando (página 102) los límites de nuestra ciudad en 1860, años de la novela del Loco Eustaquio: “… Quillota limitando al norte con el río Purutún, al sur con el cordón del portezuelo de San Pedro, al oriente hasta tocar el cerro La Campana y cordón de Pachacama, poniente hasta los cerros de Boco y Rautén comprendiendo su población”. Esta era la demarcación que circunscribía a la ciudad.

Quince páginas del texto giran en torno a los años del Presidente Balmaceda desde el 17 de diciembre de 1885 cuando la alianza liberal-radical-nacional convocaba para elegir a los delegados quillotanos que participaron en la gran convención del 17 de enero de 1886 en Valparaíso que proclamó candidato a la presidencia a don José Manuel. Los participantes fueron José Eugenio Guzmán, José Nicolás Morán, José A. Infante, Roberto E. Meeks, Julio Pinto Agüero Cruz y Daniel Ramírez.

En visita oficial, el presidente llegó a Quillota el 20 de enero de 1889. El periodista Amador Astudillo y el médico Erasmo Rodríguez, hermano de don Zorobabel, fueron víctimas del cólera que desde 1887 brotó en Quillota. Dos quillotanos decimonónicos que merecen mucho más que una mención.

Uno de los documentos reveladores de lo urbano es la “Memoria de la Alcaldía Municipal de Quillota. Mayo 6 de 1900”, de Teodosio Figueroa que aborda: alumbrado (gas, parafina, luz eléctrica), Matadero, la Recova, cementerio, calles y veredas, puentes (sobre acequias) y bienes raíces municipales: “Casa Consistorial, Teatro Municipal, Policía Urbana, Matadero, Cementerio, Recova, Cerro Mayaca (parte norte y oriente); la Empresa de agua potable. El edificio de la Casa Consistorial construido de material mui sólido, está ocupado en la parte baja por el Juzgado de Letras, la cárcel pública, la tesorería municipal, varios arrendatarios particulares i el Cuartel de la policía de seguridad; i en los altos por la Alcaldía i sus oficinas anexas i la Sala de sesiones…”. Finalmente se refiere al Hospital de Caridad y al suministro de agua potable.

Es un panorama después de los primeros 90 años del Quillota republicano.

La gestión del citado alcalde estaba inserta en el ciclo de la Comuna Autónoma (diciembre de 1891 a diciembre de 1927), sucedido por el período de la Honorable Junta de Vecinos (1927 a 1935). El ciclo contemplaba la elección de 9 regidores y los vocales de la Honorable eran designados por el gobierno, empezando por el de Carlos Ibáñez.

Una nota de la página 272 nos informa sobre el puente de Boco: “el de madera fue reemplazado por uno hecho de concreto en 1955”.

En las elecciones municipales de 1963 fueron electos los siguientes regidores: José Leopoldo Saavedra, Alfredo Rebolar, Víctor Vergara, Héctor Castro, Tulio Aillón, Ignacio Rodríguez y Sergio Valencia. Castro, Aillón y Rodríguez militaban en la Democracia Cristiana, partido emergente que al año siguiente llegaría a la Moneda con Frei Montalva. La importancia de esta colectividad en Quillota se ha acrecentado gracias a las alcaldías del doctor Mella.

En la página 343 del libro subrayamos palabras que indican que nuestro autor es un investigador serio, ya que no usa eufemismos para referirse al régimen de Pinochet. Lo califica de “régimen de facto”, “régimen dictatorial” y “dictadura”.

El capítulo final de la obra está dedicado a nuestra Plaza Mayor, aclarando de paso, el origen de las cuatro estatuas de mármol que representan las estaciones del año: fueron compradas por don Baldomero Riso Patrón en 1874. No se trajeron del Perú.